
Los tormentos de Samy
La historia de un hombre común entre presiones y mujeres
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Un hombre y unas cuantas mujeres que influyen en su vida por distintas cuestiones dan pie a la trama de "Samy y yo", película escrita y dirigida por Eduardo Milewicz que se estrenará el jueves. Ricardo Darín personifica al caballero del título: un guionista judío, bastante neurótico y tironeado por presiones varias. Ellas, las que rodean a Samy, son Angie Cepeda (una joven que sacudirá su existencia); la madre, la hermana y la novia del autor televisivo (Henny Trayles, Alejandra Darín y Alejandra Flechner, respectivamente); su jefa (Rita Cortese), y un par de amigas snobs (Cristina Banegas y Carolina Peleritti).
La crisis de los cuarenta
Samy se gana la vida escribiendo los libretos de un programa de humor de moderado éxito en la televisión. En plena crisis de los 40 se plantea cumplir con el viejo y postergado sueño de escribir una novela. Pero sus planes literarios se topan con la audacia de Mary (Cepeda), que vislumbra un futuro más brillante para el desvalorizado Samy. Desde luego, todo intento por oponerse a los designios de ella será vano. No es oportuno avanzar en más detalles sobre lo que sucede de ahí en adelante: la comedia romántica está en marcha.
"Cuando Mary conoce a Samy se le ilumina la mente. Le parece que juntos pueden hacer cosas muy buenas porque es un tipo talentoso, que en ese programa televisivo está absolutamente desaprovechado. Y se propone convertirlo en una figura, no para salvarle la vida, sino porque en Samy ve la oportunidad que ella está buscando para mejorar su propia vida. Claro que después empieza a conocer a Samy y las cosas cambian", dice Angie Cepeda, la actriz colombiana que en nuestro país se hizo conocida a través de telenovelas ("Pobre diabla", "Las Juanas"), del film "Pantaleón y las visitadoras", y por su noviazgo con el cantante Diego Torres.
El Samy de Darín vive y sufre en Buenos Aires. Fóbico, paranoico, introvertido... Es "un tipito que está en permanente guerra consigo mismo", como bien lo define el actor. "Es patético, y causa gracia a pesar de sí mismo -agrega Darín-. Un muchacho como tantos otros que andan dando vueltas por ahí, víctima de sus propios problemas, sus temores, su educación y su cultura, de las presiones que soporta de un lado y del otro. Y que no sabe muy bien qué hacer con su vida, a pesar de que tiene sueños".
-Más allá de que el protagonista sea judío, la película remite al cine de Woody Allen.
-Eso es innegable, pero hay una serie de condicionamientos. Y seguramente tiene que ver con todo lo que hemos mamado: si hay un país en el mundo donde se venera a Woody Allen, es la Argentina. Con Eduardo (Milewicz) nos planteamos mil veces "querramos o no, esto se va a pegar con la forma de ser de Allen o de sus personajes". Pero llega un momento en que cuanto más querés separarte de todo eso, peor es. Hay cosas de las que no podés escapar. Nuestra intención no fue copiar, pero las referencias inevitablemente afloran. De todos modos, si algo de Woody Allen aparece en el personaje de Samy, más allá de resultarme una suerte de halago, humildemente pretendo que se tome como un homenaje más que como un plagio... Y espero no recibir una demanda de la oficina de Allen (ríe), diciendo "hay un sudaca que me está tratando de mover el piso".
-Sin que esto signifique copiarlo: ¿mientras componías a Samy, en el fondo no te sentías un poco Woody Allen?
-La verdad es que nunca lo sentí. Viendo la película, puedo reconocer alguna cosa y decir "bueno, se puede parecer un poco en algunos puntos, en otros no". A Samy lo veo más taciturno, un poco más oscuro que Woody Allen, que mantiene toda esa inhibición mucho más arriba. Y cuando Allen acelera a fondo, realmente es mucho más muñequito. Puedo recordar miles de escenas suyas en ese sentido. Si cualquiera de nosotros intentara montarse en esa forma tan suya, sería un estúpido. Y lo que él hace en esas escenas, no es de estúpido. Por eso digo que se puede arrimar en algo. Pero creo que más que nada es por todo lo que como espectadores tenemos de Allen dentro nuestro. Y si se me escapó alguna pluma woodyallenesca (sonríe), pido disculpas... Bromas al margen, éste es un personaje porteño, un tipo más oscuro.
Eduardo Milewicz dice que "Samy y yo" refleja, además, sus gustos en materia de cine: "Para mí Woody Allen, que en algún punto es como un tío cercano, tiene que ver con una saga de "parientes" que me encantan, que son los centroeuropeos que tuvieron que irse a Estados Unidos: Ernst Lubitsch, Billy Wilder. Pero al ser Allen una preferencia y un ícono tan próximo, uno no puede ir nunca por ese lado, no se puede parecer".
-Además, ya está Woody Allen, ¿no?
-Claro. Y por otra parte, siento que Samy es muy de acá: vive en Buenos Aires, uno se lo cruza en la calle, sabe cómo sufre, cómo se levanta a la mañana o pide el café. En este caso, no hay ninguna imagen de Allen, de Wilder ni de Lubitsch. Pero sí un espíritu que recorre esa posibilidad de hacer una comedia, de construir el drama y después cambiarle la velocidad. Eso era un poco lo que hacía Lubitsch. Tengo la sensación de que "Samy y yo" puede ser muy divertida y desopilante, pero los personajes no están buscando que te rías. Samy padece de punta a punta de la historia. Y al final de la película, cambia el ritmo, que enrarece la comedia y va hacia otro lado. Hay un límite puntual, ahí ya no se puede hacer más comedia, es otra cosa. Esto tiene que ver con el recorrido que hace el personaje de Samy. Por eso digo que ésta es una comedia romántica, pero no al estilo Hollywood.



