
Dentro de los laboratorios de investigación de la peste en el centro de un misterio ruso
Una investigadora ruso, que murió por una enfermedad desconocida, trabajaba en una remota instalación antipeste; pocos extranjeros han visitado estos laboratorios, dispersos por los antiguos Estados soviéticos y envueltos en el secretismo
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NUEVA YORK.- Casi dos semanas después de que una investigadora de 28 años muriera por una infección misteriosa mientras trabajaba en un laboratorio ruso de investigación de la peste, las autoridades sanitarias de todo el mundo siguen esperando respuestas.
Darya Shipilova, empleada del Instituto de Investigación Antipeste de Irkutsk, fue reportada inicialmente como infectada de peste neumónica, lo que despertó inquietud sobre el tipo de investigaciones que se realizaban en esa instalación y sobre sus medidas de seguridad.
Desde entonces, las autoridades rusas descartaron la peste neumónica, una infección bacteriana causada por el mismo patógeno que provoca la más conocida peste bubónica, como causa de la muerte de Shipilova. Sin embargo, todavía no han confirmado qué agente patógeno provocó la neumonía que acabó con su vida.

El incidente, que generó denuncias de Estados Unidos y otros gobiernos, expuso la persistente desconfianza internacional hacia la investigación biomédica rusa, una desconfianza que se remonta a los sólidos programas soviéticos de desarrollo de armas biológicas.
El instituto de Irkutsk nunca funcionó como una instalación militar, pero formó parte del amplio y reservado “Sistema Antipeste”. En cientos de laboratorios y centros de campo distribuidos por toda la Unión Soviética, miles de investigadores se encargaban de rastrear nuevas cepas de peste y otras enfermedades endémicas, exterminar roedores transmisores de enfermedades y desarrollar vacunas. Según expertos, estas instalaciones también suministraban muestras de patógenos a laboratorios militares responsables de crear armas biológicas durante la era soviética.
La mayoría de esas instalaciones siguen operativas y, mientras las ubicadas en Rusia permanecen fuertemente protegidas, algunas de las situadas en antiguos Estados soviéticos han abierto sus puertas a investigadores extranjeros interesados en conocer ese legendario sistema.
El Sistema Antipeste
Aunque la Peste Negra que asoló Europa en el siglo XIV es el brote más mortífero y conocido de la enfermedad, la peste, causada por la bacteria Yersinia pestis y transmitida por roedores, ha afectado a Eurasia durante miles de años.

Para detener los frecuentes brotes en zonas rurales, donde abundan animales portadores de la peste como ratas, jerbos y marmotas, la Unión Soviética estableció a comienzos del siglo XX una red de estaciones de campo e institutos de investigación conocida como el Sistema Antipeste.
“El objetivo de su trabajo era actuar como un instituto central que vigilara las vastas regiones circundantes, incluidas las estepas con grandes poblaciones de roedores silvestres excavadores”, explicó Susan D. Jones, historiadora veterinaria de la Universidad de Minnesota que visitó en 2018 un antiguo instituto antipeste soviético en el actual Kazajistán.
En sus primeros años, el programa era rudimentario. Los científicos se desplazaban a caballo a las zonas donde aparecían focos de peste, se alojaban en tiendas de campaña o en casas de residentes locales y dedicaban sus jornadas a exterminar roedores, destruir madrigueras y quemar reservas de alimentos para intentar erradicar las enfermedades que transmitían.

Muchas de esas expediciones se realizaban sin desinfectantes eficaces ni equipos de protección personal, lo que convertía el trabajo en una actividad extremadamente peligrosa. Y los esfuerzos de erradicación no lograron detener la propagación de la enfermedad.
Sin embargo, entre las décadas de 1920 y 1950, el programa cambió su enfoque, pasando de la erradicación a la prevención de brotes. Se abrieron laboratorios en ciudades de toda la URSS y, para mediados del siglo XX, una vez desarrollado un antibiótico eficaz contra la peste, miles de empleados trabajaban durante todo el año en estas instalaciones, mientras cientos más eran contratados estacionalmente para recolectar muestras sobre el terreno.
Dentro de los laboratorios de la era soviética
Las investigaciones realizadas en estas instalaciones estaban “ocultas tras un velo de secretismo”, escribió en un ensayo de 1994 el exinvestigador antipeste Moisey Iósifovich Levi.

