
Favorita absoluta en 1993, descalificada luego, la película protagonizada por José Sacristán, Cecilia Roth, Federico Luppi y Leonor Benedetto continúa demostrando sus muchas virtudes cinematográficas
Al volver a ver hoy Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain, a treinta y un años de su estreno y a treinta años de que no pudiera ganar el Oscar, notamos fácilmente que sus numerosas virtudes, porfiadas, no hicieron más que acrecentarse. Western en San Luis, relato cobijado bajo el cielo cinematográfico de John Ford, en especial de ¡Qué verde era mi valle!, con conversaciones escritas en la mejor tradición de Howard Hawks y Raoul Walsh y la disposición de algunos personajes de Shane de George Stevens, Un lugar en el mundo es una de esas películas hechas para perdurar, pero no por vana intención sino por convicción, por trabajo, por amor al cine, por haber podido desplegar un relato apasionante en el que los acentos emocionales no están construidos como tales sino como corrientes subterráneas, pudorosas, de esas que se vuelven poderosas y se vuelven llanto en nosotros, espectadores agradecidos ante estos personajes inolvidables, ante estos paneos que describen lugares mientras ellos siempre están en una acción en curso. Una película amante del clasicismo, convencida de que el camino más recomendable para narrar con potencia y compromiso es el que enseñó la constelación de maestros activos en Hollywood desde los años treinta a los cincuenta del siglo XX.
