
Un vicio que persiste: el personalismo
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Si se sigue con atención el desarrollo de las luchas internas que se están librando en el seno del justicialismo con miras a la próxima elección presidencial se advierte que el factor que divide las aguas en el partido fundado por Perón no es la adhesión de unos y otros a concepciones políticas o ideológicas diferentes sino la fidelidad a liderazgos personales tan acentuados como absorbentes.
Para mencionar a las principales corrientes en pugna se habla, hoy, de "menemismo" y de "duhaldismo". Quien procure reconocer cuáles son los ideales y los objetivos políticos que definen a unos y a otros se verá, seguramente, en aprietos. Es que no se trata de una división fundada en motivaciones doctrinarias o ideológicas. Se trata, simplemente, de una lucha encarnizada entre personas que ejercen un robusto liderazgo vertical.
El personalismo es un antiguo vicio de la política argentina. En el pasado, nuestro escenario público estuvo dominado por la influencia de líderes carismáticos rodeados -a menudo- de seguidores incondicionales. Los partidos mayoritarios argentinos se caracterizaron tradicionalmente por su tendencia a seguir a caudillos de vigorosa personalidad más que por la disposición a debatir ideas. Las mayorías "automáticas" y "genuflexas" en el Congreso fueron, en muchos casos, la consecuencia forzosa de ese "seguidismo" personalizado.
Se suponía que con la modernización y la renovación de los hábitos sociales esa visión paternalista y primaria de la política entraría en crisis. Pero los hechos están demostrando lo contrario: traspuesto ya el umbral del siglo XXI, la política se sigue conjugando en la Argentina en términos de subordinación a liderazgos personales y no a ideas o programas de gobierno. Las honrosas excepciones a ese fenómeno son pocas y no demasiado influyentes.
Heredero del antiguo "caciquismo" de prosapia hispana, el personalismo ha sido, en realidad, un elemento de gran influencia en toda la América latina. Hoy mismo Venezuela se debate en un áspero enfrentamiento entre "chavistas" y "antichavistas", Cuba sigue adherida a la dialéctica entre "castristas" y "anticastristas" y el gran dilema histórico de Nicaragua fue el que plantearon "sandinistas" y "antisandinistas".
Pero el movimiento de masas que llegó más lejos en la exaltación de un liderazgo personalista supremo fue, probablemente, el peronismo, definido ya desde su denominación como el producto de una gestión política rígidamente personalizada. Desaparecido el omnipresente fundador, se pensó que el movimiento podría evolucionar hacia metodologías diferentes, alejadas del reduccionismo personalista. Con la llegada de Carlos Menem a la presidencia de la República se volvió en cierto modo a la conducción centralizada de los viejos tiempos. Y hasta se hizo común la referencia a "menemistas" y "antimenemistas".
Hoy el justicialismo aparece enredado en una lucha intrincada por el control del partido y por la definición de la candidatura presidencial. Y la puja se presenta, otra vez, como una pulseada entre jefes partidarios. "Menem o Duhalde": ésa parece ser la cuestión. O bien "Menem o Rodríguez Saá".
Los argentinos debemos tomar conciencia de que el futuro de nuestra democracia dependerá de que seamos capaces de encarar la política como algo más que un ejercicio de disciplina personalista. La madurez de un pueblo se mide por su capacidad para debatir ideas y concepciones políticas y no por apostar a un mero liderazgo personal.
Abandonar los vicios de la vieja política y recuperar espacios para el debate racional y adulto es otro de los desafíos que tenemos por delante. Y es otra de las oportunidades que nos brinda la crisis.






