
El periodista forjó una personalidad pública desde un noticiero diferente, pero vivió gran parte de su vida con el deseo intermitente de volver a ser un desconocido
La luz roja de la cámara se apagaba, el estudio se oscurecía, el programa terminaba. Sería injusto decir que con él se iba también la sonrisa franca, la amabilidad y la simpatía del conductor, pero durante la caminata hacia el camarín aparecía otro hombre, más serio y reconcentrado. Uno que tenía ganas de tomar distancia de todo aquello, que necesitaba volver a su refugio, a esos placeres privados donde no entraban las cámaras. Uno que ansiaba poder disfrutar de sí mismo, de sus amigos, de un buen libro; lejos de esa exposición, tan ardua como generosa, que un día llegó para no irse nunca más.

