
Arturo Ripstein y los martinis de Luis Buñuel y Fritz Lang
De paso por Buenos Aires, el gran director mexicano habla sobre sus referentes, sus influencias y su particular estilo
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Es uno de los nombres más importantes de la historia del cine mexicano y referencia ineludible a la hora de hablar de cineastas latinoamericanos. Su gesto adusto y su mirada seria parecieran reafirmar el desencanto sobre el mundo, pero Arturo Ripstein es locuaz, simpático y un gran conversador: "Me gustaría que recordaran mis películas por su sentido del humor", dice en diálogo con LA NACION. Ripstein se encuentra en la Argentina invitado por la Fundación OSDE, en cuyo espacio brindó ayer una conferencia junto con su esposa y coguionista a lo largo de tres décadas, Alicia Paz Garciadiego.
En el universo de las referencias cinéfilas cuando alguien dice "parece una película de Ripstein", se está ante una imagen sórdida, decadente y marginal de la realidad tocada por el drama. Al director de películas ineludibles, como El castillo de la pureza, Mujer del puerto, Profundo carmesí y Las razones del corazón, le divierte la idea: "Nunca lo había escuchado pero está muy bien, probablemente tengan razón. Es muy notable ver que a 50 años de haber comenzado una carrera hay un reconocimiento a referencias estilísticas. Eso es fantástico".
Ripstein se inició a mediados de los 60 con Tiempo de morir, un singular western producido por su padre, Alfredo Ripstein (gran productor del cine mexicano desde la época de oro hasta El crimen del padre Amaro), y que fue escrito por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Pero desde El imperio de la fortuna, donde adaptó el cuento El gallo de oro de Juan Rulfo, la labor con Alicia Paz Garciadiego ha sido permanente.
–¿Cómo fue que comenzaron a trabajar conjuntamente?
Ripstein: –Nos hicimos amigos y era muy divertido escucharla hablar. Poco tiempo después hablé con Juan Rulfo, que era muy amigo mío, y le pedí una historia que muchos años atrás habían escrito para cine Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes [para una película homónima de Roberto Gavaldón]. El gallo de oro, de Rulfo, me pareció bien pero inconsistente porque era la mitad del relato. Entonces le dije: "Déjame hacer tu historia pero voy a hacerla toda entera". Un día le hablé por teléfono a Paz, le ofrecí escribir el guión, me dijo que no y la convencí con una serie de amenazas y súplicas.
Por momentos el diálogo a dúo recuerda a ciertas parejas del tipo de Cuando Harry conoció a Sally: uno completa las sentencias del otro sin necesidad de repreguntas y sin vacilaciones. Alicia Paz Garciadiego estudió Letras: "Si bien siempre fui muy cinéfila, no sabía que existían los guiones, como casi nadie; el 90% de la gente cree que los actores inventan la escena y los diálogos al estilo: «Angelina Jolie dijo»".
Mientras ella habla Ripstein asiente con la cabeza y completa: "Creen que los actores inventan los diálogos a medida que los dicen". Paz sonríe. Al consultársele sobre la falta de importancia contemporánea respecto del guión, ella considera que "últimamente se les da mucha importancia a los actores improvisados". Ripstein añade: "Al final de cuentas lo que haces es darle estructura a la realidad, es un problema geométrico. La narrativa supone conocer el final de las cosas".
Con sólo 18 años estuvo junto a Buñuel en El ángel exterminador, pero Ripstein desmitifica su encuentro con el realizador español. Paz interrumpe: "Pero conociste a uno que te importaba mucho y le tocaste el timbre". A Ripstein se le ilumina el rostro: "¡Ah sí, a Fritz Lang! Estaba en Estados Unidos montando una película a comienzos de los 70, tomé el directorio telefónico y dije: «Voy a buscar a Fritz Lang, a quien quiero tanto». Y estaba ahí. Lo llamé, le conté y me dijo: «Llame usted mañana». Entre tanto Lang llamó a Buñuel y le preguntó quién era. Soy el único director vivo que ha probado los martinis de Lang y de Buñuel".
–¿De dónde cree que viene el mito de que su cine se parece al de Buñuel?
–De Max Aub; él inventó que yo había sido su asistente de dirección, aunque llevaba a Buñuel a su casa en mi coche y tendría que haber dicho: "su chofer". Buñuel me tenía un cierto afecto, le conocí de cerca y creo que tenía afinidad porque él era muy sordo pero con mi tono de voz me escuchaba muy bien. Por eso y porque los hijos le salieron idiotas. Es terrible de pronto darte cuenta de que eres hijo del portento pero heredaste el talento de tu madre (risas).
–Es famoso su uso del plano-secuencia, pero ¿por qué otro elemento le gustaría que se recordara de su cine?
–El humor, todas las películas están llenas de humor desde hace muchísimos años. Cuando hicimos El castillo de la pureza estábamos convencidos de que hacíamos una comedia grotesca y de pataleo y todo el mundo habló de una película sórdida.
Garciadiego: -Lo que pasa es que están leídas desde el melodrama. Estoy convencida de que todas tienen sentido del humor y son vistas como unos dramas intensos. Yo escribí Profundo carmesí atacada de risa. La escena en la que matan a Marisa Paredes a golpes con la Virgen de la Inmaculada es muy chistosa.
Ripstein: -Le dan un inmaculatazo.





