
Fue modelo y la sorprendió que la convocaran para conducir un noticiero en Miami; no solo salió airosa, sino que construyó una carrera sin fisuras: hoy se dedica a la escritura y al arte
Hace 22 años, Lana Montalbán decidió radicarse en los Estados Unidos, aunque a lo largo de toda su vida fue y vino entre Buenos Aires, Nueva York y Miami. Trabajó como modelo y mientras estudiaba la carrera de comunicación en la Universidad de Nueva York, la llamaron para conducir un noticiero en Miami, en la cadena Telemundo. Aceptó el desafío, dejó los estudios, se mudó y a partir de entonces se formó sola. Periodista, productora, conductora y escritora, Lana le confiesa a LA NACIÓN que hoy está dedicada a la escritura y las artes, “si bien todavía tengo una agencia de talentos que manejo y ese es mi trabajo. Pero lo que realmente quiero y me dedico es a escribir y hacer arte”, deja en claro. Durante la conversación, recorre toda su historia, se zambulle en los recuerdos de sus inicios, en sus idas y vueltas entre ambos países, y comparte anécdotas y experiencias.
–Tu último libro, Lullabay: canción de cuna, te llevó a investigar sobre tus orígenes, ¿por qué?
–Soy una periodista con 40 años de carrera. Cubrí guerras, conflictos, abusos de menores y todo tipo de eventos desagradables que me han golpeado y entristecido en forma personal, pero lo que me pasó con la invasión rusa a Ucrania no me había sucedido nunca. No solo me afectó en lo personal: directamente me produjo una depresión clínica. No podía dejar de leer sobre el tema, de pensar, de llorar. Hasta que en un momento me di cuenta que crecí ignorando mis raíces. Nunca me interesé demasiado en la historia de mis bisabuelos y abuelos, en saber de dónde venían ni por qué se fueron. Investigué y entonces entendí por qué me pasaba lo que me pasaba. Tres de mis bisabuelos fueron asesinados en Ucrania en lo que se llamaban pogromos, que eran hordas de personas que mataban a judíos. Mis abuelos lograron escaparse y recalaron en la Argentina.

–El libro fue una manera de reivindicar a tus antepasados….
–No tengo una manera racional de explicar lo que me pasó con este conflicto, pero tuve la sensación de que mis antepasados salieron de la tumba para decirme “¡Hacé algo!”. Así, con esa energía. Y sentía lo que estaba sucediendo en Ucrania como si me pasara a mí. No conozco Ucrania, no hablo el idioma y no tenía idea del país; ahora sí. Escribí este libro como si yo fuera la protagonista de esa invasión, de ese conflicto, de esa tristeza y esa depresión, de esa falta de respuesta de por qué me está pasando esto, desde el punto de vista de una niña. Fue una experiencia única para mí. Las ganancias se donan en su totalidad a organizaciones dedicadas a ayudar a niños desplazados, refugiados por el conflicto.
–¿Tenés otros libros en el tintero?
–Tengo una serie de libros que estoy escribiendo, entre ellos mi biografía, una novela en inglés, y varios libros infantiles. El proceso de escribir un libro no es tan sencillo ni tan corto, a menos que te apure una editorial y este no es el caso. Uno escribe un borrador y después lo presenta en un grupo de crítica literaria, les hacen correcciones y lo reescribís capítulo por capítulo, y así las veces que sean necesarias. Hay que esperar el turno porque todo el mundo quiere que lean sus trabajos y pueden pasar meses hasta que lo lean otra vez, y quizá vuelven a hacer correcciones. Entonces el proceso es muy largo, pero tengo muchos libros en el horno. También escribo para varias revistas y diarios de la Argentina y del mundo, y tengo mi blog. Yo escribo mucho. No puedo eliminar el vicio. Pero hoy no vivo de eso, lamentablemente.
–¿Es verdad que revisaste y reescribiste un libro 98 veces?
–Es verdad (risas). Sé que suena un poquito obsesivo y confieso que lo soy. Siempre queda algo en el tintero y un libro podés pensarlo, repensarlo, leer cosas que se escribieron sobre el mismo tema, tener otras perspectivas. Me pasa que cada vez que leo mis escritos, incluso lo que ya he publicado, digo: “Pucha, tendría que haber cambiado esto o sacado lo otro” (risas). Por eso los procesos son largos y no tengo apuro. Me doy el lujo de hacer lo que quiero.

