
Junto a su mujer Elena Maza y su hija Laura, posa en su finca de 700 hectáreas en Rivadavia, Mendoza, y repasa los momentos más fascinantes de su historia como bodeguero
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El recuerdo más marcado que tengo es a mis 10 o 12 años, cuando noté por primera vez cómo cambiaban mis padres cuando llegaban acá”.
Así empieza su charla con ¡Hola! Argentina Nicolás Catena (76) al hablar de “La Vendimia”, la finca de 700 hectáreas que sus padres, Domingo Vicente y Angélica Zapata, compraron en los años 40 y que se convirtieron en el refugio familiar. “Ellos eran personas muy formales y cuando estaban acá se convertían en dos adolescentes divertidos. Supongo que el pueblo y la bodega eran sinónimo de obligaciones y esta casa, de disfrute y descanso”, continúa Nicolás, factótum de esa revolución que le abrió las puertas del mundo a los vinos argentinos, hace veinte años. “Después de la muerte de mi madre [a causa de un accidente automovilístico], mi padre convirtió ‘La Vendimia’ en un lugar de reunión con sus amigos. Él era un político importante y los domingos organizaba almuerzos que se transformaron en tradición. En el pueblo se consideraba un honor ser invitado a uno de sus encuentros”, asegura Nicolás junto a su hija Laura (48), quien tomó las riendas de la bodega hace una década.
EL CORAZÓN DE UNA FAMILIA
–Laura, ¿cuáles son tus primeros recuerdos en “La Vendimia”?
–A mí me encantaba ir a “La Libertad”, la casa de mi abuelo en Rivadavia. Para mí, “La Vendimia” era el lugar donde mis padres recibían amigos y La Libertad, donde yo me encontraba con el nonno, que nos convidaba un prosciutto riquísimo hecho por él.
–¿En qué momento te amigaste con este lugar?
–Cuando fui mamá. Mis hijos [Luca (18), Dante (15) y Nicola (11)] adoran venir al campo de sus abuelos. Acá juegan al truco, al ping-pong, al sapo, al ajedrez, andan a caballo, hacen empanadas con mamá. Como sus primos, los hijos de mis hermanos Ernesto (51) y Adrianna (34), los recuerdos más lindos de su infancia los construyen acá.
–Nicolás, la anfitriona de esta casa es su mujer, Elena Maza. ¿Qué le aportó ella a este lugar?
Nicolás: Elena se enamoró de “La Vendimia” apenas la conoció y desde que nos casamos, es quien la cuida. Es su lugar de encuentro con nuestros nietos, a quienes adoramos.
Laura: A mamá le encanta estar “a cargo” de la familia. Se ocupa de que estemos bien. Ella es quien nos enseñó a todos a andar en bicicleta y a nadar.
–Nicolás, después tantos años juntos, ¿cuál es su secreto de esta historia de amor?
–Es un tema que hablamos mucho con Elena. Después de 54 años juntos, creemos que es porque disentimos mucho y, de alguna manera, eso nos obliga a resolver nuestras diferencias a través del diálogo. A los dos nos encanta filosofar y como tenemos tanto para hablar, acordamos un día y una hora para hacerlo. Así fue toda nuestra vida y se ve que nos funcionó. [Sonríe]
LA VISIÓN DE UN PIONERO
–Si mira hacia atrás, ¿qué es lo que más orgullo le da de todo lo que logró?
–Si bien nada se equipara con nuestros hijos, que son mi principal fuente de orgullo, haber posicionado el vino argentino en el mundo es uno de los logros que más satisfacción me da. En 1982, muy poco tiempo antes de que naciera Adrianna, fui a la Universidad de Berkley como profesor invitado. Como Napa Valley [la zona vinícola norteamericana por excelencia] estaba muy cerca de ahí, fui a conocer y tuve una revelación: los californianos se habían propuesto hacer vinos a la altura de los mejores vinos franceses y esas ganas me inspiraron a hacer lo mismo en la Argentina. Por ese entonces yo tenía 41 años y hacía casi dos décadas que estaba al mando de la bodega que había fundado mi abuelo Nicola [quien plantó su primera viña en Mendoza en 1902, a orillas del río Tunuyán] y estaba en condiciones de retirarme porque me había ido muy bien.
–¿Qué lo motivó a no hacerlo?
