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Varias veces hemos dicho en estas páginas que los años 80 se han transformado en la nueva Edad Dorada a la que referirnos. Quizás porque es la década en la que la cultura pop cristalizó como un objeto de consumo masivo (dejemos de lado que tal “cultura” se empezó a forjar en la Academia en tiempos de Umberto Eco), o porque los objetos culturales que nacieron entonces marcaron toda nuestra experiencia. O porque no hay cosas nuevas porque, irónicamente, los 80 inventaron el reciclaje pop y la mezcla de formas como género, y de allí en adelante vivimos en un estado de combinatoria continua. El autor de esta nota se queda con esta última hipótesis; el lector puede pensar las propias.