–Toda tu vida fuiste y viniste de la Argentina a los Estados Unidos, ¿cuándo y por qué fue esa primera vez?
–Nací en Buenos Aires, a pocas cuadras del Obelisco, o sea que soy más porteña que el propio Obelisco (risas). A los 18 años me fui a viajar durante dos años por Europa. A la vuelta empecé a trabajar como modelo de pura casualidad: una amiga me llevó a una entrevista y me eligieron para hacer una publicidad de aceites. Era tal mi falta de experiencia que fui a la filmación con mi amiga y mi novio. Trabajaba poco y ganaba mucho, y mientras estudiaba. Me fue bien, hice muchas publicidades, tapas de revistas, y en un año pude comprarme un departamento con lo que ganaba. Una firma de ropa organizó un desfile en Nueva York y me llevó como única modelo argentina. Tuve que llevar una valija de ellos con ropa y otra con mis cosas. Me quedé en un hotel cinco estrellas, que no era representativo de mi vida en ese momento, y cuando llegué a Nueva York me enamoré de la ciudad. Fue amor a primera vista. Llegué a las 7 de la mañana del 10 de diciembre de 1983, día que asumió Raúl Alfonsín. Hacía mucho frío, el cielo estaba celeste sin nubes, crucé el puente de la calle 59, vi todos los edificios brillando y pensé que era un cuento de hadas moderno. Recuerdo que me dije: “De acá no me voy”.
–Y te quedaste…
–Sí. Le pedí a mi mamá que alquilara o vendiera mi departamento y tardaron cinco años en hacerlo porque no se resignaban a que yo no volvería. Y me fui quedando. Al principio fue muy duro; tenía tres trabajos. A la mañana era recepcionista en una peluquería, a la tarde trabajaba en una empresa de catering abriendo champagne en los eventos, y a la noche hacía las adiciones en un restaurante y estaba hasta que se fuera el último comensal. Así, seis días a la semana. Obviamente no tenía papeles y hacía lo que podía. Mientras tanto dejaba fotos en agencias de modelos y un día me llamaron de una de las más importantes, que se llama Elite Model Managment. Me contrataron y empecé a trabajar como modelo en Nueva York.
–¿Y cómo diste el salto al periodismo?
–Estudiaba Comunicación en la Universidad de Nueva York cuando me llamaron de Miami para entrevistarme. No tenía un peso para ir, así que el que después fue mi jefe vino a entrevistarme a Nueva York. Firmamos un contrato vía fax [“¡qué antigüedad!”, se ríe], y me mudé a Miami en diciembre de 1986 para conducir el noticiero nacional de Telemundo. Nunca terminé la carrera: aprendí lo que sé de periodismo formándome a mí misma. Fue una oportunidad absolutamente única. Igual me tiraron a los leones, porque tenía una experiencia muy básica. Describo el inicio de mi carrera como un continuo blooper porque, si bien no me equivocaba todo el tiempo, yo sentía que sí. Ya entonces era muy perfeccionista y fue muy duro. Todos los días, cuando terminaba el noticiero, le pedía a mi jefe que lo viéramos juntos y me dijera en qué podía mejorar. Estuve en Miami durante diez años y volví a Buenos Aires para conducir Edición Plus. También conduje varios noticieros, un talk show que se llamaba Pura Lana, en vivo, fui corresponsal de la NBC. Estuve diez años y finalmente me radiqué en Miami.
–De alguna manera, llegaste al periodismo de casualidad….
–Sí. Había estudiado historia del arte, decoración, diseño de muebles. Experimenté con otras cosas hasta que encontré mi vocación. Pero escribo desde muy chiquita, publiqué mi primera carta para los lectores en un diario local cuando tenía 12 o 13 años. Me carteaba con adultos y recuerdo uno en especial que era un científico que escribió una carta a LA NACIÓN y no sé cómo hice para averiguar la dirección y le mandé una carta; nos carteamos durante unos años. Siempre me gustó escribir y la vida me dio la oportunidad de ejercer la profesión que amé durante tantos años. También trabajé como corresponsal de la Rock and Pop para Argentina.
–¿Cómo fue la experiencia de hacer Edición Plus, el primero de los programas de investigación de nuestra televisión?
