
Fito Páez: de las once costillas rotas y el fin de diez años de amor a sus inicios en Rosario, cómo es su documental
Netflix estrena este miércoles tres La vida cabe en una canción, repaso de la vida, la obra y el día a día del músico

Hace más de veinte años que Matías Gueilburt observa a Fito Páez desde la mirada privilegiada de un amigo. Hace poco tiempo que también lo acompaña como el director de su documental biográfico. Recién estrenada en Netflix, la película Fito Páez: El mundo cabe en una canción retrata a la persona detrás de uno de los músicos más consagrados de Iberoamérica.
La historia comienza en un presente signado por la grabación del álbum Novela en los estudios Abbey Road de Londres, siguiéndolo por las ciudades que recorrió celebrando los aniversarios de aquellos discos que marcaron su carrera: Del 63, Circo Beat y El amor después del amor. Es a través de sus canciones que nos acerca a su pasado: su infancia, los inicios de su carrera y las pérdidas que atravesaron su vida. Lejos de erigir un pedestal, entre contradicciones, crisis y obsesiones, este documental busca revelar el enorme esfuerzo detrás de tanto talento y la fortaleza de quien se levanta después de caer.
–¿Cómo nació el impulso de hacer este documental?
–El origen arrancó hace 4 o 5 años. Me acuerdo que estábamos con Carlitos Vandera [amigo y músico de Fito] almorzando en la casa de Rodolfo y ahí me dijo que era el momento de que haga el documental sobre su vida. Como siempre, me empezó a decir: “Sólo vos podés hacerlo, después de tantos años de amistad, bla bla bla”, y obviamente le dije que sí. El proyecto con Netflix habrá empezado hace unos 3 años. Les conté que tenía una llegada muy cercana y les gustó el enfoque que les estaba planteando.
–¿Ya habías trabajado con Fito antes?
–Ya había hecho muchas cosas con él: hice videoclips, lo había filmado muchas veces y esas grabaciones no habían encontrado sus rumbos, pero sabía que en algún momento iban a encontrar su lugar. Cuando trabajamos juntos en la película ¿De quién es el portaligas? (2007) empecé a pensar: “¿Qué me interesaría contar, desde mi punto de vista, sobre él?”. Sobre todo, quería que sea muy honesto. Poder tener libertad, sin condicionamientos y retratarlo desde muchas aristas. En ningún momento surgió la idea del homenaje. Eso fue lo primero que yo quería descartar. Le conté un poco por dónde iba: el amigo, el padre, el artista.
–¿Cómo se construye ese vínculo entre el documentalista y el artista retratado, cuando está atravesado por la amistad?
–Yo me lo tomé realmente muy en serio, era muy importante sentir que lo estaba contando realmente a él: con sus virtudes, con sus defectos, con sus obsesiones, con sus miedos. O sea, como una persona. Sinceramente fue ir observándolo durante estos 26 años y encontrar esos puntos que a mí me parecía que no podían dejar de estar en la película.
–En la primera escena, Fito dice: “Lo que me embola de los documentales es que les falta malicia”. Efectivamente no se ocultan sus complejidades, lo vemos enojado, triste, solitario. ¿Hubo una búsqueda de no glorificarlo?
–En realidad, eso es espectacular porque esa fue una conversación en un baño y cuando él me dijo eso, pensé: “Este es el comienzo de la película”. Es casi como una especie de disclaimer. Y sí, de alguna forma iba viendo un montón de cosas que iban sucediendo, que son una forma de humanizarlo. La gente ve a este tipo que sale al escenario, que brilla, que toca el piano, que florece y que tiene un romance... Pero detrás de todo eso hay un hombre, hay un padre y obviamente, como cualquiera de nosotros, llora, tiene tristeza, tiene problemas. Era importante mostrar todas esas facetas, como la exigencia que tiene en los ensayos. Porque él tiene un don y ese don se trabaja con muchísimo esfuerzo. Lo que corrige, esos pequeños detalles, los músicos que están alrededor de él automáticamente lo incorporan, porque también tienen que estar a su nivel. No es el talento solamente, es el talento más el sacrificio. Era importante que eso esté, me pareció que tenía valor histórico verlo a él como director de orquesta a sus 60 y pico años de edad. Creo que la película habla del paso del tiempo.

–No se busca narrar la historia de una generación, se cuenta la historia de Fito Páez, una vida muy particular. ¿Cómo se puede identificar el público con su historia?
–Yo nunca pienso en eso, no puedo ponerme los pantalones de la gente, no tengo esa capacidad. Yo puedo entender lo que me pasa a mí, lo que le pasa a mis hijos, que no son de la generación de Fito; a mis amigos que fueron viendo la película, a la gente de Netflix. Hice la película con la mayor de las honestidades y el mayor de los amores para retratar a un artista, creo, de los más grandes de Iberoamérica en nuestra época. En fin, creo que hay muchas miradas del mundo en la película, que son cosas que él piensa y que fuimos transitando juntos en estas conversaciones. Ojalá que la gente la pueda disfrutar, que encuentre en esto una mirada diferente también sobre un artista como Fito, un tipo con una gran honestidad, como creo que tiene la película también. Porque es el soundtrack de muchas generaciones.

