Una cumbre imperdible: Néstor y Diego
Carlos M. Reymundo Roberts LA NACION
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Interesante, jugosa, por momentos delirante y en cualquier caso reveladora resultó la conversación entre Néstor Kirchner y Diego Armando Maradona en la residencia presidencial de Olivos, días atrás.
Sólo ahora, después de metabolizar tan significativa cumbre, las paredes se dispusieron a contar lo que habían escuchado esa tarde, que puede ser calificada de histórica: los grandes temas del país y del mundo, y por cierto también del deporte, desfilaron por ese diálogo entre dos personalidades reconocidas por su desapasionada lectura de la realidad.
El encuentro fue también un interminable cúmulo de sorpresas. Néstor se sorprendió con el llamado de Diego. Diego, con el buen ánimo con el que lo atendió Néstor (después del Mundial, Cristina lo hizo llamar varias veces por Aníbal Fernández y el aún entonces DT del seleccionado no le contestó las llamadas). Néstor creía que se iba a encontrar con un Diego derrotado (perdió en el Mundial, perdió su puesto, perdió el apoyo de los referentes del equipo y, lo peor, no sólo no perdió sino que ganó muy bien sus partidos el equipo ahora conducido por el "Checho" Batista), y en cambio lo vio batallador, entero, decidido a luchar por la reconquista de su cargo. Diego pensaba toparse con un Kirchner convaleciente después de la operación, y resulta que el anfitrión se mostró saludable y del mejor ánimo y, como siempre, ideológico, filoso, combativo. Es decir, el Néstor Kirchner que tanto le gusta a la gente.
Precisamente ése fue el primer comentario de Diego después del cálido saludo que le tributó Néstor.
-¿Qué bien se lo ve, Presidente -Diego lo llamó de esa forma en muchos momentos del diálogo, y el ex presidente no lo corrigió.
-Gracias, Diego; lo mismo digo yo: estás bárbaro. Se ve que no leés los diarios... -rompió en carcajada.
-No, hace años que no los leo. Usted sabe, jefe, que a mí a las mañanas me gusta dormir, pero los días que me despierto temprano, digamos, a eso de las 12, pongo a Víctor Hugo. ¿Usted lo escucha?
-Sí, pero a la noche, cuando en 6,7,8 pasan los audios de cosas que dijo Víctor Hugo a la mañana en Continental. Con Cristina nos encanta ver 6,7,8 , y más todavía nos gusta escuchar lo que dice Víctor Hugo. Es un ejemplo de cómo se puede aplaudir al Gobierno desde una posición totalmente independiente. ¡Y eso se lo debemos al fútbol, Diego!
-¿Al fútbol? Ah, sí, claro, claro... Presidente, yo justo vengo a hablar de fútbol.
-Me lo imaginaba: estás preocupado por Boca. Yo, en cambio, estoy alarmado por Racing. Pero dejame decirte algo: en estos momentos creo que todos los argentinos tenemos que preocuparnos más por Papel Prensa, por la permanente obstrucción de la oposición, por el acoso de la Corte al Gobierno, por los empresarios que remarcan los precios... Es una conspiración destituyente. ¡Nos quieren sacar, Diego! ¿Me seguís?
-Sí, por supuesto. Y a mí me sacó Grondona...
-Nos quieren sacar para frenar la redistribución del ingreso. Temen que avance el proyecto para repartir las ganancias de las empresas entre los trabajadores.
-Bueno, mi problema ahora es que soy un desocupado.
-En esta Argentina no hay desocupados, Diego, o hay cada vez menos. El Indec lo demostró. Lo que hay es alguna gente que está buscando trabajo.
-Yo estoy buscando trabajo, y quizá usted y Cristina...
-El país no para de crecer: este año el PBI crecerá más de 7 por ciento. ¿Te das cuenta lo que es eso?
-Claro, claro. Como le decía...
-Dieguito, es importante que vos, el mayor ídolo deportivo argentino de todos los tiempos, nos ayudes. ¡Tenemos todos los diarios en contra!
-Bueno, recién, mientras lo esperaba, me acercaron Tiempo Argentino y Página/ 12, y la verdad, Presidente...
-Sí, ya sé, pero no nos engañemos: son diarios que circulan acá, en la residencia, en los ministerios y poco más. No conseguimos masa crítica.
-Ok, yo los ayudo. No tengo problema. No se olvide de que ya defendí a Menem, a De la Rúa, a Duhalde... Pero a cambio quiero que usted me reme la vuelta a la selección. Quiero que hable con Grondona.
-¿Con don Julio? Cómo no, es un buen socio, un amigo. Dalo por hecho.
-¿Lo va a llamar?
-Sí, lo voy a hacer llamar por Aníbal, que es el que lo conoce mejor. Y más ahora que es vicepresidente de Quilmes. Increíble lo de Aníbal: tira el centro y va a cabecear. Un jugador de toda la cancha.
-Bueno, pero a Grondona hay que hablarle..., quiero decir..., hay que mostrarle los dientes...
-¡Aníbal, con esos bigotes, no le puede mostrar los dientes a nadie! -otra carcajada.
-¿Me entiende? Grondona no es fácil. Sólo conoce una ley: la ley del...
-Dieguito, ya te dije: don Julio es un tipo razonable. Vos tenés que portarte bien y dejar pasar el tiempo. Tarde o temprano vas a volver. Lástima que le pegaste tan duro en aquella conferencia de prensa. ¿Quién te aconsejó cruzarlo así?
-Pensé que a usted iba a gustarle ese estilo.
-Me encanta, pero pegar es un arte.
-Entonces usted es un artista, Néstor -ahora el que rió de buena gana fue Diego.
El último tramo de la conversación no tuvo un eje claro. Hablaron de Fidel Castro, de Chávez ("dos grandes de verdad", dijo Diego, y Néstor no pudo evitar cierto celo), del Mundial, de Messi ("no se terminó poniendo el equipo al hombro como nosotros esperábamos", se quejó el DT), de Cristina ("cuando se bajonea yo la aliento y le digo que lo está haciendo muy bien", contó el marido), de "las nenas" Maradona, de los picaditos de los viernes en Olivos.
Maradona dejó la residencia algo confundido. Fue muy bien recibido, pero no se llevó ninguna promesa concreta, no había podido presentar su plan para volver, no sabía si Aníbal Fernández iba a llamar o no a Grondona...
Cuando, ya en el umbral de la casa, le preguntó a Kirchner si podía llamarlo en unos días para ver cómo seguía todo, el dueño de casa lo frenó con elegancia: "No te tomes ese trabajo. Yo te voy a hacer llamar".
Diego no le creyó. © LA NACION




