
Sylvester Stallone: una infancia marcada por el abandono, la arrogancia de la fama y los excesos que pagó con su cuerpo
A los 80 años, el actor repasa en sus nuevas memorias una vida atravesada por el desamparo y la violencia familiar, pero también habla de sus errores como padre, sus éxitos profesionales y el momento de “pereza” que lo llevó a tomar malas decisiones
Sylvester Stallone ha ocupado un gran lugar en nuestro imaginario popular durante 50 años, desde que irrumpió en la pantalla interpretando al icónico Rocky Balboa, un boxeador con los pronósticos en su contra, en una película que él mismo escribió y que ganó el Oscar a mejor película. Muchas más películas de Rocky vinieron después de eso, y también otra franquicia, Rambo, que anunció una nueva era del cine de acción en la que Stallone y su antiguo némesis, Arnold Schwarzenegger, encarnaron un tipo muy específico de masculinidad: físicamente imponente, moralmente inequívoca y emocionalmente distante.
Ahora a sus 80 años, y con unas nuevas memorias, tituladas Los escalones (un guiño a las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia que famosamente subió en Rocky), Stallone está listo para examinar su propia vida, su trabajo y el impacto que ha tenido en nuestra cultura. Como me dijo en nuestras conversaciones francas y, a veces, impactantes, él puede “construir un castillo de arrepentimientos” por lo que su ambición y su fama le hicieron a su mente y a su cuerpo. También explicó cómo su infancia tan difícil, con unos padres abusivos y negligentes, motivó la imagen de tipo duro que le mostró al mundo.
—Escribiste en Los escalones que en momentos difíciles de tu vida, te decías a ti mismo que guardaras esos recuerdos “en una caja” y los evitaras, que simplemente siguieras adelante. ¿Cómo fue volver atrás y repasar algunas de estas cosas para este libro?
—Fue una mezcla de emociones. Hubo algunas lágrimas, algunas risas, algo de ira y amargura. Y luego pensé: “Tal vez esa fue la motivación para hacer algo extraordinario en lugar de no tener angustia dentro de mí”. Es como decir: “El tipo te dio un puñetazo en la boca, pero ¿te hizo un favor?“. De verdad creo que los padres son los escultores, y están esculpiendo su obra maestra, o su desastre.
—La forma en que llegaste al mundo fue, en muchos sentidos, la forma en que lo has habitado: con mucho caos y mucho drama. ¿Me podés contar sobre el día en que naciste?
—Mi madre también venía de una vida muy turbulenta y, la verdad, no tenía madera de madre. Tenía planes grandiosos para su vida, así que su embarazo conmigo fue una gran interrupción. No creo que quisiera aceptar que estaba pasando, a pesar de que estaba en el noveno mes. Al final iba en un autobús y entra en trabajo de parto. Fue horrible. Por casualidad estaba cerca de un centro médico, digamos, como una sala de beneficencia.
—Y las personas que te trajeron al mundo usaron fórceps y paralizaron parcialmente tu rostro.
—Podría haber sido peor, porque a veces eso causa daño cerebral, aunque tal vez me pasó eso también. [Risas] Fue horrible crecer así, porque arrastraba las palabras y hablaba entre dientes. Era 10 veces peor que Rocky.
—¿Te veías a ti mismo con una discapacidad cuando eras joven?
—Sí. Si tienes ceceo o tartamudeo, estás muy familiarizado con ello. Pero otras personas dicen: “¿Qué? ¿Qué idioma es ese?”.
—En el libro pareces insinuar que ambos padres vieron tu llegada como algo que había arruinado sus ambiciones de alguna manera. Escribiste: “¿De verdad se puede hacer sentir orgullosa a la gente que nunca te quiso en primer lugar?”. Y cuando eras muy pequeño, te enviaron a vivir a un pensionado, y tus padres solo te visitaban una vez al mes. ¿Cómo entendías eso de niño?
—No sé si había algún mecanismo preventivo o algún bloqueo por haber sido completamente abandonado, pero me criaron desconocidos y eso se convirtió en un entorno natural para mí. Mis padres nunca fueron cariñosos, así que esto fue en realidad una ventaja en comparación con donde vivía.
—Creo que, si te ves privado emocionalmente de niño, aprendes a encerrar las cosas por dentro; por eso empecé con esa cita sobre encerrar las cosas. ¿Crees que eso te hizo duro?
—De la manera equivocada, sí. Me hizo muy duro. Y literalmente no descubrí el amor real y verdadero hasta que cumplí 70 años. Tener de verdad un amor inequívocamente verdadero, ese abandono total, ese amor temerario por el que te lanzarías a un volcán por alguien, eso llegó tarde. Y eso es una gran lástima. Estaba tan consumido con no ser otro vago más del barrio. Era muy, muy competitivo, como un pitbull. Eso fue lo que me impulsó. No es sano.
