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Florencia Raggi: la honestidad brutal de su primer unipersonal, la sincronización con Nicolás Repetto y la independencia de los hijos

En una charla con LA NACION, la actriz habla sobre la maternidad, el tema de Oxitocina, la obra que acaba de estrenar en Teatro San Martín

Entrevista a Flor Raggi en el Teatro San Martín, fotos realizadas en el hall del teatro.
12'
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Florencia Raggi está cuidando la voz. Una amigdalitis la dejó muda durante dos días y obligó a suspender ensayos en la recta final de Oxitocina (Inés y los perros), su primer unipersonal, que estrenó el sábado pasado en la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín. Pero, cuando empieza a contar cómo llegó a esta obra que dirige Dennis Smith y que se centra en la maternidad, se entusiasma y la conversación encuentra enseguida su ritmo. Dice que está feliz, agradecida y sorprendida por un proceso en el que pudo soltar un poco la cabeza. “Soy remental”, admite, quien

En diálogo con LA NACION, la actriz habla sobre maternidad, sobre la independencia de sus hijos y sobre los acuerdos que construye con su pareja Nicolás Repetto para acompañarse en momentos distintos de la vida.

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Flor Raggi protagonizará Oxitocina. La obra llega este fin de semana a la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín
Flor Raggi protagonizará Oxitocina. La obra llega este fin de semana a la sala Cunill Cabanellas del Teatro San MartínTadeo Bourbon

—De entrada le dijiste que no a Dennis Smith. ¿Qué te hizo cambiar de idea?

—Nos conocimos hace un año por casualidad. El actor Marcos Montes, que decimos que es nuestro padrino, me recomendó ir a ver una obra de Dennis. Me emocionaron muchísimo su trabajo, su puesta y su dirección. Al día siguiente me llamó y me dijo: “Tengo un texto y me gustaría dirigirte en un monólogo”. Le contesté que a mí me gusta estar en escena con mis compañeros, que disfruto de eso. No tenía el sueño de hacer un monólogo. Entonces, me contó que era una madre a la que se le pierde la hija y no la va a buscar. Le dije: “Menos que menos, no te quiero hacer perder el tiempo”. Pero insistió en que lo leyera. Y me pasó algo que no me suele pasar con los materiales: me enamoré, me interpeló, sentí que comprendía a esa mujer y que había algo que tenía que hacer.

—¿Qué comprendiste de ella?

—Para mí, ella quiere a su hija. No quiero spoilear, pero sentí que empatizaba con muchas cosas, más allá de que mi maternidad pueda ser, a las claras, bien distinta o más romantizada. El texto tiene tantas capas: no es solamente que se le pierde la hija y tiene un accionar que no es el esperado y puede ser criticado. Es su relación con el marido, con su mamá. Habla de las maternidades desplazadas, porque tiene una mujer que la ayuda con su niña y que prácticamente también la crio a ella. Toca clases sociales, mandatos, exigencias. Esta mujer aparentemente tiene su vida resuelta, pero detrás hay ausencias, carencias, violencia, necesidades no cumplidas. Empaticé tanto que dije: “Quiero contar esta historia”. Habla de la maternidad y sus contradicciones con una honestidad brutal.

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La propuesta de Dennis Smith, autor y director, encontró dos resistencias iniciales: Raggi no soñaba con hacer un monólogo y tampoco se imaginaba interpretando a una mujer cuya hija desaparece y que, en lugar de salir a buscarla, vuelve a su casa
La propuesta de Dennis Smith, autor y director, encontró dos resistencias iniciales: Raggi no soñaba con hacer un monólogo y tampoco se imaginaba interpretando a una mujer cuya hija desaparece y que, en lugar de salir a buscarla, vuelve a su casaTadeo Bourbon

—¿El personaje te hizo revisar tu propia maternidad?

