
Guillermo Pfening: del drama familiar que lo marcó a su paternidad atípica y el premio que le entregaron Dafoe y De Niro
El actor, que protagoniza Romeo y Ofelia, el desafiante film de Gustavo Postiglione que se estrenó el jueves pasado, repasó con LA NACION su historia y su particular carrera
El actor, que protagoniza Romeo y Ofelia, el desafiante film de Gustavo Postiglione que se estrenó el jueves pasado, repasó con LA NACION su historia y su particular carrera
Guillermo Pfening es un actor atípico, en concordancia con muchos de los materiales que le ha tocado abordar. El film Romeo y Ofelia —que se estrenó el jueves pasado en el cine Gaumont y en un circuito de varias salas a lo largo del país— va en concordancia con sus convicciones narrativas, estéticas e ideológicas en torno al oficio de la actuación. Sabe arriesgarse. Esta vez, se sumergió de lleno en el flamante material del realizador Gustavo Postiglione, que bucea en un universo delictivo reconocible, pero lo atraviesa con la tragedia shakesperiana. Un manifiesto que se sale de la norma, donde comparte el protagónico con Antonella Costa y Manuel Melgar.
“Hubo lecturas de guion de manera virtual, luego nos juntamos a ensayar dos días y en una sola jornada filmamos tres tomas completas de todo el material. La idea era que la película fuera realizada con un solo plano secuencia, pero, finalmente, se resolvió en tres diferentes”, explica el actor, mientras ofrece café en su departamento del barrio de Belgrano.
Asia, su hija de once años, amaga con ser testigo privilegiado de la entrevista con LA NACION, pero su padre, cautelosamente, la invita a entretenerse en su cuarto para poder dialogar más relajado. Así como la obra artística de Pfening no es lineal ni previsible —incluido un premio rubricado por Robert De Niro que pende en una de sus paredes—, tampoco es convencional su vida personal.
El doloroso derrotero de su madre adicta a las cirugías estéticas y su decisión de poner fin a su vida, la elección de ser padre junto a una amiga, el apoyo a su hermano menor con una condición física que lo motorizó a visibilizar la temática y el encuentro con su actual pareja —un docente de biología— a través de una aplicación conforman parte de su universo. Tan propio y escogido. No busca ocultar ni adormecer dolores, ni pasar por alto aquello que puede resonar incómodo mostrar. Así en la vida como en el arte.
Un camino
Nació hace 47 años en Marcos Juárez, provincia de Córdoba. En sus redes sociales da cuenta del testimonio de ese terruño al que regresa una y otra vez.
—¿Cómo nació la vocación artística?
—Te diría que en el jardín de infantes y en la escuela primaria era el convocado para participar en los actos patrios, pero, en esa época, el teatro era para los hippies o para los “maricones”, como se solía decir en ese tiempo. Algo de eso fui internalizando. Además, venía de una familia de médicos, alejada del arte.
Su padre se especializó en otorrinolaringología y su madre se desarrolló como dermatóloga. “Ahora soy abiertamente gay, pero en el tiempo en el que vivía en Marcos Juárez, una ciudad chica, no me veía de esa forma. En la adolescencia comencé a sentir algunas cosas que no podía explicar muy bien; uno busca negarlo hasta que empieza a transitarlo. Hace treinta años era muy diferente a cómo los chicos jóvenes viven su sexualidad hoy”. Recuerda que era un joven enamoradizo y que experimentó el amor adolescente con una amiga. “Pero no había satisfacción, ahora tampoco”, se ríe.
—¿Cómo lograste definirte en torno a tu sexualidad?
—Lo resolví cuando llegué a Buenos Aires; fue una especie de liberación. Ni bien me instalé, estudié Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires para calmar a mis padres, que me pudieran bancar y que se quedaran tranquilos.
Sin embargo, la vocación artística ya había germinado. “Lo primero que hice fue un film de Héctor Babenco y algunos bolos en televisión”.
—¿Hubo dudas en cuanto a tu vocación?
—Sí, por supuesto, era una búsqueda muy profunda la que me atravesaba. Y en una ciudad muy grande, diferente al lugar donde había nacido.
En busca del rumbo
Llegó a Buenos Aires a los 18 años y su primer hospedaje fue en una pensión del barrio de Constitución. Compartía el cuarto con un conocido de Marcos Juárez. “Éramos dos paisanos buscando el rumbo; me acuerdo de que a la noche salía a correr por la avenida 9 de Julio”.
Como buscaba manejar su dinero, trabajó en todo lo que le ofrecían: “Fui promotor en supermercado, cocinero y hasta estatua viviente. Mi viejo me ayudaba, pero quería tener mi plata”.
En simultáneo comenzó a realizar audiciones para conseguir bolos o papeles pequeños, sin descuidar su formación junto a maestros como Javier Daulte, Raúl Serrano o Guillermo Angelelli. Al tiempo, habitó un pequeño departamento frente al Parque Las Heras, que solía ser compartido en comunidad por actores de las provincias que también arribaban a la ciudad para probar suerte. “En una época estuvieron Esteban Meloni y Sebastián Mogordoy viviendo con nosotros”.