—Tus padres tuvieron este matrimonio muy hostil y violento, y se divorciaron cuando tenías unos 11 años. ¿Qué recuerdas de esa separación?
—Fue traumático. Cuando mi mamá dijo: “Me voy, ya no voy a vivir aquí”, recuerdo agarrarme de su pierna y que literalmente me arrastraba. Y ella liberó su pierna, salió por la puerta, y eso fue todo. Mi hermano llegó a casa un poco después de eso y no había nadie allí. Supongo que mi padre me llevó a la tienda o algo así, de manera que él fue abandonado y nunca lo superó. Nunca.
—Esa escena tuya agarrado de la pierna de tu madre... Lo siento mucho. ¿Qué estaba pasando?
—No lo sé porque ella nunca fue una persona amorosa. Pero hay una conexión al nacer que tienen algunas personas que es tan palpable, que pase lo que pase, no puedes romper con esta necesidad de tener la atención de esta persona. Es eléctrico. Y luego que te priven de eso y te dejen en la oscuridad, es terrible.
—Es cien por ciento cierto: nunca puedes deshacerte de la conexión con tus padres. Terminaste viviendo con tu papá. A él le encantaban los caballos y jugaba al polo. Pero ¿cómo fue vivir solo con tu papá? Porque eso tampoco suena como una gran época.
—Eran estas constantes explosiones grandilocuentes y luego silencio total. Si él y yo estábamos hablando y yo decía: “No sé si estoy de acuerdo con eso”, empezaba a hacer girar el tenedor y a chasquear los dientes, y ya sabías lo que venía. Y, de repente, ¡zas! Tenía unas manos enormes. Aprendes a esquivar los golpes. No puse muchas cosas en el libro porque no quería que pareciera una sesión de autocompasión, pero era una locura. Por ejemplo, antes de ir a la iglesia él dijo: “Ve a la tienda y compra pan”. Traigo a casa crema para sándwich, no pan, y me pateó en el estómago, me dejó tendido, se subió al auto y se fue a la iglesia. Y ahí estoy yo, en la calle, con mayonesa. De verdad, es increíble.

—Tu papá no solo era abusivo, sino que competía contigo. A menudo trataba de superarte, de humillarte. Te convertiste en un muy buen jugador de polo, y en un partido de polo, te bajó a rastras del caballo y te golpeó frente a todos. ¿Por qué crees que él era así contigo?
—No lo sé. Su padre era así. Su padre era un barbero muy estoico y con bigote. Dicen que una mosca posada en una tonelada de [improperio] de vaca se cree un rey. Tenía esta especie de arrogancia y era frío como el hielo, y así mi padre era muy, muy frío y duro. Había un gato haciendo ruido afuera de la casa. Él salió, agarró al gato, lo llevó al cuarto de lavado, le disparó y lo dejó en la tina de lavado. Creo que lo hizo para impresionarme. Como diciendo, nunca serás tan duro como tu viejo. Y no lo seré. No hay posibilidad. Esa es otra liga totalmente distinta.
—Sigues usando la palabra “rudo”. Pero yo no oigo rudo. Oigo dañado.
—Sabes, tienes razón. Estoy usando “rudo” como un estandarte masculino para algo mucho más perverso y raro.
—Y sombrío.
—Y sombrío.
—Con todo ese drama y toda esa violencia, ¿había algo de amor entre ustedes dos?
—Solo en su lecho de muerte. Es tan raro… Mi madre nunca me abrazó, jamás. ¿Besar? Olvídalo. Siempre era una cosa al aire. Y mi padre no era mejor. Pero nunca lo voy a olvidar, tendría tal vez 9 años, y él me hacía cuidar de sus caballos. Veníamos de regreso del establo. Él está manejando, y me quedé dormido. Así que puso mi cabeza en su rodilla y sus manos en mi cabeza. Nunca superé eso. Pensé, guau, así es como se siente. Solo una simple caricia en el cabello de tu hijo. Pero eso fue todo. Fue una sola vez y ya.
—Fuiste a muchas escuelas diferentes durante este período, incluida una para niños que necesitaban disciplina, un reformatorio.
—Devereux.

—Escribes sobre haber sido internado en un pabellón psiquiátrico, y fue una de las cosas más escalofriantes que he leído. ¿Me puedes contar esa historia y por qué la incluiste?
—En esa escuela, había cinco departamentos diferentes para distintas edades. Y en mi grupo de edad, los adolescentes, si te escapabas a escondidas para ver a una chica o hacer algo así, te reprendían llevándote a un lugar llamado Park Lodge, o el Foso de las Serpientes. Por fuera parecía una enorme y antigua casa estilo Tudor de la década de 1920, y luego entrabas y te adentrabas en el corazón mismo de la locura. El olor, la mugre, gente corriendo desnuda, arañando, con las manos atadas, babeando. Esto es lo que pensaban que te impresionaría para nunca volver a romper las reglas.