—Siempre pasa. Venía de hacer Matar a mamá, con Inés Estévez, y fue increíble todo lo que me hizo resignificar y aprender. Eso también me apasiona de esta profesión: es la excusa para seguir indagando en mí, en mi historia, en mis vínculos, en lo que quiero, lo que necesito, lo que hay que resolver y lo que no se puede resolver. En esta obra el proceso fue mucho más intuitivo que racional. En lugar de ir a buscar preguntas, encontré respuestas en el juego y en el trabajo. Fuimos moldeando a Inés desde poner el cuerpo, liberarme, expandir los límites. Disfruté mucho de no ponerle tanta cabeza. Cuando hago la obra entro en un trance en el que soy Inés y le presto mis vivencias, sin saber muy bien de dónde viene cada cosa.

Florencia Raggi junto a Nicolás Repetto
Florencia Raggi junto a Nicolás Repetto

—¿Cuál es la mayor distancia entre vos y ella?

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—Yo tuve a mis bebés mucho más joven. Fueron buscados, deseados. Desde chiquitita sabía que quería ser madre. Esa es la diferencia más grande: Inés tal vez no hubiera sido madre y creo que eso debe cambiar un montón. Pero todo lo que siente ella lo comprendo. En mayor o menor medida, lo he vivido o lo conozco. No hay algo de lo que diga: “¿Cómo será sentir eso?”.

—¿Y qué fue lo más desafiante para vos?

—Fue un deseo grande y sentí que encontré mi identidad siendo madre. Así que tal vez lo más desafiante fue el nido vacío. La adolescencia también fue difícil. Me decían: “Vas a ver cuando tengan tantos años”, y yo en el fondo pensaba: “A mí no me va a pasar”. Y fue un camión de frente. Hay muchas cosas que una no sabe: cómo acompañar, cómo guiar, qué límite poner. Nunca sentí arrepentimiento, que me parece algo que no tiene que ser juzgable. Tuve dos hijos preciosos, en un contexto muy amoroso y amable, y lo vivo con una felicidad enorme. Así y todo, también amaba actuar y tenía mis conflictos y mi culpa: cuándo sí, cuándo no, de qué manera. Claramente eso sucedió.

Florencia Raggi: los embarazos que disfrutó, una lactancia mucho más difícil de lo que había imaginado, las culpas de combinar trabajo y crianza y la partida de sus hijos, Renata y Francisco
Florencia Raggi: los embarazos que disfrutó, una lactancia mucho más difícil de lo que había imaginado, las culpas de combinar trabajo y crianza y la partida de sus hijos, Renata y FranciscoTadeo Bourbon

—Trabajas con tu imagen desde muy joven. ¿Cómo viviste los cambios del cuerpo durante los embarazos?

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—Mis embarazos fueron los momentos más felices de mi vida. Hasta quedar embarazada, mi cuerpo había tenido un significado muy distinto al de dar vida. Había sido un vendedor de imagen, una percha. No podía creer que ese cuerpo diera vida y sentir otro cuerpo dentro del mío. A mí me daba una compañía enorme. Pensaba: “Somos dos en el mundo”. Me sentí muy conectada, tuve buenos embarazos y los disfruté muchísimo. También los partos, a pesar de que el primero fue bastante complejo. Esa experiencia tan visceral, tan animal, tan carnal, me resultó maravillosa. Pero no quiero que parezca que todo fue rosa: tuve mucho conflicto con dar de mamar.

—¿Qué te pasó?

—Quería dar de mamar y había ido a la Liga de la leche. Quería que apenas nacieran me los pusieran en el pecho, tenía todo pensado. Pero no me bajaba la leche. Me habían dicho que era algo mental, psicológico, que si vos querías… Lo que sufrí. Yo lloraba y decía: “¿Qué hago mal, si lo que más quiero es dar de mamar?”. Me parece importante contarlo: la que no quiera, que no dé; la que quiera, que dé. Pero no hay que decirle a alguien que, si no puede, es porque no quiere.

