
"American Pie 2": segundas partes pueden ser aún peores
"American Pie 2" (Idem, EE.UU./2001). Dirección: J. B. Rogers. Con Jason Biggs, Shannon Elizabeth, Alyson Haningan, Chris Klein, Natasha Lyonne, Thomas Ian Nicholas, Tara Reid, Sean William Scott, Mena Suvari, Eddie Kaye Thomas, Chris Owen, Eugene Levy. Guión: Adam Herz, sobre un argumento de David H. Steinberg y Adam Herz. Fotografía: Mark Irwin. Música: David Lawrence. Edición: Larry Madaras y Stuart Pappé. Presentada por United International Pictures. Duración: 100 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: regular.
Si a algún espectador desprevenido se le ocurriera interpretar este film como un testimonio acerca de la crisis educativa y del nivel de desarrollo intelectual del estudiantado norteamericano, saldría del cine dando voces de alarma.
Pero, por fortuna, no hay aquí la menor intención documental, y en todo caso de lo único de que "American Pie 2" da testimonio es de la pobreza de ideas de sus responsables y de la módica dosis de ingenio que pusieron en juego para repetir una fórmula con la que habían obtenido hace un par de años muy buenos resultados comerciales.
Lo cierto es que para emprender esta secuela eligieron el camino menos recomendable: el de la imitación. Si todas las aventuras que en "American Pie" vivían los estudiantes del último año de secundaria giraban en torno de su debut sexual, las que ahora ocupan a los mismos personajes -ya en el inicio de su carrera universitaria- tienen que ver con su "segunda vez".
Los ingredientes -humor grueso y rudimentario, chistes fáciles y presuntamente osados ligados con el sexo, bromas pesadas- no han cambiado; las situaciones parecen calcadas; los remates, previsibles; cada personaje sigue preso de los rasgos con que se los dio a conocer y expuesto a padecer los mismísimos tropiezos (el pobre Eugene Levy, por ejemplo, ya no tiene cómo renovar la gracia de su papá canchero y aspirante a compinche de su hijo). Y no hay pizca de novedad.
Tampoco quedan demasiados rastros de frescura juvenil, único elemento -sumado a la simpatía de algunos de los actores- que alcanzaba a explicar el fenomenal éxito internacional del primer título. En cambio, se han añadido aquí esporádicos toquecitos sentimentales que poco contribuyen al resultado final. Finalmente, o no tanto, el cambio de director -J. B. Rogers por Paul Weltz- tampoco ayudó: el ritmo es ahora bastante cansino y el compromiso de la cámara con el lenguaje humorístico, mínimo.
El simpático Biggs
Da la impresión de que se ha querido descargar todo el peso de la comedia sobre los intérpretes, y en especial sobre Jason Biggs, el atribulado Jim que ahora, consciente de su pobre experiencia en el amor, anda buscando asesoramiento para afrontar un compromiso serio con la muchacha soñada. El actor, convengamos, tiene oficio, carisma y desenvoltura, pero todavía carece de la autoridad necesaria como para que su presencia alcance a disimular las flaquezas del enredo.
No vale la pena detenerse en él. Los chicos, que quizás estén un poco más crecidos de físico, pero conservan muchos de los rasgos de la llamada edad del pavo, llegan a sus primeras vacaciones como universitarios. Deciden pasar la temporada juntos en una casona junto a un lago, con el propósito de divertirse y con un único y exclusivo pensamiento en la cabeza: sexo. Y para facilitar las cosas organizan una fiesta que tiene que ser tan loca e inolvidable como la que vivió, ocho años atrás, el hermano de uno de ellos, hoy transformado en leyenda entre los estudiantes.
Para dotar de algún interés a esta enésima variación sobre picardías juveniles, el entusiasta elenco se esfuerza por dar a sus personajes algún rasgo humano y creíble: a veces lo consigue.
En fin, no hay mucho más, salvo los remanidos chistes en torno del aprendizaje de técnicas eróticas, la masturbación, el sexo telefónico, los videos porno, las urgencias físicas de toda especie y otros temas que se presume interesan, inquietan o hacer reír a los alumnos de secundaria.
Ese es, seguramente, el sector del público que la comedia espera conquistar. Aunque a juzgar por el ínfimo ingenio que se gastó en construirla parece que se trata de un caso de confianza excesiva.