—¿Y cuánto tiempo te dejaron ahí?
—Estuve ahí un par de semanas. Fue una locura. Pero esto para mí fue también una de las mejores cosas que me pasaron. Dije, sé que van a intentar doblegarme. Fui atacado ahí. Intentaron arrancarme la ingle.
—¿Qué quieres decir?
—Había un tipo llamado Jay Bird. Era hijo de un actor llamado Lloyd Nolan, y lo habían internado ahí. Era grande, no tenía pelo, siempre andaba desnudo, tenía los dientes podridos. Le llamaban Jay Bird porque siempre andaba desnudo como un pajarito. Y yo entro al baño de camino al comedor, y él entra y se me acerca y comienza como a desgarrarme la garganta y mete las manos en mis pantalones y me agarra la ingle. Luego entran los dos guardias y le dan una paliza con correas para afilar navajas. Yo digo: “¿Qué diablos le pasa?”. Y ellos dijeron: “Estás en un manicomio, muchacho. No le pasa nada. Está loco”. Pero déjame ir al grano. Cuando salí de allí y estaba parado frente al director de la escuela y él me dijo: “¿Aprendiste tu lección?”, le dije: “Aprendí mucho más que esa lección. Una lección mucho mejor: no pueden doblegarme”. Así que cuando llegué a la ciudad y todo lo que vino después, siempre sentí que era inquebrantable en ese sentido. Mi corazón sí se podía romper, como el de cualquier ser humano, pero estoy hablando de la voluntad. [Nos pusimos en contacto con Devereux para pedir comentarios después de esta entrevista, y un portavoz respondió que, aunque no habían leído el libro, respetan el “derecho de Stallone de contar su historia a su manera”, se toman en serio su relato y lamentan “cualquier trauma que recuerde haber experimentado”].
—Terminaste apareciendo en la ciudad de Nueva York cuando eras un veinteañero. Habías abandonado la universidad en este punto. Viajaste de mochilero por Europa y no tenías dinero. Tenías un sueño, sin embargo, de que querías convertirte en actor, y tomas un trabajo como acomodador en un cine. Lo que se percibe es lo obsesivo que te volviste. Empiezas a escribir los diálogos de tus películas favoritas. ¿Qué intentabas hacer ahí?
—Realmente intentaba aprender. Me decía: “Soy inexistente”. Me pongo este uniforme ridículo y la gente ni siquiera te ve, pero yo puedo ver a qué reacciona el público, dónde se ríen, dónde no, quién se levanta, por qué se levanta. Escuchas y hablas sobre la película. Y luego empecé a anotarlo. Vivía en una celda. Era muy diminuta. Tal vez una habitación de 2,4 por 2,7 metros. Así que me sentaba en mi cama y tenía estos viejos discos de Traffic y Blood, Sweat and Tears, y esos eran mi escritorio. Y simplemente iba transcribiendo notas. A veces pensaba: ¿Y si esto es todo, Sly? Estás sentado en medio de una cama como un tonto, haciendo algo que a cualquier otro le sonaría tan estúpido. Luego venía el miedo, y es como lo del pabellón psiquiátrico: no vayas ahí. Toma el miedo, trágatelo, sigue adelante.
—Tenías un apartamento con las ventanas oscurecidas, donde escribías guiones durante días sin parar. En este período, te estabas metiendo en conflictos. Pero también pasabas tus días no solo escribiendo sino yendo al MoMA. Escribiste en el libro: “En mi centro hay un caldero de emociones a fuego lento que puede desbordarse con volatilidad, pero que también puede canalizarse hacia un propósito artístico profundo”. ¿Crees que alguna vez aprendiste a controlar ese caldero?
—Es muy, muy explosivo. Al final de Rambo, hay un ataque de nervios. No estaba escrito así, pero salió. Dije: “Esto viene de ese caldero”. Es la autoindignación de ser atropellado, descartado, porque así es como me sentía. Puedes llamarme feo, puedes llamarme bajo, pero no me llames estúpido. Porque eso era lo que solía decir mi padre. Y literalmente, me convertía en un maníaco para demostrar que no soy estúpido. Y simplemente trabajaba y trabajaba y trabajaba. Por ejemplo, tengo 80 años, y esta mañana me levanté a las 5 a estudiar un diálogo que no tengo que grabar hasta dentro de un mes.

—Esa escena en Rambo es simplemente icónica. La estaba viendo de nuevo justo ayer. Estás lleno de rabia y de dolor.
