
Miriam Khalil, versátil y formidable
Ayre y Azul, de Osvaldo Golijov / Directora de orquesta: Annunziata Tomaro / Intérpretes: Miriam Khalil (soprano), Eduardo Vasallo (violonchelo), Michel Ward Bergma (hiperacordeón) / Función: el sábado, en el C. C. K. / Nuestra opinión: muy buena
Ayre y Azul, dos estrenos que se hicieron esperar en la Argentina, fueron magistralmente realizados bajo la batuta de Annunziata Tomaro, guiada por la colaboración del mismo Osvaldo Golijov. Durante el concierto, el compositor tuvo la invaluable amabilidad de comentar sus motivaciones musicales y biográficas para la composición de cada obra. Su gentileza, sin necesidad de palabras esdrújulas ni presuntuosas, dispuso al oyente a explorar su Ayre con cierta curiosidad de cómo es posible amalgamar musicalmente un viaje biográfico desde España hasta Jerusalén (no sin pasar por la Argentina). El hilo conductor del ciclo de canciones lo tejió la soprano líbano-canadiense Miriam Khalil, con enorme versatilidad en la voz y formidable presencia escénica: su capacidad maravilló desde la más dulce canción y lírica de cuna hasta la crudeza de un áspero grito de guerra. Su dicción permitió también referir los distintos idiomas que incluye la obra, que va desde una canción de cuna sefaradí o un himno árabe hasta una canción de Santaolalla en un castellano exquisito. El trabajo del ensamble fue de un excepcional cuidado, que permitió fluidez y coherencia entre los caracteres contrastantes de las piezas. Fue notorio el trabajo de Landaburu en el clarinete, para expresar con claridad las inflexiones de la música sefaradí.
En Azul, el violonchelista Eduardo Vasallo exploró con meticulosidad una obra con gran impronta barroca (por su forma, por sus citas) que ya conoce íntegramente. De largas e inagotables melodías, acompañadas por murmullos de armónicos y cuerdas tapadas o tutti de sonoridades monumentales, pasó con idéntica musicalidad a pequeños gestos contemporáneos sin ánimos vanguardistas. Un cautivador tercer movimiento, que interviene como una cadenza prematura en la obra, puso en eje la capacidad de los solistas: el violonchelo, los percusionistas y el singular hiperacordeón de Michael Ward-Bergeman. Entre ellos, con las sutilezas de un ensamble que se escucha atentamente ante una improvisación, elaboraron un movimiento que mostró con claridad en la línea de violonchelo la huella barroca, a través de sus insistentes acordes que evocan las exquisitas suites de Bach. El oído del público esculcaba con interés la voz del hiperacordeón, que lanzaba efectos mediados por una pedalera. A veces con sonidos que invocaban un tango, otras sonidos que sugerían notas pedal de un monstruoso órgano, Bergeman acompañó ambas obras con rigurosidad y se destacó en sus momentos solistas.
En una noche colmada de música que abreva en distintas culturas, incluso en eterna tensión, Golijov puso en eje la supervivencia de la melodía. Y Tomaro, junto a los solistas y la orquesta hicieron justicia a semejante propuesta estética.
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