Para evitar cualquier vínculo entre su trabajo y los programas militares de armas biológicas, a los empleados se les instruía para que nunca hablaran en detalle sobre sus labores.
Además, los propios edificios estaban diseñados para parecer complejos residenciales comunes. En muchas instalaciones, los trabajadores cuidaban jardines, mantenían las ventanas abiertas y circulaban con ropa cotidiana o incluso con pijamas, en lugar de las tradicionales batas blancas.
Sólo al ingresar al interior y observar los equipos científicos quedaba claro el verdadero propósito de los edificios: heladeras repletas de muestras de patógenos, grandes esterilizadores para el material utilizado y largas mesas ocupadas por microscopios.

Debido a estas condiciones de trabajo poco convencionales, “la bioseguridad y la protección biológica eran muy diferentes de las que existen en los países occidentales”, señaló Sonia Ben Ouagrham-Gormley, investigadora especializada en biodefensa de la Universidad George Mason, quien visitó numerosos institutos antipeste en antiguos Estados soviéticos.
En una serie de recopilaciones titulada Historias interesantes sobre los acontecimientos y las personas del Sistema Antipeste de Rusia y la Unión Soviética, editada por Levi, los autores describen situaciones peligrosas, como brotes entre animales alojados en las instalaciones, incendios en laboratorios y pérdida de muestras de patógenos.
En los últimos años de la Unión Soviética, varios centros recibieron equipamiento de laboratorio más seguro y eficiente. Las heladeras domésticas fueron sustituidas por modelos más seguros y las ventanas abiertas dieron paso a campanas de extracción. Sin embargo, la financiación para esas mejoras era escasa, por lo que los centros más pequeños y remotos, incluido el instituto de Irkutsk, tuvieron dificultades para modernizarse.
“En las últimas décadas, mucho ha cambiado en el Instituto Antipeste de Irkutsk, y no para mejor. A diferencia de otros institutos antipeste, no recibió atención”, escribió el exdirector Igor Valerianovich Domaradsky.
“Por lo tanto, el instituto quedó muy rezagado en la adquisición de nuevos equipos y tecnologías, lo que inevitablemente afectó su desarrollo”, añadió. “Qué pena”.
Las instalaciones en la actualidad
Tras la caída de la Unión Soviética, la mayoría de los laboratorios, tanto los centros avanzados de las ciudades más prósperas como las instalaciones rurales con dificultades económicas, permanecieron abiertos. Durante décadas, muchos de ellos apenas cambiaron.
A comienzos de la década de 2000, Ben Ouagrham-Gormley visitó más de cien instalaciones de la antigua Unión Soviética junto a colegas del James Martin Center for Nonproliferation Studies. Según contaron, ingresar en algunos de esos lugares era como viajar al pasado: el control de muestras se realizaba con papel y lápiz, y numerosos viales se almacenaban en heladeras abiertas con frecuencia, selladas con cera para identificar quién las había manipulado por última vez.

Muchos edificios, dijeron los investigadores, carecían de medidas de seguridad externas. Y la seguridad interna también era mínima.
“Llegamos para una visita y en el laboratorio había una mesa bajo una ventana completamente abierta, porque era verano y no tenían aire acondicionado, y sobre la mesa había montones de cultivos de peste”, recordó Ben Ouagrham-Gormley sobre una de esas instalaciones.
Durante las dos décadas siguientes, varios centros de antiguos Estados soviéticos fueron renovados o reconstruidos para incorporar equipamiento científico moderno, permitiendo que algunos se transformaran en laboratorios de última generación visitados por investigadores de todo el mundo.
“Existen distintos niveles de contención dentro de estos edificios”, explicó Jones sobre el centro que visitó en Kazajistán en 2018. “Una vez que se ingresa a las áreas de máxima contención, se utiliza equipo de protección personal completo y todo el trabajo se realiza en instalaciones selladas”.
Dado que Rusia ha mantenido cerradas las instalaciones de su Sistema Antipeste a investigadores y funcionarios extranjeros, resulta difícil determinar hasta qué punto esos centros se han modernizado en comparación con los que recibieron ayuda internacional tras la disolución de la Unión Soviética.
“Yo supondría que no han mejorado demasiado”, afirmó Ben Ouagrham-Gormley. “Pero probablemente mantuvieron los procedimientos y métodos de la época soviética, que eran eficaces para garantizar la bioseguridad y prevenir accidentes pese a la falta de equipamiento.”
Sobre la instalación de Irkutsk existe poca información pública. Sin embargo, las autoridades rusas han insistido en que la muerte de Shipilova no fue consecuencia de violaciones de protocolos ni de fallas de bioseguridad dentro del centro.
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