–Llegué un domingo a la mañana a Buenos Aires y el lunes temprano ya estaba en la oficina de producción. Sin descanso. El otro día leí un artículo sobre cuánto tiempo debería tomarse de licencia una madre que da a luz. Yo di a luz y a las dos semanas ya estaba de vuelta conduciendo Edición Plus. No me he tomado muchas licencias en mi vida, lamentablemente; no sé qué me pasaba, era un poco workaholic (adicta al trabajo). El programa duró tres años, pero fue un hito en la historia de la televisión argentina y dio inicio a muchos otros programas que se hicieron después, como por ejemplo Telenoche investiga. Todos fueron creados por personas que trabajaban conmigo en Edición Plus. Yo hacía las entrevistas, proponía temas, estaba totalmente involucrada.
–Contabas que sos una persona muy sensible, ¿tenías algún secreto para no conmoverte y poder seguir conduciendo?
–Soy una persona extremadamente sensible, capaz de ponerme a llorar en un comercial de ayuda a perritos desamparados. Me costó muchísimo construir esa pared de acero porque las cosas me afectan; ver a un chico que sufre, a un anciano abusado, a un perrito abandonado. Todo me afecta. De alguna manera tenés que aprender a actuar y hacer tripas corazón. En periodismo aprendí que mis sentimientos no son importantes, que la noticia es protagonista. Ahora se ve otro tipo de periodismo: el periodista pone caras, hace expresiones, opina, mueve las manos, dice malas palabras. En mi época tenías que ser neutral y hasta me enseñaron que no había que mover las manos porque expresan lo que sentís. En la Argentina me preguntaban por qué no las movía y en Edición Plus me pidieron que lo hiciera. Al principio era muy gracioso porque yo terminaba de decir algo y después las movía: iban a destiempo. Tampoco podía usar aros que se movieran porque distraía. Con los años, y sobre todo después de maternidad, ese paredón de acero se desmoronó. De hecho, en Edición Plus hubo una nota en la que entrevisté a una pareja que tenía Sida, y eran padres de una nena de seis años. En ese momento no había cóctel de drogas: te morías. Al terminar la entrevista, la chica y yo nos abrazamos y lloramos las dos a moco tendido y yo me enojé mucho con el cameraman porque siguió grabando y no me gustaba mostrar mis sentimientos. Cuando dejé de conducir no me importó nada y si quiero llorar, lloro, como dice Moria Casán. Lo que me emociona, me emociona y ya no me reprimo.
–Volver a Miami y quedarte definitivamente, ¿fue una decisión?
–Fue una decisión. En ese momento yo estaba casada de un señor del que estoy felizmente divorciada, y tuvimos tres episodios de inseguridad y violencia en Buenos Aires. Me acuerdo que pensé que no iba a sentarme a esperar al cuarto a ver si nos pegaban un tiro en la cabeza. Primero pensamos en ir al sur, a Uruguay, a Chile. Pero probamos en los Estados Unidos porque tengo documentos. Vinimos con una mano atrás y otra adelante. Nadie me estaba esperando. Trabajé de recepcionista, de maquilladora. Es como si hubiera vivido muchas vidas.
–¿Y poco a poco te rearmaste y volviste a los medios?
–Sí, volví a los medios, trabajé para Univisión, Hola TV y varios medios, pero nunca fue la carrera prominente que tenía antes.
–¿Por qué elegiste Miami y no Nueva York, ciudad de la que estabas enamorada?
–Me desenamoré rápidamente una vez que entraron ladrones por la ventana mientras yo dormía. Entonces, a partir de ese episodio empecé a ver las cosas que a mucha gente no le gustan de Nueva York. Nunca había tenido miedo y andaba sola de noche hasta cualquier hora, y después de eso tuve miedo hasta de día, andaba con gas paralizante, dormía con un cuchillo debajo de la almohada, puse alarmas en el departamento. Ese episodio me sacó la paz y la tranquilidad con la que vivía hasta entonces.
–¿Seguís conectada con nuestro país y al tanto de la actualidad?
–Tengo amigos que viven en Miami hace 40 años y está todo el día con un canal de la Argentina. No me pasa eso, pero de vez en cuando veo un noticiero, un programa y sí leo las noticias: me interesa lo que pasa y estoy absolutamente informada de todo. No estoy obsesionada. Me mudé a Buenos Aires creyendo que era un contrato temporario y me quedé diez años, gané premios, tuve una hija y me establecí otra vez ahí. Sin embargo, nunca me sentí totalmente cómoda, porque hay algo de la idiosincrasia argentina que me encanta y otra que no.
