Unidad y diversidad de América
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Los países de América están unidos entre sí por una relación profunda, derivada de la historia común y de la participación compartida en nobles ideales de libertad y emancipación. Pero están ligados también por otra relación de mayor complejidad, signada por la enorme disparidad existente entre los Estados Unidos y sus vecinos latinoamericanos en cuanto a poderío económico, capacidad militar y desarrollo social.
Y si el primero de esos vínculos -el histórico y geográfico- es invulnerable a las oscilaciones y a los desencuentros que los pueblos suelen afrontar a través del tiempo, esas dramáticas circunstancias pesan excesivamente, en cambio, en la otra relación, la que exhibe una notoria disparidad entre el país que sentó las bases de su emancipación en 1776 y sus hermanas del continente.
La designación de Roger F. Noriega como nuevo subsecretario del Departamento de Estado para Asuntos Latinoamericanos ha despertado en estos días intensas expectativas, fundadas en la presunción de que el gobierno de los Estados Unidos aspira a producir, con ese nombramiento, una renovación de la política regional de su país. La intención de Washington estaría orientada, por un lado, a potenciar el espíritu de hermandad que preside la relación histórico-geográfica y, por el otro, a superar o contrabalancear los escollos que surgen periódicamente de la imponente asimetría económico-social.
Se atribuye al nuevo funcionario una especial voluntad por acrecentar los contactos personales entre los mandatarios del área e incluso por impulsar reuniones plenarias frecuentes, acaso en una línea que tienda a asemejarse al ritmo de asiduidad con que se mantienen en contacto los gobernantes europeos. De confirmarse esa posición aperturista de parte de Noriega, habrá motivos para congratularse, pues se abriría una prometedora instancia para plantear en el terreno internacional las severas postergaciones que aquejan a muchos de los países del continente.
Es importante, al respecto, comentar la posibilidad de que en los próximos meses se realice una reunión de los gobernantes de toda América, incluido el de Canadá. Los observadores otorgan singular valor a la participación canadiense. Más de una vez las reuniones de ese tipo se han frustrado en sus efectos porque, más allá de la buena voluntad de los mandatarios, funcionarios y diplomáticos, los acuerdos alcanzados tropezaron con la indiferencia del Congreso norteamericano, no siempre interesado en privilegiar las cuestiones que atañen a la relación con los vecinos del Sur. En cambio, un acuerdo en cuya aprobación haya estado el voto canadiense es más probable que sea recibido positivamente por los legisladores de Washington.
Los temas por tratar son variados y complejos. Abarcan la urgente cuestión de la pobreza y la exclusión, la preservación de la democracia, la integración mercantil, la erradicación de la corrupción institucionalizada, la colaboración militar, la lucha contra el narcotráfico y la defensa de los derechos esenciales. También, por el lado de la gran producción agropecuaria, de fundamental importancia para el Cono Sur, se analizaría la necesidad imperiosa de que Washington suprima o aminore los efectos del sistema de subsidios agrícolas, tan perjudicial para la economía de nuestros países.
La disposición amigable de los Estados Unidos, sus designios obviamente democráticos y liberalizantes y hasta la gran tarea de vigilancia global que constantemente compromete el apoyo de las restantes naciones se han opacado, a menudo, en la percepción de los restantes pueblos de América, en la medida en que normativas comerciales inadecuadas frenaron el acceso de sus exportaciones al mayor mercado del mundo.
Es de esperar que tarde o temprano esa situación se revierta y un ciclo de negociaciones francas y ordenadas deje paso a la imprescindible racionalidad de los intercambios y de la colaboración fraterna entre los pueblos. Por supuesto, a esas negociaciones deberán aportar los distintos gobiernos actitudes resueltas, que revelen un claro deseo de acordar ventajas recíprocas, de las que ninguna nación quede excluida.
América, como el gran ámbito de la libertad, debe ser consecuente consigo misma. Los Estados Unidos tienen un papel trascendente en la seguridad y en la prosperidad de la región y si los signos que Washintgon está ahora emitiendo coinciden en indicar que esa función histórica va a ser asumida plenamente, los gestos del nuevo subsecretario para América latina deben ser bienvenidos sin reserva alguna.