—¿Cómo visualizás hoy a ese joven recién llegado y con todas las expectativas? ¿Aparece lo amoroso de la mirada?
—Pienso que tuve muchos huev...
—El motor del deseo.
—No buscaba ser famoso; era el deseo de conocer, actuar, ingresar a un mundo maravilloso.
—Alguna vez, ¿te defraudó el medio?
—No, jamás.
—Trazaste un camino muy interesante a partir de la elección de tus roles como actor. ¿Sos consciente del prestigio adquirido?
—Es raro tomar conciencia de eso, pero no lo puedo negar. Me gustaría que eso acompañara la demanda de trabajo.
Menciona Foodie Love, serie que fue llave para su tránsito artístico en el exterior al servicio de HBO y Netflix España.
—La carrera del actor, salvo excepciones, es inconstante. En la actualidad, la dinámica habitual se complejizó ante la escasez de ficciones. Esa alternancia entre la ocupación y la desocupación, ¿cómo te afecta?
—Aparece la ansiedad y problemas emocionales, pero me ocupo de ello. Estamos todos en la misma; algunos compañeros se encuentran medicados; hablo de los laburantes del medio.
Tejer su propia historia
Así como su derrotero artístico no se ancla en los convencionalismos, su vida personal tampoco. Pfening conlleva algunos rasgos infrecuentes. “Por donde me veas, hice cosas fuera de lo común”. En el seno de su familia, diversas situaciones lo desafiaron desde muy chico: “Me crie con un hermano con una discapacidad muy fuerte, lo cual me hizo muy sensible a eso. Incluso, llevé adelante una película con él”.
Caito es el apodo de su hermano, que cumplió 46 años, y el título del film que nació como un corto y se transformó en un largometraje tan conmovedor como informativo. “Es un genio; lleva la vida con tesón y fuerza”.
—¿Cuál es el diagnóstico de Caito?
-Primero fue una distrofia muscular y, a partir de 2001, cuando se abre el genoma humano, se comenzaron a diferenciar diversas patologías que estaban en una misma bolsa. Lo de él es una miopatía mitocondrial de cintura, algo así como una distrofia de cintura.
—Le llevás 14 meses, ¿cómo ha sido esa vida compartida?
—Al comienzo, cuando podía caminar, se manejaba con independencia. Luego llegó su cuatriciclo. Sus amigos siempre fueron una barra de fierro. En lo que a mí respecta, estuvimos juntos. En su adolescencia, cuando comenzó a tener problemas para caminar, cada vez que yo volvía a Marcos Juárez, me convertía en sus piernas. Tuvo una etapa muy fuerte de rechazo a la silla de ruedas; ahí fue cuando comenzamos a pensar en el cortometraje. Eso lo ayudó a aceptarla. Con Caíto fuimos a todo el país para “evangelizar”; eso le permitió conocerse con otros pares. La película lo mostró a él y a las personas con alguna discapacidad como seres deseantes, que tienen mal humor, putean... No son angelitos con musiquita de fondo. No son personas especiales; les pasa lo que nos pasa a todos.
—Parece una obviedad, pero no está de más la aclaración.
—Siempre hay que remarcarlo.
—La vida de tu madre tampoco fue sencilla.
—Tuve una mamá que se enfermó de la cabeza. Aunque no podría afirmarlo, pienso que, en parte, por el dolor que le causó la condición de su hijo, pero no lo sé. Se volvió adicta a las cirugías estéticas. Una vez que hice la película con mi hermano, comenzó el tema de mi mamá.
—La adicción a las cirugías estéticas es poco abordada, pero más usual de lo que se supone.
—La acompañaba al médico para que nos dijera qué se había injertado en el cuerpo. Con las amigas se ponían silicona líquida en la cara, un delirio. Se fue deformando. No solo no había una simetría o algo estético en su rostro, sino que todo eso comenzó a generar tumores.
A los 56 años, la madre del actor le puso fin a su vida. “Fue paz para ella y para nosotros; no se podía más”.
—Previo a que se declarase su patología, ¿había algún rasgo llamativo en su personalidad?
—Era bonita y muy coqueta, pero a los 38 años se fue dos días a la ciudad de Córdoba a hacerse una cirugía estética. Recuerdo que, cuando llegué del colegio y la vi, me encontré con su cara como si fuese la de un oso panda. Ya se había hecho un lifting, siendo tan joven. Ahora las chicas se hacen la boca a los 15 años.
El actor sostiene que, parte de este tipo de actitudes, están asociadas a determinadas presiones sociales: “Tenés que ser de determinada manera, comprar tales objetos, estamos hechos mierd... Los niños crecen mirando una pantalla”.
—En ese sentido, ¿cómo educás a tu hija?
—Tiene un teléfono, pero lo utiliza de manera medida, con límites. Bajamos una aplicación donde se puede chequear qué mira y cuántas horas; estamos probando cómo funciona este sistema.
