
Tanto si abrazaron la tradición después de una carrera célebre por la innovación, como si por el contrario se mantuvieron fieles a sus estilos, las últimas obras de grandes creadores de la historia de la música académica dicen mucho acerca de los dilemas del artista
Algunas semanas atrás, fuimos al encuentro de aquellos compositores que, contra cualquier lógica o razonabilidad, iniciaban sus carreras creativas en edades tempranísimas, cuando, se supone, ningún chiquito o adolescente puede planificar estrategias para elaborar discursos musicales coherentes e, incluso, eventualmente originales. La propuesta para esta ocasión, y no será la única, será la de observar qué tipo de obras escribieron esos músicos que dedicaron sus vidas a la composición en sus tramos finales. Con esta premisa, queda claro que la cantidad de compositores a analizar es infinita. Todos podrían estar incluidos. Pero aun reduciéndola a aquellos a quienes la posteridad les ha sido favorable y beneficiosa, la cifra sería inabarcable. Por lo tanto, este artículo será pequeño, de democracia reducida y pecará de una irremediable parcialidad. Por lo demás, los finales de camino de los compositores pudieron sobrevenir en distintas edades. Mucho antes de que la farmacología, la biotecnología, las vacunas y las ciencias médicas prolongaran la vida humana a cifras que hace pocos o muchos cientos de años eran inalcanzables, los compositores podían ser sorprendidos por la muerte en edades definitivamente crueles e injustas. Otros, más afortunados, con muchas décadas a cuestas todavía seguían en la brecha.