—La forma en que estaba escrita era, se supone que me suicido de una manera muy genial. Dije, espera un minuto, hay miles y miles de hombres a los que les faltan partes de sus cuerpos que realmente pensaron que estaban haciendo algo que valía la pena. Estaban siguiendo las reglas y órdenes de su país, y luego cuando regresaron se les veía como aberraciones, Frankensteins, monstruos. Entonces empecé a identificarme, así es como me sentí al crecer. Y esta rabia que deben sentir, que no sus padres sino su país los está despreciando —sus verdaderos padres, por los que literalmente perdieron sangre y amigos y murieron—, de verdad me identifiqué con esta actitud despectiva con la que crecí todo el tiempo. Y vaya, cuando veo esas imágenes, me veo distorsionado. Me había ido por unos segundos. A veces en la actuación o pintando o escribiendo, simplemente te pierdes subliminalmente. No sabes dónde estás. Tal vez pasa en el sexo por dos segundos, donde literalmente te quedas en blanco. ¿Qué fue eso?
—¿Fue una sola toma?
—Fue una sola toma.
—Para volver a este período cuando estabas en tu apartamento con las ventanas oscurecidas: estás intentando abrirte camino como actor. Recibes muchos rechazos por tu aspecto. Y escribes Rocky para ti mismo. Los estudios se entusiasman con el guion, y es una historia bien conocida que el estudio trató de pagarte cada vez más dinero para que no estuvieras en la película. Querían a James Caan o Ryan O’Neal, pero te la dieron porque te mantuviste firme. ¿Fue porque tenías la sensación de que esta era tu última oportunidad?
—Esto era todo. Estaba acabado. Tenía menos de 100 dólares en el banco, y no sé si fue algo espiritual, pero dije: “Dios, sé en mi corazón que me arrepentiré de esto por el resto de mi vida, y seré un hombre más destrozado que si nunca hubiera hecho esto en primer lugar”. No sé por qué sabía esto, porque no había tenido ningún éxito. Era un novato, y tenían todo el derecho de no querer usarme. Si alguien viniera a mí e hiciera lo mismo y se viera como yo y arrastrara las palabras, yo diría: “Vamos, hombre. No eres aceptable para muchas personas diferentes en este país”. Pero yo simplemente sabía que esta es la encrucijada. Este es el puente. Y si no lo cruzas, entonces salta de él. No voy a hacer que alguien más lo haga. Sabía que me odiaría a mí mismo. Me mataría… emocionalmente, es decir. No de verdad.

—¿Puedo preguntarte solo sobre esto que pasó durante Rocky? Esta es tu gran oportunidad. Lo has sacrificado todo por ello. Te dan el papel. No eres nadie. Todo depende de la película. Y le das a tu papá el papel de cronometrador que hace sonar la campana en el combate de boxeo culminante. ¡Y se convirtió en un desastre! ¿Por qué le dejaste entrar de nuevo en tu vida?
—Fue como: solo quiero que me quieras un poquito. Como diciendo, ¡mira lo que hice! Compártelo conmigo. Sé que pensaste que fui un tonto toda mi vida, pero aquí estamos. Él no tocó la campana correctamente, y seguí peleando y peleando y peleando. Todo está coreografiado. Es uno, dos, tres, cuatro, campana. No seis, siete, ocho, nueve, diez. Carl Weathers decía: “¿Qué está pasando?”. Y claro, al final todo terminó en un altercado. Se puso muy feo. Un drama italiano de los malos. Pero por un momento pensé, Dios, él estaría orgulloso.
—Más tarde terminas invitando a tu mamá a los Oscar por Rocky y ella te ignora. Como hemos discutido aquí, ella era difícil. Y eso es decirlo suavemente. Eres bastante mordaz con ella en el libro. Y luego en la década de 1990 se convierte en una vidente famosa. ¿Cómo manejaste la dinámica cuando ella ve la cercanía a tu fama como una oportunidad financiera?
—Fue muy difícil. Se había casado tres veces más, y luego la vi haciéndose pasar por vidente con un turbante y pedrería y esta bufonería. O iba a Howard Stern y se burlaba de mi padre y le llamaba cosas terribles y luego se ponían al teléfono. ¡Y yo tenía a mi padre y a mi madre peleando en Howard Stern! ¿Qué otro tipo tiene que pasar por esto?

—Sí, esto fue en 1992. Tuvieron esta horrible discusión en vivo.
—Es increíble. ¿Por qué irías y te humillarías? ¿Por qué me humillas a mí, a mis hijos? ¡Detente! Te pagaré lo que sea para hacer lo que quieras: los mejores restaurantes, cualquier cosa. Solo vive tu vida e intenta estar orgullosa. Ella dice: “¿Por qué no estás orgulloso de mí?”. Nunca lo olvidaré. Le pregunté: “¿Alguna vez has hecho algo malo? ¿Tienes algún remordimiento?”. Ella responde: “No, ¿por qué?”. Guau. Yo vivo de arrepentimientos. Puedo hacer un castillo de arrepentimientos.
