
Elvis Presley, taxista
La novela de un chofer muy rockero
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SEATTLE (The New York Times).- El curioso caso del Taxi Elvis comenzó poco después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001. Luego de personificar a Elvis en Holloween, por unos días, el taxista David Groth, de Seattle, descubrió que su disfraz, un traje adornado con piedras, patillas de piel de cordero oscurecidas, pestañas negras y grandes anteojos oscuros, era tremendamente popular entre los pasajeros.
"Era evidente la alegría que producía en la gente", afirma Groth, que se autodenomina Taxi Elvis y trabaja para la empresa Red Top, de 6 de la mañana a las 6 de la tarde.
Después de lo de las Torres Gemelas, Groth notó que los pasajeros estaban deprimidos y tristes, pues la vida parecía súbitamente insegura y corta; por eso decidió adoptar su estilo Elvis todos los días, para levantarles el estado de ánimo. "Si uno sabe que puede hacer sonreír a la gente y brindarle una cuota de distracción, debe hacerlo, en especial si intuye que a lo mejor mañana es demasiado tarde", explica.
Liberen a Groth
Pero el taxista fue detenido. Lo paró un inspector y, viendo que tenía puesto el traje rojo con la capa haciendo juego, lo acusó de violar el código de vestimenta de los taxistas de Seattle y lo multó con 60 dólares; 30 por lo inadecuado de los pantalones y 30 por lo impropio de la camisa. Como se estipula en el juicio iniciado por el chofer contra la ciudad, Groth fue acusado por personificar a Elvis mientras manejaba el taxi.
Hasta hace poco, el juicio que entabló Groth, de 37 años, sonaba más a campaña publicitaria que a otra cosa; pero la iniciativa trajo más consecuencias.
El efecto promocional fue rotundo. Groth se convirtió en una especie de héroe local y la mayoría de los vehículos que transitaban por las calles, no sólo taxis, llevaban carteles en los paragolpes con la frase Liberen a Elvis.
Pero hace unos días, la cosa pasó a mayores, ya que un concejal, llamado Richard Conlin, simpatizó con la causa y propuso que se autorice por ley a los taxistas a ponerse "cualquier ropa rápida y claramente identificable con figuras famosas, reales o ficticias, mientras no usen sandalias, máscaras que le cubran el rostro, ropa escasa, o simulen ser policías o bomberos".
El caso Groth, también envalentonó a sus compañeros, los otros taxistas, que opinan que el código de Seattle es demasiado estricto y opresivo, pues los obliga desde 1977 a usar camisas blancas de cuello duro y pantalón negro.
Tal vez no quieran disfrazarse de Elvis ni de Papa Noel, aunque algunas de los 643 unidades locales suelen ponerse bonetes rojos en diciembre; pero sí, al menos, poder llevar, de vez en cuando, un par de jeans.
Groth, que accedió a abandonar el juicio si se promulga la ley, modificó su equipo, pero todavía sigue pareciéndose a Elvis. Después de recibir la multa, comenzó a usar la reglamentaria camisa blanca con cuello duro bajo su saco negro a lo Elvis y su pantalón al tono, pero ambos cubiertos con piedras; el traje blanco y el rojo con capa por ahora están fuera de circulación.
Deb Duggan, taxista de Yellow Cab, está en contra del código. "Creemos que las ordenanzas van demasiado lejos y que no tienen nada que ver con el profesionalismo", opina Duggan. Para los choferes, las restricciones por la vestimenta son inapropiadas porque ellos, si bien obtienen su licencia profesional por las autoridades oficiales, no son empleados de la ciudad.
En cambio, Craig Leisy, director de la Asociación en Defensa del Consumidor, está en desacuerdo con esta visión y asegura que hay que mantener las reglas vigentes, ya que el propósito del código también alcanza al profesionalismo de los conductores.
"Antes, el gremio de los taxistas daba mucho que desear y había muchas quejas del servicio en diversos aspectos. Todo mejoró con estas regulaciones", recuerda.
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