Una feroz muestra de la influencia de EI y de su terror global

Luisa Corradini
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27 de junio de 2015  

PARÍS.- Aquel que abraza realmente la jihad [guerra santa] sabe que ella no es más que violencia, crueldad, terrorismo, terror y masacres." Esa frase, que figura en el libro Gestión de la barbarie, transformado en la biblia de los ultrarradicales de Estado Islámico (EI), define a la perfección la jornada de ayer, marcada para siempre en el calendario con rojo sangre.

En una misma jornada, 37 personas -en su mayoría turistas- fueron masacradas en un hotel de Túnez, otras 27 murieron y 200 resultaron heridas cuando un kamikaze se hizo estallar en una mezquita chiita en Kuwait City, y un empresario fue decapitado en el centro de Francia por un individuo que intentó, al mismo tiempo, hacer volar una planta de gas envasado.

Por el momento es imposible afirmar que los ataques en Túnez, Siria, Kuwait y Francia fueron coordinados. Excepto en el caso de Kuwait, hasta anoche nadie había reivindicado la responsabilidad de esas atrocidades.

Pero las coincidencias son perturbadoras. Eso actos se producen cuando se cumple el primer aniversario del califato, proclamado el 29 de junio de 2014 por el líder de Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi, desde la ciudad iraquí de Mosul.

También sobrevienen tres días después de que el vocero de la organización terrorista, Abu Mohammed al-Adnani, llamó a todos los musulmanes "a transformarse en mártires" durante este mes de Ramadán e infligir "calamidades" a Estados Unidos y sus aliados internacionales.

Para aquellos que estudian los avances del islamismo radical, esos llamamientos provocan auténticos electroshocks en el espíritu de los militantes y hablan de cuán profunda y extendida es ya la influencia de EI.

En septiembre del año pasado, el grupo también llamó a los musulmanes a "asesinar a los occidentales con lo que tuvieran al alcance de la mano: piedras, cuchillos, aplastándolos con un auto o tirándolos de lo alto de un edificio". En pocos días, varias decenas de aprendices de terrorista habían pasado a la acción en diversas capitales europeas.

Ayer, las imágenes de la masacre en el hotel Al-Qantawi de Túnez corrieron como reguero de pólvora en las redes sociales, provocando exactamente el efecto esperado.

"Esos ataques son locales, pero no menos preocupantes. Y cada uno de ellos puede actuar como disparador en otros individuos. La atmósfera en los círculos islamistas es realmente frenética por estos días", afirma Anne Giudicelli, presidenta del instituto francés Terrorisc.

Los servicios de inteligencia de Europa y Medio Oriente están en estado de alerta máxima desde hace varias semanas. Pero esas mismas fuentes afirman que lo más difícil en la lucha contra el terror global es, precisamente, la ausencia de coordinación central, "que lo convierte en impredecible, rudimentario, pero no menos espectacular".

Richard Barret, ex jefe del contraterrorismo en el MI6 británico, coincide: "No creo que exista algún tipo de coordinación. Pero la situación actual demuestra el desafío al que nos enfrentamos. Los ataques terroristas no están dirigidos por Estado Islámico, sino inspirados por él".

Aunque no se pueda precisar la responsabilidad de un grupo determinado, en cada caso hay individuos que "compran la doctrina articulada por grupos como EI", afirma Ajjan Gohel, director de seguridad internacional de la Fundación Asia-Pacífico.

A su juicio, el mundo debería prepararse para presenciar la multiplicación de este tipo de violencia: "Desgraciadamente, el terrorismo es algo que tendremos que aceptar en nuestras vidas cotidianas", afirma Gohel, también experto en ideología islamista en la London School of Economics. "El terrorismo se ha vuelto difuso. No es autónomo, no está necesariamente coordinado por un grupo en particular y puede ser realmente espontáneo", agrega.

En otras palabras, se terminaron los días de complots organizados por Al-Qaeda con células considerables que las autoridades podían desmembrar, arrestar a sus miembros y juzgar.

A esta situación se agrega un elemento aún más preocupante: la guerra que libran actualmente los dos grandes grupos islamistas, Al-Qaeda y Estado Islámico, por el monopolio de la jihad.

Lejos de ser una ventaja para Occidente, esa batalla interna sin cuartel tiene como principal consecuencia una carrera desenfrenada en la multiplicación y la escalada del horror. Según Giudicelli, así es, porque "quien la gane se quedará con los combatientes, el dinero y la gloria".

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