—¿Pudiste encontrar una manera de tener ese contacto que deseabas?

—Usé un relactador, una cánula para que el bebé recibiera leche mientras estaba prendido al pecho y para estimular la bajada. Lo hice durante meses con los dos. Al principio me daba cuenta de que no quería salir de mi casa, porque era todo un aparato: la cánula, la mamadera… Pero yo quería ese contacto. Después dije: “No voy a dejar de vivir, de salir al mundo exterior”. Iba a cualquier lado con eso y no me importaba que me miraran. También lo cuento porque no quiero que parezca que todo me salió lindo.

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Florencia Raggi, en el Teatro San Martín
Florencia Raggi, en el Teatro San MartínTadeo Bourbon

—¿Qué te enseñaron tus hijos sobre vos misma?

—Que ya no sos el centro del universo. Siento que me enseñaron a ser buena persona; no porque antes fuera mala, sino porque fueron un estímulo para mejorar. Lo mejor que podía hacer era mostrarles con el ejemplo. Mi deseo de que ellos vieran eso que yo quería transmitirles me obligaba a ser esa persona. Fue un estímulo de superación, de responsabilidad. Disfruté mucho, mucho. Y aun disfrutándolo, siempre les digo: pasa muy rápido.

—Renata se independizó en plena pandemia y se fue a otro país. ¿Cómo atravesaste ese momento?

—Fue desgarrador. No era solo su independencia, que sé que es sana y está muy bien, sino las circunstancias: plena pandemia, a otro país, yo también en otro país [en Uruguay]y la venta de nuestra casa. Muchas cosas que hicieron que fuera muy de golpe. De un día para otro tu vida cambió: eso que tenías antes ya no está y en esta nueva vida tu hija no está en casa. Para mí fue muy, muy duro. Me decían que el nido vacío eran seis meses de duelo; a mí me duró mucho más. Siempre estuve feliz de que ella estuviera sana y haciendo su vida, pero reconocía que para mí era difícil.

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"Me decían que el nido vacío eran seis meses de duelo; a mí me duró mucho más", cuenta
"Me decían que el nido vacío eran seis meses de duelo; a mí me duró mucho más", cuentaTadeo Bourbon

—¿La mudanza y la distancia hicieron que todo se sintiera más abrupto?

—Sí. Me quedé del otro lado [en Uruguay] durante la pandemia y estuve seis meses sin ver a mis hijos. En el medio apuramos la venta de la casa. Fue como que no me despedí, no hubo un proceso. No es que mudarte de país o que se vaya un hijo sea desmembrarte, pero mi sensación, por la suma de todas esas cosas, fue esa. Como cerrar los ojos, volverlos a abrir y encontrar todo desarmado. Yo no quería el cambio; sentía que estaba bien como estaba.

—¿En qué te apoyaste para rearmar esa vida?

—Por suerte tenía mi profesión, mi trabajo, que amo y adoro. Siempre lo fui congeniando: hubo cosas que no hice y decisiones que tomé para no pasar mil horas afuera y perdérmelos, si podía hacerlo. Pero nunca dejé de trabajar. Y también tengo una pareja que amo y estaba acompañada. Pienso en las mujeres que quizá están solas y no tienen una profesión que les apasione: debe ser muy difícil. Porque hay algo de reinventarte. Tu vida era esta y ahora no es más. Te quedás vos: ¿quién sos? Estar tan identificada con ser madre fue muy lindo, pero también fue una alerta. Cuando ellos hacen su vida, que es lo sano y lo propicio, ¿vos quién sos?

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—¿Hoy pudiste encontrarle algo bueno a esta etapa?

—Sí, hay luz. Está bueno decirlo. Ojalá al resto le pase más rápido que a mí, pero después se reconfigura el vínculo con ellos. Renata vive en Barcelona, es súperindependiente y está contenta. Yo preferiría que estuviera acá, pero quiero que esté donde sea feliz. Francisco se fue este año y ya no me pasó lo mismo. Ahora disfruto mis tiempos.

