
La adaptación de Martin Scorsese de la novela de Nicos Katzantzakis provocó protestas globales a su estreno en 1988 y nunca se estrenó comercialmente en salas locales
Hay películas -pocas, un puñado- que funcionan como perfectos detectores de la estupidez censora. Son títulos que, una vez vistos y pensados un poco, generan en el espectador la pregunta de “¿Por qué la prohibieron?”. En la gran mayoría de los casos, lo que escandaliza suele ser una nimiedad. La idea de la censura se basa en algo que, a falta de un término mejor, podemos denominar “pensamiento mágico”: una obra de arte puede cambiar las ideas o la voluntad de una persona de modo radical. No vamos a citar aquí los miles de trabajos científicos e interdisciplinarios que niegan, por ejemplo, la relación entre el porno y los abusos sexuales, o la ausencia de causalidad entre el cine de acción y los videojuegos y el comportamiento violento. Sí vamos a tomar el ejemplo de ejemplos de los films condenados -no malditos, eso es otra categoría-: La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, que, a casi 36 años de su estreno, aún no pudo estrenarse comercialmente en salas en la Argentina. Ni lo hará en el futuro.

