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Peter Hammill: el recuerdo de la “actitud orgullosa” de Piazzolla, su nuevo álbum y su relación con el público argentino

Referente de la vanguardia rockera y voz fundamental de Van der Graaf Generator, el músico británico habla en exclusiva con LA NACION del lanzamiento de Tears in Time, su nuevo álbum, una lección magistral sobre el paso del tiempo, el proceso creativo, la huella imperecedera del tango y su devoción por Astor Piazzolla

Peter Hammill
11'
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​Tras lanzar Tears in Time, su esperado nuevo álbum donde las “lágrimas” dialogan en brillante doble sentido con las “grietas” del paso del tiempo, Peter Hammill atraviesa un presente de madurez luminosa.

Con más de medio siglo de carrera y una obra que transformó para siempre los límites del rock progresivo, el arte y la poesía existencial, el prolífico músico británico volvió a conmover al mundo hace apenas unas semanas con una deslumbrante aparición en el Royal Albert Hall de Londres. Acompañado por la BBC Concert Orchestra en el marco de las legendarias sesiones de los Proms, Hammill entregó una versión conmovedora y definitiva de “Refugees”, el clásico de Van der Graaf Generator, en un acontecimiento que cosechó encendidos elogios de la prensa internacional y reafirmó la vigencia intacta de su instrumento más devastador: una voz capaz de transitar del susurro cinematográfico al rugido más visceral.

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El título de su nuevo y esperado trabajo discográfico Tears in Time es un magnífico doble sentido fonético y semántico que refleja la maestría lírica de Hammill, ya que puede leerse como ​“Lágrimas en el tiempo” en una lectura directa (tears como llanto), vinculada al duelo, la pérdida y la memoria, o como ​“Grietas o rasgaduras en el tiempo” tomando el verbo To Tear (rasgar, desgarrar) y alude a las rupturas temporales, las fisuras por las que se cuelan las grabaciones inconclusas del pasado para dialogar con el presente.

​Lejos de acomodarse en el bronce del mito o dormirse en los laureles de la nostalgia, Hammill conserva la actitud de los verdaderos exploradores. En este diálogo exclusivo con LA NACION, el artista repasa el valor del silencio, la magia misteriosa que aún rodea a la creación de una canción, su eterna historia de amor con el público argentino y la profunda huella que dejó en su alma el espíritu erguido, orgulloso e inquebrantable de Astor Piazzolla.

—Tears in Time reúne música grabada a lo largo de varias décadas. ¿Sentiste que estabas terminando un trabajo inconcluso o colaborando con una versión más joven de vos mismo?

–Algunas piezas se remontan a mi época en Terra Incognita, en Bath: “Heavy Weather” y “Tabula Rasa”. Habían quedado como sobrantes de los proyectos en los que estaba trabajando en aquel momento, o quizás incluso fueran piezas experimentales que estaba desarrollando al margen de un álbum. A menudo termino con este tipo de cosas y estas dos quedaron terminadas, más o menos, como obras instrumentales. Volví a ellas cuando empecé a reunir el material para este álbum y, finalmente, este grupo de canciones —para entonces ya eran canciones— pareció anunciar por sí mismo que pertenecía unido. Hoy en día, toda grabación es, en cierto modo, un viaje en el tiempo, porque me lleva mucho más tiempo que antes grabar y terminar un álbum; de modo que es evidente que ya no soy exactamente la misma persona que lo comenzó. Más allá de eso, sin embargo, siempre estoy inmerso en el presente mientras grabo, simplemente intento sacar lo mejor de mí mismo y del material en ese momento.

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—El título Tears in Time parece aludir a la memoria, la pérdida y el paso del tiempo. ¿Cuándo descubriste que ese era, en definitiva, el tema del álbum?

–El título llegó al final, en este caso. Y, por supuesto, hace referencia a las rupturas en el tiempo y al llanto. Trabajo las letras de cada canción de manera aislada y sólo después —al final de todo— me doy cuenta de cuál es el tono general de un álbum. Y, evidentemente, cuando un proyecto está terminado, quedan claros los temas que me han interesado durante un determinado período. Supongo que, teniendo mi edad actual y acercándome a las últimas vueltas de las cosas, las partidas, las desapariciones y la pérdida son inevitablemente cuestiones muy presentes en mis pensamientos creativos.

