
Destino final, una saga que cumple 25 años, entre sangre, tragedias y mucho humor negro
Cuál es el secreto que hizo perdurar esta historia, que básicamente siempre cuenta lo mismo
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En sus primeros cien años de vida, el cine -especialmente el de terror- había agotado todo villano y monstruo posible. Desde los muy humanos asesinos seriales con toda clase de preferencia hasta bestias gigantescas, pasando por vampiros, dioses truculentos, criaturas extraterrestres y hormigas gigantes. A esa altura de los acontecimientos, realmente ya no había mucho para hacer salvo traer a la mismísima muerte a que jugara su propio rol en una película. Bueno, sí, claro, ya había aparecido por lo menos jugando al ajedrez contra Max Von Sydow en El séptimo sello, el clásico de Ingmar Bergman. Pero quien haya visto la película recordará que era más bien una alegoría. En última instancia, el clásico medieval sueco era bastante gardeliano: contra el destino, nadie la talla. Parodiando el asunto, lo mismo hizo Woody Allen en el final de La última noche de Boris Gruschenko (cada tanto aparece en Prime Video: es lo más cómico que hizo el Woody pre-Annie Hall), en el que baila con la señora de la guadaña. El nuevo siglo, signado en parte por una pasmosa literalidad, era el momento justo para que este gran personaje secundario (e inevitable) protagonizara su propia saga, que acaba de cumplir 25 años: Destino Final" class="com-link break-word" data-mrf-recirculation="n_link_parrafo">Destino Final (todas en Max), que también es el chiste definitivo.
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