
Dos veces al año, las manecillas del reloj dejan de moverse. No es una falla, sino una ceremonia que mezcla oficio, historia y amor por un símbolo que marca el pulso del Reino Unido desde el siglo XIX
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En el Palacio de Westminster, cada otoño y primavera, los mecánicos Ian Westworth y Huw Smith paralizan el Big Ben durante unas horas para ajustar su precisión milimétrica. En ese breve silencio, el reloj de cinco toneladas recibe un minucioso mantenimiento que garantiza su marcha perfecta. Diseñado por el ingeniero Edmund Beckett Denison y puesto en marcha en 1859, fue considerado el más preciso del mundo en su época.
Por Jesica Rizzo

