
El estremecedor relato de un ucraniano torturado por Rusia que busca justicia en la Argentina
Kostiantyn Chebaevskyi trabajaba en la mayor central nuclear de Europa cuando fue detenido por las fuerzas rusas
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Kostiantyn Chebaevskyi había estudiado para trabajar en una central nuclear. En Enerhodar, una ciudad del sudeste de Ucrania, su vida transcurría entre los turnos en la planta de Zaporiyia y una pequeña cafetería propia, regentada por él. Tenía su departamento, a sus amigos y tiempo para irse de vacaciones. “Mi vida era bastante común, como la de muchas personas en Ucrania y en otros lugares”, cuenta a LA NACION, desde Kiev.
En 2024, dos años después de que las tropas rusas ocuparan su ciudad, cruzó medio mundo para denunciar en Buenos Aires las torturas que había sufrido durante su cautiverio. Llegó con el apoyo de The Reckoning Project, una organización que documenta crímenes de guerra, y con una historia que entonces todavía no llevaba su nombre en público.

En su primera denuncia, Kostiantyn mantuvo su identidad en reserva ante el público. Fue a los tribunales de Comodoro Py con la cara tapada. Ahora decidió revelar su identidad y volver a acudir a la Justicia argentina, después de que la primera presentación fuera rechazada.
Para entender su odisea hay que volver a Zaporiyia. La central donde trabajaba es la mayor de Europa: sus seis reactores generaban alrededor de una quinta parte de la electricidad de Ucrania antes de la invasión. Las fuerzas rusas la ocuparon el 4 de marzo de 2022 y el personal habitual siguió trabajando allí. Kostya (así prefiere que le digan) trabajaba en la operación y puesta en marcha de equipos.
El 6 de agosto de 2022, al terminar su día laboral, mostró su credencial en el control. Un soldado ruso leyó su nombre y lo apartó a una pequeña habitación. Sus compañeros se fueron. A él le preguntaron si sabía usar drones, si entendía por qué estaba ahí. Contestó que no. Al cabo de un rato apareció un hombre corpulento, vestido de civil, que lo condujo a la llamada “salida cero”: un paso por el que podía abandonar la central sin que su credencial dejara constancia. Afuera había un auto con otros hombres.
Durante una semana, su madre lo buscó mientras los registros de la planta indicaban que todavía estaba en el trabajo. Cuando consultó a un conocido del área de seguridad, esa fue la respuesta: técnicamente, su hijo seguía dentro. En realidad estaba preso en una comisaría de la ciudad. Allí, según relata, lo interrogaron, le aplicaron descargas eléctricas e intentaron estrangularlo con un cable. Recuperó la libertad diecisiete días después.
El camino a Buenos Aires
El camino hasta Buenos Aires se abrió por una propuesta de The Reckoning Project. La organización lo acompañó para presentar su denuncia ante la Justicia federal bajo el principio de jurisdicción universal, que permite investigar crímenes internacionales cometidos fuera del país.
La presentación fue rechazada sin que se abriera una investigación porque se consideró que los hechos podían estar bajo examen de la Corte Penal Internacional (CPI). La apelación tampoco prosperó. Después, la CPI aclaró que no investiga este caso concreto. Con ese argumento, The Reckoning Project volvió a presentar el caso. Ahora, Kostya impulsará el reclamo a título personal, con un abogado argentino.
Al hablar del cautiverio, Kostya también vuelve a las pequeñas rutinas de la celda. Logró comunicarse con su madre por medio de papelitos que sus captores leían.
En una de las celdas, el día empezaba y terminaba con salmos que un detenido recitaba en voz alta. Por las noches resolvían crucigramas entre todos. “Yo era el campeón de los crucigramas”, recordó.
“Creo que solo gracias a ellos no perdí la cabeza”, dijo sobre las personas que compartían celdas con él.
—¿De qué lo acusaban cuando se lo llevaron?
—Buscaban personas que transmitieran información sobre la ciudad o fotografías del equipo militar ruso dentro de la central. Siento que les llamé la atención por un comentario que hice. Y me terminó jugando en contra. Había comentado que me alegraba ver a un soldado ruso preocupado por los drones. Miraba al cielo y buscaba drones. Durante el interrogatorio citaron ese comentario. Todavía no sé cómo les llegó. Me llevaron a la comisaría y después a mi casa para buscar mi teléfono y mi computadora.
—¿Qué ocurrió durante el cautiverio?
—Al principio sentía que podía pasar cualquier cosa. El primer día me ofrecieron confesar, pero no me explicaron qué debía confesar. Me llevaron a una celda donde había otros civiles, personas como yo. Intenté pensar qué podían encontrar en mi teléfono. Personas de otras partes de Ucrania querían saber qué pasaba en Enerhodar, porque allí estaba la central, y yo conversaba con ellas sobre la situación general. En el interrogatorio dijeron que no les contaba todo. Entonces empezaron con la electricidad. Usaban un teléfono militar que produce electricidad al girar una manivela. Conectaron cables a mi dedo meñique y a mi oreja. Preguntaban para quién era informante. Uno intentó estrangularme con un cable. Con cada descarga me debilitaba más y me costaba hablar. Preguntaron por personas del ejército ucraniano y mencionaron nombres que no conocía.
—¿Después lo trasladaron a otra celda?
—Dijeron que sería peor. Estaba en muy mal estado, pero vi caras conocidas y eso me tranquilizó. Al responsable le dijeron que me enseñara a decir la verdad, pero que no me golpeara en la cara. Después entendí por qué: a algunos detenidos los obligaban a grabar confesiones para los medios rusos. Les prometían liberarlos si decían que eran terroristas. Más tarde vi algunos de esos videos.
—¿Cómo terminó su detención?
—Me dijeron que saliera con mis cosas. Me hicieron firmar un documento para ser su informante: querían que siguiera en la central y les dijera quién escondía un teléfono. Contesté que probablemente me iría. El 23 de agosto de 2022 salí libre. Estaba muy feliz. Sentí que había tenido mucha suerte: mi detención había sido relativamente corta y sabía que podía haber sido mucho peor. Tenía que presentarme en la comisaría, primero todos los días y después una o dos veces por semana.
—¿Volvió a la central?
—Sí. Les conté a mis superiores dónde había estado y qué me había pasado. Me sorprendió que casi no me hubieran buscado. Me dijeron que me pagarían esos días como si hubiera trabajado. Yo les dije que me tomaría vacaciones y me iría. Sabía que en la ciudad ya estaba bajo vigilancia. Recuperé mi computadora y mi teléfono. Vi que habían intentado escribirles a personas que conocía desde mi cuenta, pero no entendían cómo cambiar el teclado: usaron letras latinas en lugar de cirílicas. Empecé a preparar la salida.