—Tenés mucho material inconcluso. ¿Qué hace que una vieja grabación vuelva a parecerte viva y merezca regresar al presente?

–Creo que la propia música se hace notar cuando está lista para ser trabajada. Como decís, tengo muchísimo material inconcluso y no sé cuánto de ello llegará alguna vez a ver la luz o será terminado. Por supuesto, también estoy siempre buscando cosas nuevas. Pero, como digo, es la música la que conduce el proceso.

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—Después de más de medio siglo escribiendo sobre identidad, miedo, aislamiento, amor, muerte y la condición humana, ¿envejecer cambió el significado de esos temas?

–Sí, es lo segundo: el tiempo me ha dado otra perspectiva. No niego ni rechazo la manera en que me planteaba esas preguntas cuando era joven, pero la comprensión de que las cosas se vuelven menos ciertas con el paso del tiempo es una sensación fuerte y definitoria. Sin embargo, siempre he intentado —y todavía intento— no ser demasiado didáctico al escribir canciones, para que la duda y la incertidumbre, que están en el corazón de la condición humana, puedan manifestarse.

—¿Cómo evolucionó tu relación con la canción? ¿Escribir canciones se vuelve más fácil o más esquivo con el tiempo?

–Sigue siendo, como siempre lo ha sido, un proceso misterioso. Después de más de 50 años todavía no sé exactamente cómo escribo canciones y sigo fascinado por el hecho de que un día una canción no existe y al siguiente está terminada, como si siempre hubiera estado allí. En un nivel técnico, continúo “encontrando” canciones mediante una combinación de improvisación, cálculo y pura experimentación sonora. En general, intento abordar las cosas con una mente completamente abierta, en lugar de hacerlo con un plan. Y, además, hoy en día las letras llegan al final, porque espero a descubrir de qué trata la música.

—Tu voz es uno de los elementos más reconocibles de tu música. ¿La edad cambió tu relación con ella?

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–Utilizo mucho más la voz “tranquila” que antes y descubro que bajar el nivel puede ser tan dramático como lanzarse a todo volumen. Quizás sea importante señalar que sólo canto realmente cuando estoy en el escenario o grabando. Incluso durante las pruebas de sonido utilizo lo que podríamos llamar una voz falsa. Así que quizá haya conservado la fuerza esencial de mi voz al liberarla tan pocas veces.

Peter Hammill
Peter Hammill

—¿Sigue existiendo una diferencia fundamental entre la música de Peter Hammill y la de Van der Graaf Generator?

–No, creo que sigue existiendo una diferencia evidente. Lo principal sería que la música de Van der Graaf Generator es material con el que los tres nos sentimos cómodos para presentar. Es cierto, sin embargo, que ahora estamos bastante cómodos haciendo piezas “simples” de tres minutos, tanto como las más largas y complicadas. En general, durante el proceso de composición sé hacia qué proyecto debo dirigirme y, por lo tanto, adapto mi producción a ese objetivo. Debo decir que últimamente no he estado escribiendo para Van der Graaf Generator y no estoy seguro de que volvamos a grabar. Nunca hay que decir nunca, por supuesto, pero todos tuvimos la sensación de que Do Not Disturb (2016) probablemente fuera nuestro último trabajo, por lo que los temas de ese disco estaban particularmente en sintonía con esa idea. No estoy seguro de cuál sería el tono de un eventual trabajo futuro, así que... quién sabe.

—¿Hay algo que te sorprenda de aquel hombre que eras, del Peter Hammill joven?

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–Me sorprende bastante la seguridad en mí mismo con la que encaraba las cosas, con esa sensación de certeza y de destino. Obviamente, también hubo una enorme cantidad de suerte y de casualidades, y estoy seguro de que en ocasiones era bastante insoportable. Pero sigo conectado con aquellos días en el sentido de que todavía intento descubrir cosas y explorar la música a mi manera, un tanto caótica. Hay una línea directa desde entonces hasta ahora.

