Sólo tres personajes y poca acción

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27 de junio de 2002  

"Noche en la terraza" (Argentina/2001). Guión, edición, música y dirección: Jorge Zima. Con Soledad Alloni, Diego Freigedo y Gabriel Fernández. Fotografía: Teddy Kearney. Dirección de arte: Miguel Sumaría. Producción de El Salto presentada por Good Movies. Duración: 90 minutos.

Nuestra opinión: mala.

Para sostener una película con apenas tres personajes y una acción mínima que transcurre íntegramente dentro de un departamento se requiere un enorme talento narrativo, actores con la versatilidad y ductilidad suficientes como para transmitir en toda su dimensión los diversos sentimientos que experimentan sus criaturas entre esas cuatro paredes y una capacidad muy especial para la escritura de diálogos. Poco o nada de eso hay en "Noche en la terraza", debut en el largometraje de Jorge Zima.

Hay ejemplos recientes de la construcción de un fascinante universo cerrado con pocos personajes que conviven en un mismo ámbito tanto en el cine europeo ("Gotas que caen sobre rocas calientes", versión de una obra teatral de Rainer Werner Fassbinder dirigida por el francés François Ozon), como en el independiente norteamericano ("Tape", de Richard Linklater) o en el argentino (la notable "Bolivia", de Adrián Caetano), pero cuando esa búsqueda no encuentra -como en el caso de esta película- el tono dramático adecuado, una cierta riqueza psicológica, una credibilidad en las actuaciones o un mínimo sustento visual se corre el riesgo de llegar muy cerca del abismo artístico. Llena de estereotipos, lugares comunes, situaciones inverosímiles y exageraciones de todo tipo, "Noche en la terraza" parece más cerca de un experimento estudiantil que de un film verdaderamente profesional. Tampoco en términos formales la película alcanza un estándar atendible, ya que abunda en imágenes fuera de foco, seguramente producto de problemas en la ampliación del video digital a 35 milímetros. El film describe un triángulo amoroso cuyo vértice principal es Paula (Soledad Alloni), una atractiva traductora que vive en un PH junto con su marido Federico (Diego Freigedo), un yuppie tan ambicioso en lo profesional como primitivo en lo afectivo que sueña con triunfar en el mundillo de la publicidad. Mientras el matrimonio intenta sobrellevar ciertos desencuentros sexuales y sensibilidades casi opuestas, aparece en la vida de ella Lucas (Gabriel Fernández), un enigmático vecino que se presenta primero a través de poéticas (y pomposas) grabaciones que deja en el estudio de Paula, para luego pasar directamente a la acción y convertirse en su fogoso amante.

Si esta somera descripción puede resultarle bastante obvia y hasta vulgar al lector, lo que sigue en el film es todavía más desalentador: se trata de un melodrama con una supuestamente inquietante resolución en la que el marido engañado intenta concretar un ajuste de cuentas contra los dos tortolitos.

La mirada de Zima respecto de la infidelidad, del amor pasional, de las crisis de pareja y de las miserias y contradicciones de la sociedad de consumo, así como sus búsquedas de lirismo y erotismo, no alcanzan jamás un mínimo de espesor dramático o de interés. En ese contexto, con diálogos tan banales y conflictos tan intrascendentes, es muy poco lo que el trío protagónico puede hacer para salvar sus actuaciones.

El rodaje de una historia como ésta en una única locación (en este caso, el departamento del propio director) puede resultar una buena manera de concretar un cine independiente de escasos recursos económicos. El problema surge cuando esa escasez de recursos se traslada también al terreno artístico.

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