—Viviste un tiempo en Uruguay. ¿Hoy dónde sentís que está tu lugar?

—Yo vivo acá, en Buenos Aires. Voy a Uruguay un montón, lo amo y seguiré yendo. Me gusta viajar, hacer experiencias afuera y agradezco muchísimo tener esa posibilidad. Pero siempre me pasa lo mismo: me gusta vivir en la Argentina. Tengo un sentimiento de pertenencia. Me gusta el colectivo que pasa, el barrio. Este es mi sitio.

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—Desde afuera, vos y Nicolás [Repetto] suelen verse como una pareja muy sincronizada. ¿Se sienten así?

—Por momentos parece que no estamos sincronizados. Somos personas reales. A veces estamos juntos y a veces no, durante bastante tiempo; al principio de la relación eso no nos pasaba y, si hubiera sucedido, tal vez no habría prosperado. Estamos bastante abiertos a los movimientos, a la coyuntura, a las necesidades de cada uno, a lo que se puede y lo que no. Con las dificultades que eso trae: no digo “qué fácil es”. Creo que nos amamos mucho y nos respetamos mucho. Entonces, ¿por qué no tratar de pensar que es posible?

—¿Eso implica aceptar que no siempre están en el mismo momento?

—Sí. No siempre sentimos lo mismo. Nico me lleva muchos años. Entonces, hay cosas en las que él está en un momento en el que yo no estoy y yo estoy en uno en el que él no está. Lo que está primando es el respeto y las ganas de estar juntos, a pesar de un montón de cosas. Como tenemos esas ganas, tratamos de ir cediendo, de ver hasta dónde cada uno puede estirar su propio deseo o necesidad. El deseo tal vez se puede negociar más; la necesidad, no tanto.

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—¿Qué gestos de él te hacen seguir apostando?

—Nico tiene una mirada más macro. A veces parece que algo no va a dar, que no vamos a poder llegar a la otra orilla, y él cree que sí. Tiene una cabeza muy abierta, no tan estructurada. Entonces, es él quien a veces apuesta más y dice: “Pará, puede llegar a ser”. En una de esas, con otra persona yo no lo vería y se rompería.

—Tu mamá empezó a actuar cuando vos eras chica. ¿Cómo viviste esa decisión?

—Soy la última de cuatro hermanos y mi mamá empezó a actuar cuando yo tenía cinco años. Hasta entonces había sido ama de casa. Fue bastante revolucionario en una familia muy de los mandatos, no tan de cabeza abierta. Tuvo que romper con un montón de cosas impuestas. Fue conflictivo que se fuera de gira, que no estuviera de noche. Yo lo viví con conflicto también, en parte absorbiendo lo que le pasaba a toda la familia. Por eso, al principio tuve un conflicto grande con la actuación: yo quería ser mamá y me parecía difícil combinarlo.

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—Sin embargo, también hubo una enseñanza de ella que te acompañó.

—Mi mamá siempre nos incentivó a tener un proyecto personal, más allá de una pareja o una familia. Eso estuvo muy bueno. Después entendí que podía ser enfermera y trabajar de guardia en un hospital y tampoco estar de noche; no tenía que ver con la actuación. Yo sabía que iba a tener una profesión.

—Además del teatro, ¿qué proyectos tenés por delante?

—A principio de año filmé Zambrano, la serie que surge del personaje del Puma Goity en El encargado. Hago una abogada que le pelea un poco; es un personaje precioso y se estrena el año que viene. También hice una participación en otra serie para Netflix. Y ojalá venga más teatro.

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Para agendar

Oxitocina (Inés y los perros), de Dennis Smith, con Florencia Raggi. Del 17 de octubre al 1° de noviembre, de jueves a domingos a las 19.30, en la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín, avenida Corrientes 1530. Duración: 55 minutos.