—¿Fuiste a terapia más adelante en tu vida?
—No. No va a ayudar, porque esto no desaparece. Lo cubres todo con subterfugios e ideología y esto y aquello intelectual y respiración y meditación hasta que ese momento, a altas horas de la noche, puf. Estás de vuelta allí, y ahora estás con ansiedad. ¿Alguna vez has tenido ansiedad?
—Oh, sí...
—Toda esa ansiedad que todos tienen viene de algo que está profundamente arraigado.
—Cuéntame sobre la primera vez que sufriste ansiedad.
—La primera vez fue cuando tenía 36 años y estaba viendo las tomas diarias de rodaje, y de repente me levanté y el pelo de mi nuca se erizó y empecé a sentir calor y digo, me muero, esto es todo, me voy de aquí. Y bang, caí. Puse una rodilla, gateé, rodé, y ahora estoy en este oscuro cine. ¿De dónde [improperio] salió esto? Y luego pasó otra vez, y otra, y otra. Desapareció por cinco años. Y luego siempre parece pasar, como justo cuando te preparas para ir al programa Today, ¡boom! ¿Alguien tiene un Xanax? Es muy tarde. Así que te sientas allí, aferrado a una silla.
—Creo que a la gente le resultaría muy reconfortante saber que hayas experimentado eso.
—Ah, muchísimo. Especialmente a medida que me fui haciendo mayor. Cuando estoy entre una multitud, estaría con mi esposa en una exposición de arte y la habitación se está llenando. Se vuelve más y más, y entonces yo digo: “Me estoy cayendo”, y ella dice: “Salgamos de aquí”. Y literalmente solo llego al callejón, boom, me pongo de rodillas. Así que hay algo todavía burbujeando dentro, supurando. Es una maravilla, por ejemplo, que todavía tengamos magma y lava 4000 millones de años después en el centro de la Tierra. ¿Cuánto se tarda en enfriar un huevo? Dios mío. Nuestras emociones siempre están al borde de la erupción.

—A pesar de tener una educación tan perturbadora, te has convertido en padre de cinco hijos. ¿Qué aprendiste sobre ser un buen padre, considerando que no tuviste modelos a seguir para eso?
—La verdad es que no fui un muy buen padre. Mi esposa, Jennifer, es la mejor mujer de todas. Y es la más entregada. Yo no tengo esa capacidad de abandonar por completo mi propio yo por alguien más. Ella crió a mis hijas de esa manera. Mi primer matrimonio no fue así. Estaba en mi modo guerrero. Vamos a conquistar el mundo. Todo quedó en el camino. Fue una manera mísera de existir.
—Sufriste una pérdida inimaginable en 2012 cuando murió tu hijo mayor, Sage. Tenía una afección cardíaca no diagnosticada que lo mató cuando solo tenía 36 años. Imagino que eso debe haberte cambiado profundamente.
—El asunto es que tienes tantos episodios de culpa. Como: ¿Qué pude haber hecho? ¿Debería haber estado allí? ¿Qué pasaría si hiciera eso? ¿Si fuera a la derecha o a la izquierda? Nunca lo voy a olvidar, fue tan frío: el nuevo esposo de mi madre, al que nunca había conocido, que era médico, me llamó y me dijo: “Sly, se fue. Sage se fue”. Yo dije: “¿Se fue adónde?”. “Murió, se fue. Lo siento”. Clic.

—¿Así fue como te enteraste?
—Así es. Debido al funeral, lidiar con la madre, lidiar con tu vida en el presente, simplemente te lleva a otro mundo completamente distinto. Piensas: “Guau, me estoy manteniendo firme. ¿Cuándo va a pasar?“. Y como una semana después, estaba solo en mi habitación, y salió de mí un lamento que nunca había escuchado antes ni desde entonces. Era todo dolor, duelo y culpa. No era humano. Pero lo único que puedo decir es que él era un chico muy amable. Tenía una madre extraordinaria. Habría hecho cosas maravillosas en el futuro. Simplemente no tenía idea de que tenía algo que esperarías que tuviera un adulto muy avanzado. Pero no, no superas eso.
—Lo siento.
—[Sacude la cabeza]
—Volviendo a Rocky...
—Volviendo a Rocky.
—Obtuvo 10 nominaciones al Oscar. Terminó ganando mejor película. Y terminas capturando la imaginación del público. Me interesa mucho que reflexiones sobre esta transición, de un actor luchando por abrirse paso, a convertirte de repente en la estrella más candente de Hollywood. ¿Veías la fama de la misma manera que el pabellón psiquiátrico, como: esto no me va a cambiar? ¿O lo veías como: esto es todo lo que siempre quise? Porque la fama rompe a algunas personas.
