Los modos de Wagner hijo
Ser el hijo de un prócer de la música, además, una personalidad consular de su tiempo, no debe haber sido sencillo para Siegfried Wagner. Eso, sin tomar en cuenta la figura opresiva de su madre, Cosima Liszt, la hija del gran compositor y pianista húngaro quien, a la muerte de su esposo, en 1883, asumió de una manera implacable el manejo de las cuestiones familiares y el legado musical, comercial y patricio de su marido. Cuando murió Richard Wagner, su hijo tenía trece años y cuatro hermanas mayores posesivas y entre quienes, conforme fue avanzando el tiempo, se descerrajó una cruel disputa por el poder.
Sobre ese cuadro, cierta lógica podría concluir que Siegfried debería haber sido un hombre de escaso carácter y de ínfimas posibilidades para un desarrollo personal independiente. Sin embargo, Siegfried supo elegir su destino. Fue un compositor de óperas muy bien conceptuado en su época, un avanzado régisseur y un dignísimo director orquestal que, además, supo mantener a distancia a hermanas y a cuñados para asumir el mando del Festival de Bayreuth, en 1908.
Pero lo más curioso es que se diferenció de toda su familia por su lejanía de cualquier conducta que implicara el uso desmedido de la autoridad. Lo mismo cuando dirigía orquestas. Al margen de los directores de orquesta que ejercían el mando a través del terror, Siegfried alcanzaba sus muy buenos resultados desde otra postura. En cierta ocasión, antes de un ensayo, se encontró con un ausentismo inesperado. Sin inmutarse, tal vez con alguna sonrisa, escribió en una pizarra: "Los músicos que planeen hacer un viaje de placer deben informar, previamente, al director del festival, no porque éste desee sumarse a la excursión sino porque le gustaría saber si puede tener la osadía de programar un ensayo".




