Memorias de Pedro Asquini
Por suerte, Pedro Asquini resolvió escribir sus memorias y el Instituto Nacional del Teatro, en sociedad con la Universidad Nacional del Litoral, publicarlas. Se titulan "El teatro, ¡qué pasión!" y abarcan 227 páginas de testimonio de uno de los principales artífices del teatro independiente en Buenos Aires, a partir de su ingreso en La Máscara, hacia 1940, cuando la agrupación era guiada por Alvaro Yunque y Ricardo Passano.
En quienes somos hoy algo -bastante- más que maduros, el libro suscita recuerdos entrañables. Aquella "Antígona" de Sófocles, todavía en La Máscara, con Alejandra Boero de protagonista, dirigida por Adolfo Celi (años después convertido en el perverso Goldfinger, enfrentado con el James Bond de Sean Connery); y ya en Nuevo Teatro, aquel "Androcles y el león", de Shaw, con escenografía y vestuario de Oski, nada menos (un prodigio multicolor de gracia e ingenio); aquella "Medea" -una vez más, con Boero-, inconcebible en una sala "off" actual, con un despliegue de espacio y de talento que le valieron casi veinte mil espectadores en la ciudad de 1953. Y los 120.000 que diez años después cosecharía "Raíces", de Wesker (Boero, de nuevo, en una labor antológica).
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Escrita, curiosamente, en tercera persona -como buscando una distancia que la pasión del autor elude siempre-, la autobiografía de Asquini subraya el esfuerzo casi sobrehumano que debió hacer, con su elenco, en tiempos difíciles (el teatro no conoce otros) para sobrevivir en el cumplimiento de una vocación imperiosa, insoslayable. Como la cigarra famosa de María Elena Walsh, él ha muerto varias veces y ha renacido otras tantas, sin traicionar sus ideales. Vinculados éstos a una ideología que, aunque respetable, supo también convertirlo a veces en víctima de principios un tanto arbitrarios. Como la hoy inconcebible y casi cómica disputa en torno del uso de la malla negra (páginas 132 y 133), rechazada por Asquini como elemento burgués y estetizante y que, al ser reivindicada por Carlos Gandolfo, le valió a éste la expulsión de Nuevo Teatro.
Gandolfo, Alterio, Pinti, entre otros muchos, se formaron allí, sobre todo en la salita de Maipú 28, donde el responsable de esta columna se deslumbró en su primera juventud con versiones inolvidables de "Crimen y castigo", sobre la novela de Dostoievski, y "El alquimista", de Ben Jonson. Incontables querellas con la censura oficial y sus ineptos titulares, a lo largo de muchos años, son recreadas por Asquini con humor irónico en páginas divertidas, pero que exhalan también un relente de tristeza: ¿cómo pudo la sociedad tolerar ese flagelo, esa rémora, durante tanto tiempo? Pocos críticos auspiciaron en su momento el teatro independiente. Asquini nombra tan sólo dos: Adolfo Mitre, de este diario, y Arturo Romay en "El Hogar".
Además de mínimos errores en la mención de algunos nombres propios (por ejemplo, era Catalina Wulf y no Wolf), debe destacarse una sola equivocación importante, capaz de confundir a lectores poco avisados. En 1969, dice Asquini, recibió un llamado de Ricardo Freixá -memorable secretario de Cultura municipal- para colaborar en los festejos de "los doscientos años de la fundación de la ciudad de Buenos Aires", que se celebrarían "en el mes de febrero siguiente". Ocurre que Buenos Aires fue fundada por primera vez entre el 2 y el 3 de febrero de 1536, y la segunda el 11 de junio de 1580. Si el llamado de Freixá hubiera sido en 1979, la celebración coincidiría con ese último año, y se se trataría de cuatro siglos, y no de dos. Pero si se habla de febrero, no se entiende nada. Conviene recordarlo, para futuras ediciones.