—No me rompió a mí. Me hizo combativo. Me hizo muy vengativo, del tipo te lo dije. Rencoroso. Yo era tan insufrible. Incluso con The New York Times, decía: “Oh, Madame Bovary, cualquiera podría escribir eso”. Me convertí en un niño petulante. Años después, me despreciaba a mí mismo. Me sorprende seguir aquí. Me las arreglé para alienar a toda la prensa y a las personas que creyeron en mí. Simplemente no era humilde. No había humildad en absoluto. De nuevo, son solo erupciones de la infancia que salen a la superficie en el momento más inoportuno.
—Arnold Schwarzenegger, del que ahora eres amigo, era una gran estrella de acción en ese entonces, y has dicho que no soportabas estar en la misma habitación. ¿Por qué lo odiabas tanto?
—Porque era un desafío. Pensaba que yo tenía algo en marcha. Luego veo a este tipo, esta fuerza inamovible, un ser humano muy seguro de sí mismo, incluso más que yo, y más psicológico en la forma en que manipulaba y hacía las cosas con mucha astucia. No de una manera negativa, sino sagazmente. Yo era una fuerza contundente; él era genial a lo Maquiavelo. Está ganando estos premios, y es culturista, y yo me considero algo más de un ——
—Un actor de teatro.
—Un actor de teatro, un dramaturgo peripatético que simplemente deambula por el país actuando. [Risas] Y dije, guau, este es el tipo con el que voy a tener problemas. Y efectivamente, los tuvimos. Simplemente nos atacábamos el uno al otro, lo cual resultó ser fantástico. Me arrepiento de algunas de las cosas que dije sobre él, pero me antagonizó de una manera creativa, y yo a él. Nos obligó a seguir subiendo más, con armas más grandes, más ruidoso, más acción, cuerpos destripados, todo, hasta que realmente forjamos un nicho que nunca volverá a surgir del todo, ese género de acción exagerado de la década de 1980 que él y yo fuimos pioneros.
—Es como un matrimonio creativo, en cierto modo.
—Es como Ali y Frazier. Necesitas esa cosa que te saca a la superficie más que a cualquier otra persona. Ni siquiera es odio. Es este tipo, no se irá. Sueño con él. Estoy en su mente. Él está en mi mente. Es muy raro. Finalmente terminamos trabajando juntos en Los indestructibles, y yo voy de campaña electoral para él. Increíble.
—¿Cuándo fue el momento en que ustedes dos dejaron esto atrás? ¿Vino simplemente con la edad y con él pasándose a la política?
—Sí. Al principio pensé: “Vamos, ¿actores en política? Esto es agua y aceite, porque los actores están muy ensimismados, y los políticos, si son buenos, deberían ser lo opuesto". Pero definitivamente él fue sincero al respecto, y no sé por qué pero me pidió que estuviera en un evento. Y efectivamente, entonces congeniamos. Él es único.

—Quiero preguntarte sobre tu cuerpo.
—Bueno, ahora te estás poniendo personal.
—En varios momentos de tu carrera estuviste excepcionalmente musculoso, lo cual no era tu complexión antes de Rocky. ¿Cómo ha cambiado tu relación con tu cuerpo a lo largo del tiempo?
—Se volvió muy íntima, se podría decir. Era mi armadura. Miré a Rocky: un tipo muy suave, de aspecto muy normal. Y luego dije, creo que el personaje empezaría a volverse un poco más vanidoso. Y luego en Rambo, estás interpretando a un guerrero, así que serías un poco más animal. No serías tan suave. Así que empecé a pensar: diseña tu cuerpo como un jaguar, un felino. No grande como Arnold, sino más salvaje y agresivo y muy ágil y atlético. Luego se convirtió en una obsesión. Realmente mala. Llegó al punto en que me volví bulímico. Lo escuchaste aquí primero. Bajé al 2,6 por ciento de grasa corporal cuando estaba haciendo Rocky III, y no podía retener nada. O no quería retenerlo porque me volví tan obsesionado con mantenerme en ese punto de condición física, literalmente una especie de obsesión de adoración al cuerpo. Y nadie lo hace sin aditivos y drogas, punto. No me importa lo que digan. No es que seas un drogadicto, pero si vas a hacer ejercicio e intentar mantenerte en forma durante seis meses seguidos, y estás comiendo solo yogur y pudín, eso no va a pasar.
—¿Entonces estabas tomando esteroides, estás diciendo?
