
A comienzos de los años cincuenta, Gina Lollobrigida estaba lista para conquistar la meca del cine hasta que Howard Hughes se cruzó en su camino
En el pico de su fama, su nombre se usaba como sinónimo de la mujer más bella del mundo, aparecía en la tapa de la revista Time en representación del éxito global del cine italiano de posguerra y hasta Humphrey Bogart decía que, comparada con ella, Marilyn Monroe parecía Shirley Temple. Hacia mitad de los años cincuenta, Gina Lollobrigida tenía el mundo a sus pies y su conquista de Hollywood parecía inevitable. Sin embargo, la actriz que a los 19 años había aceptado a regañadientes pequeños papeles en películas italianas cansada de la insistencia de los directores que la habían visto a la salida de la escuela de Bellas Artes, no logró completar el salto a la meca de la industria del cine como lo había imaginado. En su camino se interpuso la obsesión que tenía con ella el más obsesivo de los magnates de Hollywood: Howard Hughes. La historia de cómo el millonario intentó seducirla, contratarla para su estudio y finalmente descarriló su futuro en los Estados Unidos podría usarse como un caso testigo del abuso de poder y manipulación que era la norma en la industria del cine a mediados del siglo pasado.

