Coronavirus: el drama en la frontera venezolana por el bloqueo para regresar al país

Largas filas en la frontera entre Venezuela y Colombia
Largas filas en la frontera entre Venezuela y Colombia Crédito: Juan Pablo Bayona
Daniel Lozano
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12 de junio de 2020  • 18:12

VILLA DEL ROSARIO, Colombia.- Son miles, están desesperados y lo único que quieren es regresar a su país. No les importa que su patria sea lo más parecido a un infierno, al menos es su casa. Muchos no llevan tapabocas o lo usan de forma descuidada. "Nosotros no le tenemos miedo al covid, le tenemos miedo a Maduro . El presidente que nos gastamos en Venezuela mandó a trancar la frontera.", sentencia Raynelis, de 25 años, de Cúa, cerca de Caracas.

La fuerte restricción impuesta por el chavismo en sus fronteras con Colombia paralizaron de golpe el regreso de los venezolanos que huyen de la coronacrisis. El gobierno de Nicolás Maduro solo permite el acceso de 1200 emigrantes por semana, cuando entre 15.000 y 20.000 se mantienen en la frontera o camino de ella. La situación es tan desesperada, "crítica" según las autoridades colombianas, que algunos decidieron retornar de nuevo desde la frontera a sus ciudades de acogida en el país cafetero.

"Esto es lo más denigrante que hemos pasado, es una barbarie. Que nuestro gobierno impida regresar a nuestro país es grotesco, inhumano", asegura a LA NACIÓN Víctor Rivera, de 37 años, chef de cocina peruana.

Aquí se duerme muy poco, se bebe agua sospechosa y se baña en el río. Insolaciones, gripes, diarreas, vómitos. Castigados en zona de nadie, donde también está presente el Tren de Aragua, poderosa mafia venezolana que se desplegó por medio continente. Venden los puestos a precio de oro, lo que provoca riñas y reyertas. Cuando asoman los cuchillos, los policías colombiana está muy lejos, hipnotizados por la pantalla de sus celulares.

José Contreras, de 31 años, es el primero de la fila. Ochos días a pie de puente después de atravesar Ecuador y Colombia desde Quito durante un mes, "casi siempre andando y con tramos con ayuda de la gente buena, que claro que la hay". Llanero de Trujillo, con su mujer y sus dos nenas. Karlianny juega muy cerca, es tan "catira" (rubia) que parece que se ha equivocado de frontera. Corretea entre el polvo vestida con una camiseta de la selección colombiana, "regalada por una buena señora".

Palo en mano, Contreras y sus amigos son el único indicio de autoridad en el corral humano que se formó en la frontera. Como si de una manga para el ganado se tratase, un sistema de barreras colocadas por la policía que asemeja un pasillo estrecho y muy largo. En su interior, las familias hacinadas se reparten por el suelo con sus valijas y enseres, con comida, refugiados del sol y de la lluvia con plásticos, sábanas y trapos. Ni siquiera el positivo por coronavirus detectado el jueves los inquieta.

"Como si fuéramos perros", resume la mayoría. "Somos venezolanos, a nuestro país vamos cuando nos da la gana. Y entonces, ¿por qué estamos aquí?", se queja Rafael Parra, de 24 años, un año cerca de Bucaramanga recogiendo café.

En la noche del jueves, entre 1500 y 2000 personas hacían cuentas para saber cuánto tendrán que esperar todavía. La restricción impuesta por Maduro solo permite que cada lunes, miércoles y viernes crucen el puente 300 emigrantes (otros 100 por Arauca), que deben permanecer entre dos y tres semanas en cuarentena obligada en los llamados "campos de concentración", hacinados, tirados en el suelo, con poca electricidad y sin cobertura.

El embudo en Villa del Rosario es enorme, con 7000 venezolanos, la misma situación que se extiende por las carreteras del país. En Bucaramanga 300 personas acampan en el Parque del Agua, a las afueras de Bogotá otros cientos, como en Cali y Medellín.

"No basta con llamarlos arma biológica y amenazarlos con pasar la cuarentena en una celda, ahora el régimen busca bloquear el corredor humanitario. El retorno es un derecho humano", denuncia David Smolansky, comisionado de la OEA para la diáspora.

En la famosa carretera de la muerte, la que cruza el Páramo helado de Berlín, 15 chicos dormían a la intemperie en Pamplona, a dos horas de la frontera, ante el cierre de los albergues. Voy de regreso a Medellín, estaba en Cúcuta hace tres días porque quería volver a mi patria. Pero la frontera es un desastre, me tuve que volver con mi esposa y mi hija. Somos seres humanos, no animales", se queja un joven, tapado el rostro con un barbijo y escondido el nombre.

La Red Humanitaria que asiste a los emigrantes ya dio la voz de alarma. "Estamos viviendo el contrarretorno del famoso retorno voluntario", explica a LA NACIÓN José Luis Muñoz. Un fenómeno nunca visto, solo posible en una Venezuela empeñada en pulverizar los récords del desastre: la gran diáspora de entre 5 y 6 millones de emigrantes frenó de golpe con la pandemia y comenzó en regreso a cuentagotas que ya suma más de 70.000 personas "oficiales" y otros cuantos miles por los pasos clandestinos. El bloqueo de Maduro provoca ahora un efecto rebote aún más dramático.

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