—Ay, Dios mío, tienes que hacerlo. Pero lo haces de una manera sensata: seis semanas sí, seis semanas no. La gente dice: “Oh, no te pones así de forma natural”. No, no lo haces. Pero eso también tuvo un costo terrible. No fue hasta que hice Tierra de policías, cuando tuve que interpretar al tipo más débil de la sala —parcialmente sordo, con sobrepeso— que me sentí algo liberado. Luego las cosas se torcieron y simplemente caí en desgracia con Hollywood. Pero sí, he abusado de mi cuerpo. He tenido nueve operaciones de espalda, dos operaciones de hombro, tres fusiones de cervicales. Todo está sostenido con alambre de fardo, pero todavía quiero mantenerme en buena forma.

—¿Todavía lo ves como tu armadura?
—No, no, no.
—Porque todavía estás en forma, y tienes 80 años.
—Estoy más o menos en forma, pero tomo muchas pastillas para seguir adelante. Ha tenido un precio terrible. Si pudiera hacerlo de nuevo, diría: “Deja que otra persona lleve el estandarte y no hagas tus propias escenas de riesgo”. No sé qué era eso de estarme lastimando todo el tiempo.
—¿Era masoquista?
—Muy masoquista. Y todo esto se remonta a papá y allá en el campo de polo: no, no vas a doblegarme. Pero sí te quiebras un poco… físicamente, no mentalmente.
—Dijiste algo antes sobre los arrepentimientos, y que no llegas a tener tu edad en tu carrera sin una montaña de ellos.
—Es horrible. Es la niebla de la guerra, la guerra de intentar triunfar, y puedes culpar a eso o al mezquino ensimismamiento, y vaya que duele. Pero el ayer ya murió. ¿Te perdonas a ti mismo por haber sido un desgraciado? No, simplemente te arrepientes. Le negaste tu amor a otras personas, pero también te hiciste algo peor a ti mismo.
—¿Has perdonado a tus padres?
—[Pausa] He aceptado que son quienes son. Supongo que se podría decir, sí, lo he hecho. Definitivamente es un tratado de paz delicado, pero ¿qué vamos a hacer? ¿Andar por ahí gritándoles a fantasmas? ¡Vuelvan aquí! ¡No hemos terminado! No, no puedo. Todo lo que puedo hacer es atesorar cada segundo, porque seamos sinceros, puedo ver la luz al final del túnel.
—Siempre has emanado invencibilidad. Esa ha sido tu persona en tu vida y en muchos de tus papeles. Así que es algo asombroso verte ser tan vulnerable.
—[Risas] Aunque pongo esta fachada de tener armadura, realmente tengo mucha empatía por las personas que simplemente no tuvieron un respiro en la vida. Por eso creo que Rocky fue un éxito tan grande.
—Hablaste de cómo nadie devolvía tus llamadas en Hollywood durante un período a fines de la década de 1990. Y esto fue cuando tuviste películas a las que no les fue bien: El juez, Infierno en el túnel, El implacable, Alta velocidad, D-Tox, Avenging Angelo. Me topé con una entrevista que diste a The New York Times en 1992. El artículo cita a un destacado agente de Hollywood que dijo: “Creo que es un activo en disminución. Con cada película que hace, cae un poco más bajo. Es el nuevo Burt Reynolds”. ¿Cómo explicas este período de películas no tan geniales? ¿Fue un problema de control de calidad?
—Realmente lo fue. No me apliqué a la calidad real y a los componentes, es decir, el director adecuado, la coprotagonista adecuada, la publicidad adecuada, el tema musical adecuado. Estas son cosas a las que solía aplicarme de verdad. Y supongo que simplemente me volví perezoso y empecé este remolino.
—¿Qué le hace al alma de una persona artística hacer películas que no son buenas?
—Es una muerte en la familia. No es como si hoy no vendieras una aspiradora. Está por todo el mundo. Y hay una parte de la naturaleza humana que se deleita en eso. No me lo tomo de manera personal. Creo que muy a menudo, la naturaleza humana dice: “OK, ya ha tenido suficiente tiempo, traigamos a la nueva generación”. Cuando alcanzas cierta edad en este negocio, se convierte en una carrera muy, muy competitiva, delicada y tenue. Por eso creo que es un negocio muy neurótico a veces, porque el producto eres tú. No es como “Oh, estás rechazando mi chaqueta de cuero. No, no nos gustas tú”. Siempre he dicho que el artista muere dos veces. La segunda muerte es la más fácil, en comparación con la muerte en tu carrera en la que te están desestimando. Pero me despertó y estaba tan vigorizado empezando a escribir. El momento más difícil y el que más me enorgullece por mucho en mi vida es Rocky Balboa, porque nadie lo quería. Estaba acabado… y cuando digo acabado, quiero decir, mi agente me despidió, los mánagers me despidieron. Yo digo: ‘OK, esto suena muy familiar. Empecemos de nuevo. Veamos si podemos hacerlo a los 60′. Así que fue un viaje fantástico hacia lo desconocido.