—¿Cómo logró salir de la ciudad?
—El 30 de agosto salí por Vasylivka, hacia Zaporiyia, después Dnipro y Kiev. Temía que me detuvieran, pero pasamos casi sin inspección. Iba con mi novia y nuestro gato. Llegamos a territorio bajo control ucraniano alrededor de las nueve o diez de la noche. Los soldados nos dijeron que estábamos en nuestra tierra, que todo iba a estar bien. No soy una persona que llore fácilmente, pero fue un momento especial. Por fin las cosas eran más comprensibles y me sentía más seguro.
—¿Cómo influye esa experiencia en su vida hoy?
—Incluso ahora, mientras hablo con vos, tengo como una fotografía de mis compañeros de celda, de las personas que me ayudaron. Siempre recuerdo cómo nos apoyábamos. Después de la detención volví a encontrarme con algunos y también me ayudaron: adónde ir, cómo resolver trámites. Es como si hubiera reemplazado esa experiencia horrible con el recuerdo de esas personas, de las rutinas y del orden que establecimos para mantener la cordura. Probablemente alguien dijo algo que llevó a mi detención. Una experiencia así puede hacer que dejes de confiar por completo en las personas. Ellos me ayudaron a no perder esa confianza. Todavía hay gente que te ayuda a atravesar esos momentos, y creo que eso fuimos unos para otros.
—¿Cómo surgió la búsqueda de justicia en la Argentina?
—Una mujer pasó mi contacto a los investigadores de The Reckoning Project. Les conté mi historia y después, cuando hablé con un abogado del equipo, entendí que quizás estaba dispuesto a ir un poco más lejos. Había personas con recursos para hacerlo y, sobre todo, personas a las que les importaba. Fui como un libro abierto para ellos. No imaginaba que terminaría en la Argentina. Fue una propuesta de la organización. Yo no soy abogado; ellos conocen mejor el derecho y me explicaron que el país tenía antecedentes de jurisdicción universal. La idea del viaje y de la denuncia fue de ellos, pero yo estaba dispuesto a hacerlo.

—¿Por qué decidió revelar su identidad ahora?
—Espero que no tenga consecuencias para mis seres queridos. También creo que, después de un tiempo, necesitamos recordar nuestra historia. Antes podía parecer que había venido un desconocido de Ucrania. Quizás, si se conoce mi historia, si queda claro que hay una persona detrás, los jueces estén más abiertos. Espero convencer más si no es solamente un caso judicial, sino yo, una persona que habla.
—¿Qué significaría para usted obtener justicia?
—Puede ser difícil encontrar a quienes fueron crueles conmigo. Pero hay una raíz de lo ocurrido. Espero que tenga algún efecto sobre los responsables, por ejemplo, los directivos de Rosátom (la empresa nuclear estatal rusa) que permitieron estas cosas en la central. También que el Organismo Internacional de Energía Atómica comprenda las condiciones de los empleados. Parece que alcanza con que no haya una fuga radioactiva, como si lo demás no importara. Pero las instalaciones son seguras porque hay personas que las mantienen así. Espero que haya límites para los responsables y que quede registrado ante la comunidad internacional que esto no puede aceptarse como algo normal.
Nació en Mar del Plata, en 1996. Es licenciado en Relaciones Internacionales por la Hankuk University of Foreign Studies de Seúl, Corea del Sur, y magíster en Periodismo por la Universidad Torcuato Di Tella. Desde 2021 trabaja en LA NACIÓN. Actualmente, cubre noticias internacionales en la sección El Mundo.