–¿Cómo ves la realidad de nuestro país?
–Como siempre, muy convulsionada. Veo que es un país que tiene todo para ser una potencia mundial, recursos humanos recursos naturales, paisajes, clima, energía eólica, de agua, minería, y también tiene un exceso de políticos corruptos. Y son elegidos por los argentinos, por lo cual entiendo que este tipo de personajes les queda como una horma para los zapatos. Dostoievski escribió un libro que se llama Crimen y castigo y en la Argentina en muchos casos es crimen sin castigo. Eso hace que el país no progrese, con una justicia en connivencia con el poder político, policías corruptos y corrupción en la idiosincrasia del argentino; nadie te mira mal porque pagás menos impuestos o diste una coima o no paraste en un semáforo en rojo. Estados Unidos tiene muchos defectos, pero no está visto con buenos ojos que no cumplas con las reglas. El extremo sería Suiza y yo me siento más cerca de Suiza que a la Argentina. Hasta que no se ordene la sociedad, el país no va a poder cumplir con el potencial que tiene. Ojalá lo puedan hacer y en mi vida pueda ver a la Argentina con la que soñamos tanto. Pero no estoy segura que suceda.
–¿Cuál fue la mejor noticia que diste? ¿Y la peor?
–Es muy difícil la pregunta porque son muchos años de carrera en distintos medios y formatos, desde noticieros a programa de investigación pasando por un talk show en vivo como Pura Lana. Y teniendo en cuenta que mi disco duro está algo dañado y no recuerdo algunas cosas (risas), diría que me llegan al corazón todas las noticias que tienen que ver con los vulnerables, como los niños, los animales, los viejitos. En 1987 era la conductora nacional de la cadena Telemundo y cubríamos furiosamente el intento de rescate de una bebita, Jessica McClure, quien cayó a un pozo de agua abandonado en Texas. Dos días aguanté la respiración: la sacaron viva. Aún recuerdo la emoción. Como el ying y yang, la peor noticia fue la estaba cubriendo en vivo en San Nicolás cuando trabajaba para Canal 9. En marzo de 1998, un chiquito llamado Cristian, de 5 años, también cayó a un pozo, pero el accidente terminó en tragedia. Recuerdo mi dificultad para transmitir el desenlace en vivo a la audiencia. Son cosas que te quedan para siempre.
–Entrevistaste a líderes políticos, religiosos, celebridades, ¿alguna fue especial? ¿Por qué?
–De haber podido evitar entrevistar a políticos, lo habría hecho. En general, son lo menos sincero que hay y no los sacás de su discurso ensayado ni a trompadas (risas). Es demasiado difícil elegir cuando entrevisté a gente de todo tipo en casi cuatro décadas de carrera. Pero lo mejor fue el programa Pura Lana. Era en vivo, duraba una hora, pero al ser cable solo tenía una pausa comercial. Con total libertad y una buena audiencia, tuve invitados maravillosos como Roberto Fontanarrosa, Adolfo Castelo, Ricardo Darín, Antonio Gasalla, Eliseo Subiela, China Zorrilla, Marcos Aguinis, Pérez Celis y Adolfo Bioy Casares, entre muchos otros. Marcela Maillmann era mi maravillosa productora. No voy a contestar cuál fue mi entrevista favorita sino al contrario, aunque ciertamente memorable por lo pésima: Bioy Casares. Fue una de las peores entrevistas de mi carrera. Mis preguntas no eran buenas y él aparentemente estaba de mal humor. Pero bueno. Uno aprende de todo.
–Tu hija Nicole, ¿a qué se dedica?
–Vive en Nueva York y creó una empresa que hace corpiños para mujeres que tienen problemas de movilidad en la parte superior del cuerpo. Entonces es un corpiño que te podes poner de ocho formas diferentes con una sola mano. Se inspiró en mi mamá, que en los últimos años de su vida tuvo artritis. Un día, mi hija le quiso regalar un corpiño cómodo, y no encontraron nada. Entonces le dijo que iba a crear el corpiño que le sirviera. Lamentablemente fue cuando la abuela ya había fallecido, pero la empresa se llama como mi mamá, Rosa. La empresa es Springrose.