–Saber que, aunque éramos líderes en el mercado argentino, nadie en el exterior sabía que en nuestro país hacíamos tan buenos vinos. Apenas volví puse manos a la obra y la revolución que empecé en nuestra bodega cambió la historia del vino en la Argentina: en cuatro años, la industria entera se transformó y la importación creció de una manera excepcional.
–¿De dónde vienen esas ganas suyas de ir por más?
–Mi papá era hijo de un inmigrante, cuya cultura era la del progreso. Mi abuelo, que había nacido en Belforte del Chienti, vino a América para hacerse rico y lo logró con trabajo, ahorro e inversión. Esa es la cultura que le inculcó a mi padre y que yo heredé de él.
–De chico, ¿soñaba con conducir la compañía familiar?
–Mi vocación nunca fue ser empresario. Yo quería ser un intelectual como mi madre, que fue directora de escuela en Rivadavia, pero también quería darle el gusto a mi padre de continuar con el proyecto de mi abuelo… Tanto es así que rechacé la posibilidad de hacer un Doctorado en la Universidad de Chicago, con todo pago, para entrar a la bodega. Al poco tiempo, me cedió el mando. Yo tenía 23 años.
TOMAR LAS RIENDAS
–Laura, estás al mando de la única bodega argentina que sigue en manos de la familia que la fundó.
–Es muy emocionante tener la oportunidad de continuar el legado de mi bisabuelo, pero, como a papá, lo que más me mueve es lo patriótico. Si bien afuera ya saben que nuestro país es el quinto productor de vino, mi obsesión es que un vino argentino –que puede ser Catena o no– sea tan respetado como un Romanée-Conti o un Château Lafite.
–¿Cuándo empezó tu affaire con el vino?
–A los 18, cuando acompañé a papá a Francia por primera vez, en calidad de traductora oficial. Cuando estaba estudiando Biología en Harvard, mi papá me había dado una extensión de su tarjeta de crédito para que compre vinos top, que probábamos cuando él iba a visitarme. Poco a poco, me convertí en “sus ojos” en los Estados Unidos y me acuerdo como si fuera hoy la charla en la que le dije: “Papá, si queremos hacer algo importante, tenemos que apostar por el Malbec”, que era la uva preferida de mi abuelo. Teníamos una viña que él plantó en los años 30 y con la que producíamos a volumen. Dos años después, a mis 27, presentamos nuestro primer Malbec de calidad. Juntos, logramos que una uva que había sido muy famosa en Francia del Medioevo renaciera en Argentina.
–¿Cuándo tomaste la decisión de meterte de lleno en el negocio familiar?
–Un año después de haber lanzado el Malbec, fuimos la primera bodega sudamericana invitada al New York Wine Experience, un evento de bodegas muy importante y fue muy fuerte ver cómo nadie frenaba en nuestro stand a probar nuestros vinos. Ahí me di cuenta de que la Argentina no existía en el mapa vinícola mundial y tomé consciencia de lo difícil que era el objetivo que se había planteado papá. Al día siguiente, lo llamé y le dije: “Voy a trabajar medio día con vos y, como bióloga, lo primero que quiero hacer es entender nuestro clima, nuestras plantas y nuestros suelos”.
–Tenés tres hijos, dirigís la bodega desde los Estados Unidos y, además, sos profesora en el Hospital Universitario de San Francisco. ¿Cómo te organizás?
–Aunque parece mucho, no lo es porque no trabajo todos los días en el hospital. Más que un esfuerzo, lo considero una inversión: trabajar en un lugar dedicado a la investigación bioquímica me da herramientas que después aplico en la bodega. Por otro lado, hace mucho tiempo acepté no sacarme 10 en todo: que mis hijos se sientan queridos, hacer los mejores vinos y ser una excelente profesora son mis prioridades y estoy en paz con sacarme notas suficientes en las otras áreas de mi vida.
–¿Cómo es trabajar con tu padre?
–Trabajar con él siempre fue divertido y placentero porque nunca competimos. Desde el minuto uno, él quiso lo mejor para mí y, juntos, logramos que nuestra bodega exportara a setenta países. Eso fue posible porque papá fue y es un mentor increíble. Sabe escuchar, se interesa por las ideas de demás y tiene una mente abierta, algo que hoy, sigue siendo muy inusual.
Texto y producción: María Güiraldes
Fotos: Pilar Bustelo
Maquillaje y peinado: Laura Mendoza
Agradecimientos: Como quieres que te quiera, Converse, Pía Carregal y Vans



