
Las crónicas de la época hablaban de una muerte “por tristeza”, lejos de la Buenos Aires que lo adoptó y de la Mendoza que lo vio crecer
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No se merecía terminar así. Dicen los que lo conocieron que murió de tristeza. En el exilio, lejos de su familia, de sus amigos -salvo algunos que habían sufrido su misma suerte y eran sus pilares de contención-, del público que lo reconocía como el enorme actor que era. Sin estridencias, sin escándalos, sin nada más que su claridad conceptual, sus convicciones y su talento, Luis Politti construyó una cercanía con la gente, que se convirtió en su mejor capital. Por eso es que la extrañaba tanto, por eso es que se lo extraña tanto.
Por Guillermo Courau