—¿Cuál es el límite de ese consumo?
—Una hora por día y los fines de semana, un poco más. Sabe que cuando se acaba eso, no se puede pedir más crédito.
Asia tiene 11 años y cursa el sexto grado de la escuela primaria. Cintia es la mamá biológica de su hija, quien reparte su tiempo entre la casa materna y el hogar que construyó el actor junto a Rafael, su pareja. “Fuimos compañeros de trabajo en Polka y nos pusimos de acuerdo para tener a Asia. El contrato fue que no era necesario fundar una familia ni tener un vínculo sexo-afectivo para encarar la paternidad o la maternidad. Esto sucedió hace 11 años, luego se sumó ´Rafa´, a quien ya había conocido, él también comenzó a paternar, es un gran apoyo para todos”.
—¿Cómo es la vida junto a Rafael?
—Es un capo; es la persona que está conmigo desde hace 11 años. Estudió hotelería y turismo y, actualmente, es antropólogo, docente de escuela secundaria.
—¿Cómo se conocieron?
—A través de una aplicación de citas. Fue un martes a la noche, en pleno invierno, entré para ver qué pasaba, pero nunca imaginé que pudiera encontrar a alguien para armar este vínculo.
Algo huele mal en Dinamarca
Las tragedias de Macbeth, Romeo y Julieta y Hamlet conviven en Romeo y Ofelia, el material de Postiglione —un director de culto— que se entroniza en la ciudad de Rosario, ahonda en la violencia urbana, la corrupción de los poderosos, la lucha de bandos rivales, las víctimas inocentes y los intrincados laberintos de la traición familiar. El amor también merodea en ese ecosistema donde cine y teatro dentro del teatro —siguiendo los lineamientos del Bardo inglés— permiten que el relato contemporáneo también pueda significar una revisión de algunos tópicos en torno a la obra de William Shakespeare. “En su obra está todo: la avaricia, el poder, el engaño, la traición, el amor, el fracaso”.
“Es interesante porque la carga emocional que implicó filmar en planos secuencia extensos era propia del teatro”, sostiene el actor, también habituado al lenguaje escénico y con una reciente participación en el ciclo Teatro x la Identidad.
“Rodamos en un espacio del Teatro Lavarden de Rosario, donde se acomodaron todos los decorados; los actores debíamos ingresar y salir, mientras la cámara iba en busca de la siguiente imagen dentro del mismo plano secuencia”. En tanto el actor reconoce una atmósfera cercana a Dogville, el film Lars von Trier. “Aparecen el mundo narco, el poder y las barras del fútbol”, enumera.
Sobre Postiglione, asegura: “Trabajar con él es estar todo el tiempo al borde del abismo, algo que está muy bueno; de pronto hasta puede aparecer la tensión en el set, porque se trabaja de una manera muy audaz”.
Una señal que se “enciende”
—¿Cómo elegís los materiales que te ofrecen para interpretar?
—Me interesa leer las primeras diez páginas de corrido y no claudicar. Si ya noto que no hay coherencia o me cuesta terminar un guion, significa que algo no funciona. En cambio, si leo de principio a fin un material y no me distrae nada, eso enciende una primera señal de interés. Antes elegía; ahora no se puede; hay muy poco trabajo.
Con todo, en los últimos años desarrolló una interesante carrera en Europa, rodando largometrajes y series para plataformas. En nuestro país fue parte de Espartanos, serie producida por Disney y dirigida por Sebastián Pivotto, y ya rodó Zambrano, cuyo elenco lidera Gabriel “Puma” Goity, el spin-off de la serie El encargado, protagonizada por Guillermo Francella.
—En tu deseo, ¿tu flujo como actor se desarrolla mejor ante lo audiovisual o la escena?
—Me interesa todo; ahora estoy muy enganchado con el teatro; me gusta habitarlo y disfrutarlo.
—Sobre todo, teniendo en cuenta la multiplicidad de opciones que ofrece la escena en nuestro país.
—Trabajé en Nueva York, Madrid, Barcelona y conozco la escena de Londres; en ningún lado sucede lo que pasa en la Argentina con el teatro independiente.
En la ciudad que abraza la boca del río Hudson rodó Nobody’s Watching bajo las órdenes de Julia Solomonoff. Por su actuación en este largo, fue reconocido como el mejor actor en el Festival de Tribeca. “El premio me lo entregaron Willem Dafoe y Robert De Niro”. En un estante se luce el diploma que acredita el galardón: “Con Willem Dafoe estuvimos en contacto durante un buen tiempo”.

—La elección de tus personajes y la forma de encarar tu carrera hacen pensar en la ausencia de banalidad en tu oficio.
—No hay banalidad en mi vida; vivo la vida con profundidad, con alegría y desencantos. Eso también me atraviesa como actor.
—Imaginemos que te vuelvo a entrevistar dentro de diez años, ¿cómo suponés que te encontraré?
—Quisiera estar interpretando papeles de un señor cincuentón; en pareja; con Asia ya grande. Espero que me encuentres contento.
