
Calificada como “condicionada” en la Argentina por sus imágenes explícitas, el clásico de Nagisa Ōshima –quien debió enfrentarse hasta a la Aduana japonesa para que pudiera verse en su país– recién pudo estrenarse en las salas comerciales en 2021
Entre las películas más prohibidas de la historia del cine, ocupa un lugar especial un film japonés que representó un hito estético y, para muchos especialistas y espectadores, una obra maestra. Por fuera de la pornografía, la historia de represiones y censuras del siglo XX provocó que el sexo fuera un tema recurrente en la iconografía cinematográfica pero no, en sí mismo, un tema. Las películas que lo abordaron de manera franca y problemática pueden contarse con los dedos de una mano. No necesariamente son obras que buscan la excitación hormonal del espectador, aunque la inquietud física aparece por la necesidad de comprender a sus criaturas. Eso fue lo que entendió el maestro japonés Nagisa Oshima, uno de esos realizadores inclasificables que hizo siempre un poco lo que quiso, incluso cuando el sistema de su país no se lo permitía. Perteneciente a la Nueva Ola japonesa, aquel cine muy influido por la Nouvelle Vague, el neorrealismo y todos los movimientos modernos, siempre fue un personaje incómodo para la cultura de las imágenes japonesa. Sus películas narraban de manera cruel, iconoclasta y en ocasiones satírica, la descomposición del pensamiento feudal que dominó su país hasta finales del siglo XIX. En sí, la disolución de una forma de esa sociedad, el tránsito de un estricto patriarcado al paternalismo. Eso explotó de manera muy visible en sus filmes más conocidos: El imperio de las pasiones, Furyo y Max, mon amour, realizados cuando ya se había consagrado internacionalmente. Pero la verdadera bomba fue la película que precedió a todas ellas: El imperio de los sentidos, de 1976, aún hoy un perfecto generador de escándalos (está disponible en Mubi).
