Cómo la guerra afectó la imagen de los políticos

Silvia Pisani
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11 de mayo de 2003  

MADRID.- El ataque contra Irak generó una movilización social nunca vista para evitar la guerra. Pero diez días después de terminadas las acciones, las encuestas dan picos de popularidad a dos de los tres líderes que la impulsaron a rajatabla.

El presidente George Bush y el premier británico, Tony Blair, gozan de niveles favorables de aceptación, mientras que el español José María Aznar parece ser quien más caro paga en ese terreno el haber integrado el trío que, desde las islas Azores, notificó al mundo la sangrienta campaña que vendría.

Y para llevar las cosas al extremo, otro tanto puede decirse de los políticos que, desde el comienzo y con más firmeza, asumieron -sin éxito- el no a la guerra: el francés Jacques Chirac y el alemán Gerhard Schröder. Estigmatizados por Washington como "los perdedores de la vieja Europa", cuentan con popularidad para acometer reformas de fondo en sus países.

¿Semejante aquiescencia significa que la guerra ya no importa y que todo está bien? Esa podría ser una primera impresión si lo ocurrido se mide sólo en términos de imagen, que, por caso, puede estar premiando un nivel de convicción, cualquiera que sea ésta. Pero el escenario es más complejo si se consideran las recompensas efectivas y los valores que ellas proyectan: por ejemplo, los Estados Unidos pasan por su peor momento en Europa.

Sí parece claro que el final de los bombardeos dio a todos un respiro para poner en marcha costosas reformas internas antes de que el escenario se complicara más. Chirac trabaja en extender los plazos para jubilarse; Schröder, en recortar el Estado de bienestar para salvar su economía; Aznar, en ganar comicios; Blair pasó la prueba de la reforma a la salud y Bush tiene el enorme tema pendiente de sus finanzas.

En este punto, hay en Europa quienes ya ven una venganza por elevación de Bush. Quienes así piensan sospechan que la extrema revalorización del euro -en su nivel más alto de la historia- está alentada por su equipo, animando a la Reserva Federal a una masiva venta de dólares.

La extrema depreciación del dólar supone un freno a las exportaciones europeas y todo un aliento a las estadounidenses, necesario para reducir el fuerte déficit comercial del país.

Más allá de lo acertada o no de semejante visión conspirativa, veamos las encuestas. Bush emergió de la guerra con un enorme respaldo popular, cercano al 70%, pero insuficiente aún para garantizarle la reelección. La economía es su pesadilla, como lo fue en la presidencia de su padre, quien no pudo ganar la reelección pese al apoyo que logró en la primera Guerra del Golfo.

Aznar, en aprietos

Tampoco le va mal a Tony Blair, quien algo pagó en las recientes elecciones regionales "por causa de la guerra", según The Independent. Y, si bien enfrenta una rebelión interna de diputados laboristas, eso no le impidió esta semana aprobar su controvertida reforma en el área de salud, considerada antesala de su privatización. Un paso audaz para quien viene de enfrentar extraordinarias marchas de rechazo a su belicismo.

Al igual que Bush, Blair tuvo algo que no tuvo Aznar: tropas en el lugar. Una vez iniciado el ataque, el "factor humano" relegó la crítica para ponderar a "nuestros chicos", como los llamó la prensa. Eso y la disposición al debate con su envidiable don persuasivo fueron bastones con los que el laborista llegó esta semana a cumplir los 50 años "en un gran momento", según dijo el International Herald Tribune.

Pero los opositores a la guerra -que perdieron la pulseada- tampoco retroceden. A un año de haber sido reelegido con el 82% de los votos, el francés Jacques Chirac cabalga sobre "fuertes cotas de popularidad", según el diario El País. Una encuesta de Sofres para Le Figaro le dio esta semana una imagen del 53%, contra el 60% que tenía antes de la guerra, pero superior al 40% de hace un año.

En lo mejor del personaje que se ha inventado, Chirac no escatima gestos. Esta semana envió a Blair por su cumpleaños media docena de Mouton Rothschild, cosecha 1989. Una fortuna embotellada para que apague el tormento que le infligió durante la guerra, y para templar el espíritu, necesario para reconciliar lo que la guerra rompió en Europa.

Otro tanto ocurre al canciller Schröder, que acaba de enviar señales de reconciliación a Washington, con cuyo ocupante no se habla desde noviembre último.

"No intenten forzarnos a elegir entre Estados Unidos y Francia", definió, tras reconocer la condición de superpotencia de Estados Unidos.

La excepción del quinteto parece ser Aznar, "el que más ha pagado por defender la guerra, muy impopular en España", según evaluó The Times. Su desgaste se gestó antes, con el petróleo que arruinó a Galicia, y es tal que tuvo que ponerse al frente de la campaña donde mucho lo ayuda la oposición: el líder socialista José Luis Rodríguez Zapatero aún no encontró cómo capitalizar tal situación.

Pero la mirada cambia cuando se enfoca hacia las recompensas en la reconstrucción del Irak destruido o -dicho de otro modo- hacia los negocios que esa megaempresa pueda deparar.

Uno de los casos más claros es el del premier italiano, Silvio Berlusconi, que durante el conflicto tuvo la rara habilidad de poner un pie en cada uno de los dos bandos en que se dividió el mundo. Pero terminado el ataque, queda descolocado: los 3000 soldados que enviará a Irak estarán bajo las órdenes británicas, mientras que Polonia, que sí apoyó la guerra, tendrá mando efectivo en la zona norte del país invadido.

Tampoco España parece sacar mucho en claro todavía, más allá de la incorporación de Batasuna -el ala política de ETA- en la lista de organizaciones terroristas de Washington. Y espera que Estados Unidos le ayude a encontrar un "hueco" para sus tropas en Irak porque, a diferencia de Italia, aún no sabe siquiera dónde se ubicarán.

Francia y Alemania sí tiemblan por el futuro de sus negocios. Alemania ubicó su tecnología de defensa aérea en buena parte de Medio Oriente -Israel y Turquía incluidos-, y todo eso puede acotarse. Francia teme por el castigo que Washington pueda imponer a su industria petrolera, electrónica, farmacéutica y aeronáutica.

En contraposición, pocos tiemblan en Washington. Ya se sabe que la empresa a la que estuvo ligado Dick Cheney se haría cargo del petróleo iraquí y que la firma para la que trabajó Donald Rumsfeld colocó sus reactores nucleares en Corea del Norte. "Capitalismo de amiguetes", censura sin piedad la prensa europea, a la que todo eso le parece un escándalo.

Esto abre paso a un tercer enfoque, el de los valores. Si bien se salva Washington en el terreno de la imagen interna y en el de los negocios, sus valores están en baja en Europa, donde retrocede la credibilidad de Bush. La misteriosa desaparición de Saddam y el hecho de que no aparecen las armas de destrucción masiva ayudan a teñir de escándalo lo ocurrido.

Pero ésos son datos reveladores de que, más allá de las encuestas de imagen, la victoria en el desierto no cambió criterios. Y que es temprano para decir si estos líderes están por delante de la sociedad que no los acompañó en la guerra o si, como sucede demasiado a menudo, sólo están lejos de escuchar.

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