
Cada diciembre, cientos de personas con trajes de osos recorren pueblos y ciudades del noreste rumano para ahuyentar los malos espíritus. La tradición, con raíces precristianas, atrae a visitantes de todo el mundo
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En las calles de Comănești, al este de Rumania, el retumbar de los tambores anuncia un desfile inusual: decenas de figuras cubiertas de pieles, con mandíbulas de oso abiertas y garras amenazantes, danzan entre risas, gruñidos teatrales y pompones rojos. Es el festival de “La danza de los Osos”, una tradición centenaria que, según los lugareños, nació mucho antes del cristianismo.
Por Enrique Villegas
