El más teocrático de los reinos

Por Narciso Binayán Carmona
(0)
3 de diciembre de 2001  

Hace algo menos de cuarenta años, el shah-in-shah persa, Reza II, le escribió a su par, el rey Feisal de Arabia Saudita: “Hermano, por favor, modernízate. Abre tu país. Establece escuelas mixtas para varones y mujeres. Deja que las mujeres lleven minifaldas. Abre discos. Sé moderno. En caso contrario, no puedo garantizar que quedes en tu trono”.

Feisal (1964-1975) le contestó: “Majestad, aprecio tu consejo. Pero recuerda que no eres el shah de Francia. No estás en el Elíseo. Estás en Irán. Tu población es 90% musulmana. Por favor, no lo olvides”.

Esta anécdota la contó en una entrevista su sobrino carnal Bandar, embajador saudita en Washington, hace pocas semanas, y comentó: “La historia probó nuestro punto de vista”. A este relato aleccionador del increíble derrumbe de la prestigiosa dinastía persa, pese a todo su poderío, se le puede agregar una apostilla.

Feisal murió asesinado en 1975, un lustro antes de la caída del emperador de Irán, y tenía precedentes cuando su familia aún era modesta, en el interior desértico de Arabia: Abdelaziy, asesinado en 1806; su nieto Abdullah, decapitado por los turcos en Constantinopla (1818). Además, dos veces fueron desalojados en el siglo XIX, una por las tropas egipcias de Mohammed Ali, y otra por sus rivales: los Raschid, sheikhs de Hail.

Por estas locas contradicciones de la vida, esta dinastía, potente, afortunada y riquísima, tiene su origen en una visión religiosa austera a partir de la predicción de Mohammed ibn Abd el-Wahhab (1703-1787) y decidió retornar al islam más puro tal como en los tiempos y formas de Mahoma inspirándose en la escuela más estricta de las cinco del islam en general, la *hanbalita.

Todo lo que estaba fuera del Corán y de la tradición era bida (innovación) y totalmente prohibido. Seguía a Ibn Taymiyya, el más el más radicalizado de los hanbalitas.

Severidad y lujo sin fin

Su doctrina pudo haber pasado sin mayor eco si no hubieran convertido a ella al modesto sheikh de la pequeña ciudad de Dariva, Mohammed ibn Saud. Con esta alianza, ambos hicieron la fortuna de sus descendientes. No todo lo wahabita era de fácil aceptación.

Por ejemplo, al tomar por primera vez el control de la tumba de Mahoma, destruyeron el edificio como contrario al islam estricto. Y hoy Arabia Saudita “es el Estado más teocrático del mundo contemporáneo. Por definición, un no musulmán no puede ser ciudadano saudita”. Hasta los términos árabes para “ley” y “legislador” están prácticamente prohibidos, ya que “implican un estilo de derecho occidental”.

Por ello, los jerarcas religiosos “gozan de un poder y autoridad nunca soñados por sus pares en otros países musulmanes”. Todas las innovaciones, desde el automóvil y el teléfono hasta el despliegue de tropas cuando la guerra contra Irak, fueron avalados por fatwas, decretos legales religiosos (Joseph Nevo, “Religion and National Identity in Saudi Arabia”, en Middle Eastern Studies, 1998).

Sin embargo, esta interpretación religiosa no es unánime. En Al-Hedjaz, donde se encuentran las ciudades santas de La Meca y Medina, hay partidarios de las escuelas doctrinarias más amplias. Opinan, por ejemplo, que una mujer puede trabajar o manejar un auto y que la Justicia no deber ser sólo religiosa. Los del Nedjed, donde está Riad, los consideran contaminados por los extranjeros. Sin embargo, el petróleo viene de Al-Hasa, pero el dinero no se queda allí ni va a Al-Hedjaz. Se canaliza hacia Riad y Nedjed.

Por lo demás, junto con tanta estrictez, la familia real vive en un tren de lujo desenfrenado. Son hasta 25.000 príncipes que se dividen en tres categorías: los que reciben entre cien mil y doscientos mil dólares al año; los que reciben cien mil, y los que reciben cincuenta mil. Acompañado por una gran corrupción, por una vida fácil y divertida en un país con déficit, elevado desempleo y fallas en la educación. Esto, pese a que tiene un cuarto del petróleo mundial en reservas.

Y ello que el rigor del reino sólo es superado por los talibanes. Hay una policía religiosa que obliga, como en Afganistán, a orar.

Oficialmente no hay oposición, pero de los 63 ejecutados en la fallida toma de La Meca en 1979 (1400), 44 eran sauditas. Como 15 de los 19 secuestradores en los atentados de septiembre en los Estados Unidos. Para la familia real hay un lema: sobrevivir. Y un modelo que evitar: Irán.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.