La pura verdad, de la mejor manera
Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera / Director: Mariss Jansons / Solista: Mitsuko Uchida, piano / Programa: Concierto para piano y orquesta Nº 4, de Beethoven y Segunda Sinfonía de Brahms. Mozarteum Argentino. Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente
La actuación protagonizada el miércoles por la Sinfónica de la Radio de Baviera no aportó ninguna sorpresa. Todos los que asistieron al primero de sus tres conciertos en Buenos Aires sabían de antemano que escucharían a una orquesta en condiciones de producir interpretaciones maravillosamente prolijas de obras musicales. Tan absoluta seguridad del público estaba avalada por la visita anterior de la orquesta, por sus grabaciones y por el crecimiento constante de su prestigio internacional. La prueba de que no se equivocó la tuvo cuando escuchó la más conmovedora versión de la Segunda Sinfonía de Brahms, la mejor que haya sonado en Buenos Aires en los últimos años.
Además, en esta Segunda Sinfonía no hubo la menor posibilidad de que el público perdiera uno sólo de los datos expresivos con que está armada la obra. Sería injusto suponer que tan integral poder de comunicación se debe tan sólo a la acción de un director, aunque como se sabe, Mariss Jansons es bien capaz de desplegar una personalidad artística de notable interés. Pero Radio Baviera (como Concertgebouw, como Berlín, como Viena) fue exactamente así con muchos directores, porque su reserva cualitativa está en cada uno de los músicos.
Por ejemplo, el primer tema del movimiento inicial no hubiera conseguido tan atrapante lirismo si no hubiese tenido a su servicio un grupo de cornos excepcionales. El segundo tema, el cantabile apoyado en un ritmo de vals, no habría transmitido con transparencia la tregua de concordia y sosiego, si las violas, los chelos y las maderas no hubieran alcanzado el más alto grado posible de refinamiento. La melancolía del Adagio no hubiera logrado su severidad poética si las intervenciones del fagot y el violonchelo hubiesen sido rutinarias. Esa especie de rondó que es el Allegretto del tercer movimiento, habría pasado sin pena ni gloria si los oboes, con su vuelo, no se hubieran apoyado en el elegantísimo pizzicato de las cuerdas graves. Y el optimista final, sin estar protagonizado por una sensacional formación de arcos, habría carecido de su rotundo y sereno carácter.
Mariss Jansons imprimió a las dos obras del programa una sonoridad media y eso le da un lustre muy distinguido al sonido de la orquesta. Su discreción sónica, como sucedió en el acompañamiento del Concierto de Beethoven, puede llevar la atenuación a extremos, pero nunca deja de escucharse todo con claridad. Asimismo, impresiona su capacidad de vibración, su tendencia a poner de relieve las efusiones sin exageración. Es un director de perfil muy interesante. Y lo más significativo es que nunca miente.
El comienzo de la noche estuvo a cargo de la pianista Mitsuko Uchida, que produjo una versión del Cuarto Concierto de Beethoven notoriamente particular, pero muy convincente. No cambió, no disfrazó, no agregó ni quitó nada y las proporciones fueron respetadas íntegramente. Sólo que su interpretación tuvo un muy saludable aire de espontaneidad y gran frescura. Lo tocó de manera impecable, supo exhibir dignamente la riqueza sonora y los matices del piano y obtuvo una versión radiante.
Como bis, Uchida tocó el Andante de la Sonata K.545, de Mozart, mientras la orquesta concedió dos propinas: la "Serenata" del Cuarteto Op.3 de Haydn y el cuarto movimiento del Concert Romanesc de György Ligeti.




