
Concierto de piano de Nicolas Hodges / Programa: Sonatas y nocturnos de Salvatore Sciarrino y sonatas de Domenico Scarlatti / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: muy bueno
La música contemporánea está iluminada por encuentros afortunados entre compositores e intérpretes, dedicación de por medio. Así lo demuestran los casos de Billone con Yaron Deutsch, Luciano Berio con Cathy Berberian, o Iannis Xenakis con Sylvio Gualda. El encuentro entre el compositor italiano Salvatore Sciarrino y el pianista inglés Nicolas Hodges, sin duda puede encontrarse entre los ejemplos, en un vínculo que goza de total vitalidad, como pudo comprobarse en el concierto que dio el intérprete en el Teatro Colón, con un programa que intercaló obras de Sciarrino y del compositor barroco Domenico Scarlatti, dos coterráneos que no se desconocen.
Sin ningún tipo de sortilegio más allá de lo que el intérprete pueda sacar del teclado, las sonatas de Sciarrino transformaron al piano en un dispositivo que se aleja (por medio de la exploración de los extremos de registro, dinámica y velocidad) de cualquier sonido identificatorio del piano clásico. A esto se suma el poco ortodoxo y justificadamente laborioso uso del pedal, que hace "respirar" a la caja del piano como un pecho animal que expande sus costillas, ampliando con una bocanada de aire los sonidos o cortándolos tajantemente. Hodges responde con una impecable técnica, sumado a un profundo conocimiento del repertorio, que deja translucir la intención del compositor, en la que las notas se fusionan entre sí, dando lugar a complejos orgánicos que permiten un acercamiento minucioso a las figuras de las obras, sorprendiendo con la cercanía auditiva entre un cluster y un corto pasaje de tresillos de una ligereza admirable.
La interpretación de las sonatas III y IV de Sciarrino han constituido un verdadero tour de force. Hodges, pertrechado con un par de mitones, logró una ejecución tan minuciosa como poderosa. La calidad percusiva de las piezas, sumada a la exigencia de los pasajes rápidos, significó una verdadera demanda de energía física y una sensibilidad singular.
Hodges cerró la noche con Due notturni crudelli (2001) dedicadas a él mismo. Lejos de la concepción tradicional de nocturno, estas piezas proponen una impresión agitada, donde los gestos se repiten con pequeñas variaciones, intercalados con clusters de sonido metálico, empujando hacia el extremo las posibilidades dinámicas. Una vez más, Hodges dio una magistral muestra de capacidad técnica, y junto con esto patentizó también la fascinante competencia de Sciarrino para crear obras para piano.
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