–Las canciones son fundamentales para contar su historia. ¿Es lo primero que elegiste para empezar a armar el guion?
–Medio que se fue armando. Por eso la película también se llama El mundo cabe en una canción, porque Fito puede canalizar en canciones todos los hechos que se van articulando a lo largo de la película. Tiene ese poder de sintetizar su mundo en tres minutos. Su obra es consecuencia de la vida que él va viviendo. Un momento que a mí me gusta mucho es cuando fallece el padre. Él toca “Parte del aire” y cuenta esa historia, que ni yo la conocía. Esa canción la compuso pensando en el encuentro de su papá y su mamá ahí arriba.
–La película oscila entre el pasado de su infancia, sus primeros años de carrera y el presente. ¿Por qué conectar sus inicios con el momento actual?
–En realidad, toda la película está construida desde el presente. Todo comenzó cuando él me dijo que quería grabar el disco Novela, que era un proyecto que tuvo durante 36 años y que lo iba a grabar en Abbey Road. Ahí decidí que ese era el comienzo de esta historia. Se iba a sacar de encima algo que llevó durante 36 años. Iba a cerrar un ciclo. Cuando empezó a suceder eso, me empecé a dar cuenta que no quería hacer una biografía. Sí me gustaba la idea de que él, desde ese lugar, empezara a transitar su pasado, una especie de gran flashback de diferentes momentos mientras iba construyendo todo este presente. Después de que se publicara el álbum, nos fuimos a un bar y le pregunté: “¿Qué más necesitás en este presente?“. Me respondió: “Ser amado como un niño”. Ahí dije: “Ya está, este es el final”. Todo el tiempo la narración me iba llevando a ese niño que tenía que cerrar una historia con la muerte de su madre.

–¿Cómo fue trabajar con su archivo personal?
–Me pareció muy hermoso. Me abrió su casa, fuimos mientras él no estaba a fotografiar y escanear todos esos materiales de su infancia. La perla fue encontrar la grabación de cuando él tocó en la Escuela Dante Alighieri de Rosario con 14 años. Me volví loco, porque un amigo me decía que tenía que haber material fílmico, que alguien tenía que haber grabado uno de esos actos. La familia Páez no, porque no tenían cámara. Entonces, fue una búsqueda de gente perdida en el tiempo: compañeritos del colegio, vecinos, hasta que encontramos a la familia del guitarrista, que habían filmado a su hijo, pero el que tocaba el piano era Fito. Ese material es hermoso, está él con la misma expresión, la misma cara, todo, tocando a los 14 años.

–En 2024, mientras estaban en plena etapa de filmación, ocurrió su grave caída e internación. ¿Cómo fue retratar un momento tan trágico?
–Había ido a España a acompañarlo en la celebración de sus diez años con Eugenia [Kolodziej]. Cuando volví a Buenos Aires, a los pocos días me llamó Euge para contarme. Así que volví a irme para allá. Y bueno, la verdad que verlo fue muy duro. Los médicos pensaron que lo había pisado un auto, eran once costillas rotas. La recuperación iba a ser difícil. Yo había llevado una camarita, entonces la noche que me quedé cuidándolo, mientras él dormía, me puse a tirar muy respetuosamente algunos planos. Realmente me pareció que el retrato de eso era el disparador de la historia. Un hombre que cae a un lugar muy profundo que le permite empezar a ver su historia. No había que tenerle miedo a eso, porque es lo que nos puede pasar a cualquiera de nosotros. Sintió que se iba a morir realmente en ese momento y abría lugar al nuevo Fito. Durante toda la película fue como un cambio de piel.

–¿Y cómo fue cuando finalmente se la mostraste?
–Un día voy a la casa, él la quería ver, yo fui nerviosísimo. Imaginate. Había muchos momentos donde pensé que no le iba a gustar. Estuvo callado, estábamos los dos solos, era de noche y cuando terminó me abrazó y me dijo una cosa muy linda, algo así como: “Es muy difícil para mí decir que me gusta, porque es muy impactante, pero realmente me siento muy reflejado. Yo estoy ahí. Ese soy”. Para mí fue el mejor de los halagos, porque intenté realmente que la gente vea un Fito que es así, natural. Con sus quilombos y con sus aciertos, con sus amores y con sus pasiones, con sus direcciones y con el arte que él tiene para dar constantemente.
