
Te recomendamos una serie de largometrajes y sagas que supieron inquietar a su audiencia e hicieron foco en la eterna lucha entre el Bien y el Mal
Se entiende perfectamente si dice “no, no me gusta ver películas de terror”. Se entiende porque son dispositivos estéticos expresamente diseñados para que usted la pase mal un buen rato. Pero piense también que lo mismo son las montañas rusas, y a lo mejor se sube y todo. La ventaja de las películas de terror respecto de las montañas rusas consiste en que nos dan a pensar en otras cosas, en que, después de todo, la cola virtual de dos horas para recategorizarnos en el Monotributo no es tan espantosa cuando nos puede perseguir un loco con una motosierra, una horda de muertos vivos, un alien con boca llena de dientes, Satán mismo, un vampiro salvaje o una tierna nenita que sale de un pozo y nos mata de espanto. La primera tarea del terror es esa: darnos motivo para el grito catártico ante los espantos de la vida cotidiana. La segunda, hacernos meditar sobre algo que quizás no percibimos: que hay “otra” cosa más allá de esa vida cotidiana, la lucha eterna entre el Bien y el Mal. En última instancia, muy muy pero muy en el fondo, se trata de eso.