—Tengo una pregunta sobre Rambo. Como comentamos, la primera película fue bastante complicada, trataba sobre este veterano que fue descartado por su país y que tenía trastorno de estrés postraumático. Pero luego, con el tiempo, el personaje se convierte en este clásico héroe de película de acción, con menos profundidad de la que tenía el personaje original.
—Totalmente cierto. Y eso es culpa mía. Realmente no me enfoqué en la profundidad de lo que todavía estaba pasando mientras intentaba salvar a los prisioneros de guerra. Él está intentando salvar su propia alma. Nunca entramos en eso. Es pura bravuconería, bravuconería, bravuconería. Eso es todo obra mía. Te das cuenta de que flexionar tus músculos es mucho más fácil que mostrar tu alma. Y fue terrible. Era como una caricatura.
—Llegó a definir esta proyección del poder estadounidense. Y en una entrevista en 1985, cuando hablabas de tu visión de la guerra y de tu política, dijiste: “Si tienes el poder como Estados Unidos, si vas a hablar con firmeza y llevar un gran garrote, eventualmente tienes que usarlo o pensarán que estás fanfarroneando”. ¿Representaba Rambo una parte de tu visión del mundo en ese momento?
—Sí. Y ahora me doy cuenta de que toda guerra es inútil. Es un mecanismo para ganar toneladas de dinero para el departamento de guerra y los fabricantes, y estos chicos simplemente van allá a una picadora de carne, siendo despedazados, y luego cuando regresan sin brazos les dicen: “Oh, lo siento, estás por tu cuenta”. Lo odio y me opongo amargamente a ello. Pero en un tiempo yo era verdaderamente entusiasta. No sé si simplemente estaba intentando ir contra la corriente. En Hollywood, hay una cierta dinámica, como sabes. Creo que fue simplemente ingenuidad, la verdad, porque leo mucho, especialmente después de Rambo: acorralado, y digo: “Guau, esto es brutal, esto es horrible, no hay gloria en la guerra. Ninguna”.
—¿Cuándo te convertiste en alguien contra la guerra?
—Mira, si estás bajo ataque, por supuesto que tienes que defenderte. No quiero meterme en política ahora, pero todas las guerras básicamente destruyen ambos bandos. Realmente crea esta horrible historia. Se guardan rencores, se destruyen países y se redibujan las líneas, ¿para qué?

—Sé que no quieres hablar de política, pero me interesa algo que acabas de decir, que es esta idea de que Hollywood sea liberal y de que a ti te vean como un conservador político. ¿Te puso eso en conflicto en lo que se percibía como una industria liberal, o esa percepción en realidad es errónea?
—Es errónea. Entiendo totalmente por qué la percepción es imborrable. Cuando salió Rocky, yo era tan ingenuo. Estaba acercándome a los 30, y ni siquiera sabía la diferencia entre demócrata y republicano. Pero Rocky se envolvió en una bandera. Todas las películas contra las que competíamos en ese momento eran muy políticas, extremadamente eruditas, intelectuales. Y Rocky no era eso. Era emocional. Creo que de inmediato eso me puso de este lado. Y luego cuando hice Rambo, siendo yo patriota, y él es un belicista, causó una gran brecha. Ojalá no fuera así, porque realmente creo que muchos de estos actores tienen gran empatía, un gran corazón, y de verdad están más a favor del hombre trabajador allí en las trincheras. Y ahí es donde yo vivo, ¿sabes a lo que me refiero? Pero no se me considera eso. Y a veces dices cosas y no te das cuenta de los efectos a largo plazo.
—Dijiste algo antes que realmente me llamó la atención. Dijiste que puedes “ver la luz al final del túnel”, lo que tomé como el final de tu vida. Y me preguntaba cómo te sientes sobre la muerte y sobre que haya menos tiempo frente a ti que el que hay detrás de ti.
—En modo pánico.
—¿De verdad?
—Por lo que dije antes: construí un castillo con miles de piedras hechas de arrepentimientos. Estoy intentando compensarlo a mi pequeña manera, y no sé si hay suficiente tiempo. No hay suficiente tiempo. Lo que tengo que hacer es simplemente enfocarme en aquellos que realmente me necesitan y en aquellos que quiero que sigan adelante y tengan su propia vida y legado. A los 78, ahí es donde la compañía de seguros dice, ese es el promedio. Así que estoy dos años en tiempo prestado, y lo estoy compensando tanto como puedo, porque nunca eres demasiado mayor para estar enamorado, nunca eres demasiado mayor para bailar con los grandes recuerdos que has tenido, y no revolcarse en el peor pantano de todos, que es el pantano de la soledad. Ese es un verdadero entierro prematuro.