—¿Puede un artista pasar toda una vida tratando de escapar de su propio estilo y descubrir que su identidad es precisamente aquello de lo que no puede escapar?

–[Ríe.] ¡Ja! Sí, creo que probablemente sea así! Pero, en realidad, existen unos cuantos estilos diferentes de “Hammill” y, por eso, quizás evito las camisas de fuerza artísticas mezclándolos en distintas proporciones y encontrando así algo nuevo a partir de la combinación de cosas viejas. Me ayuda el hecho de seguir siendo tan poco formado y técnicamente incompetente como siempre lo he sido. Quizás esto también sea relevante: cuando estoy grabando, deliberadamente no determino la tonalidad, los compases y demás, de modo que cuando llega el momento de agregar un instrumento realmente no sé qué estoy haciendo y la interpretación es un libro abierto. Eso hace que las cosas sean un poco complicadas cuando, como ahora, tengo que empezar a ensayar para tocar en vivo.

—Tus canciones suelen ser descriptas como literarias, teatrales o cinematográficas. ¿Cuando componés pensás como un compositor de canciones o también como alguien que está escribiendo una forma de teatro?

–Las canciones pueden adoptar muchas formas y tener muchas funciones diferentes, pero siempre me ha interesado utilizarlas como una especie de guion cinematográfico y a menudo puedo visualizar cómo se desarrolla una escena en una película a la que la canción alude de una manera tangencial. Quizás a veces el público también percibe esa sensación a través de la música.

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—Tenés una audiencia fiel en la Argentina. ¿Por qué creés que existe una conexión tan fuerte entre tu música y los oyentes argentinos?

–Creo que siempre hubo —al principio, sin que yo lo supiera— algo del espíritu del tango en mi música y en mis actuaciones, y por eso es evidente que resuena con el alma argentina. Y, a mi vez, he atesorado mis muchas visitas a la Argentina [26 conciertos entre 1992 y 1999]. Por supuesto, tengo una edad en la que viajar se vuelve cada vez más arduo, así que no sé si alguna vez conseguiré regresar, y es una pena que Van der Graaf Generator nunca haya podido llegar hasta allí. Pero los recuerdos y la pasión permanecen.

—Viste tocar a Astor Piazzolla con su Sexteto en Inglaterra y adaptaste a tu estilo y grabaste dos de sus composiciones en In Translation (2021), “Oblivion” y “Balada para mi Muerte”. ¿Qué encontraste en su música que te permitió hacerla propia? ¿Qué recuerdo conservás de haberlo visto en vivo?

–El recuerdo que tengo de aquella actuación en vivo es el de las espaldas rectas y la actitud orgullosa de Piazzolla y de todos los músicos, que ya tenía una edad bastante avanzada cuando lo vi. Y esa actitud, con la espalda recta y los ojos hacia adelante, enfrentando lo que venga, siempre ha sido mi sentimiento esencial respecto del tango. En cuanto a mis propias interpretaciones, quizás sentí un poco el síndrome del impostor debido a mis limitadas habilidades instrumentales, pero en lo vocal sabía que podía estar a la altura. Supongo que el hecho de hacer también las traducciones significó que podía asumir cierto grado de propiedad sobre el material. Y debo decir que ambas canciones encajaban perfectamente, precisamente, con ese tipo de idea de guion cinematográfico que mencionaba antes.

—Después de Tears in Time, ¿qué te queda por descubrir como artista? ¿Hay algo que todavía no hayas conseguido decir?

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–Sigo intentando encontrar música que tenga sentido, para sí misma, para mí y, espero, para el público. Sigo intentando habitar las canciones cuando las interpreto. Me siento afortunado y privilegiado de que las canciones todavía vengan a mí y de que todavía tenga la capacidad de atraparlas cuando caen en mis manos.

Marcelo Gobello es autor de la biografía Nigromantes, fareros y jardines abandonados: una introducción a Peter Hammill y Van Der Graaf Generator