
Siento una atracción especial por lo difícil
Es un buen narrador y disfruta contando historias de su familia, viejos cuentos de vida y de muerte. "Mi abuelo paterno, Julio Oyhanarte, fue el primer periodista asesinado en la Argentina. Ocurrió en la ciudad de Rojas, el 1º de marzo de 1896; mi abuelo tenía un diario, La Verdad, y estaba conversando con su amigo Bernal en una esquina. Entonces vinieron y los mataron a balazos a los dos, al parecer por cosas que había publicado el diario... Era una época dura, ¿cuál no lo es? La historia me la contó mi amigo Félix Luna, hace tiempo", recuerda Horacio Oyhanarte, director de relaciones institucionales de Buenos Aires Lírica, una empresa cultural que emprendió en octubre del año último con el embajador Juan Archibaldo Lanús (otro amigo) y el propio Félix Luna.
-¿Cuál es la función de un director de relaciones institucionales?
-El título es presuntuoso, lo mejor es levantarlo y mirar lo que hay debajo, es decir, contar un poco como soy. Me gustan todas las formas de arte, especialmente la música y, dentro de la música, la ópera. Además, hacer algo por los demás, que es la gran tarea de mi vida. Participar en la creación de proyectos y convocar a la gente para llevarlos adelante. Una tarea que pocos quieren asumir, porque es la parte oscura del emprendimiento artístico, su financiación.
-Algo difícil, supongo.
-Si usted hojea el programa de L’ italiana in Algeri, el drama jocoso en dos actos, de Rossini, que estamos presentando en el teatro Avenida, encontrará muchas firmas importantes, pero ninguno de esos auspicios son donaciones. Se trata de gente comprometida, asociada al proyecto. Aunque no lo crea, cuando alguien me ofrece dinero lo rechazo (¡no crea que estoy loco!), porque lo que busco es otra cosa: incorporarlo al proyecto.¿Se entiende? Quiero decir que las firmas que aparecen en el programa están tan preocupadas por el éxito de Buenos Aires Lírica como Frank Marmorek, su director, o María Alicia Bourdieu de Menéndez Behety, su secretaria.
-¿Qué es Buenos Aires Lírica?
-Fundamentalmente, una propuesta alternativa para la gente joven con muy buen nivel que egresa de los institutos (el Colón, entre otros) y no encuentra dónde expresarse. Toda una aventura, porque el proyecto nace y se desarrolla en uno de los peores momentos de la historia argentina. En medio de una difícil crisis económica, Pero la verdad es que siento una especial atracción por lo difícil... y Buenos Aires Lírica es todo un desafío. Por otra parte, tratamos de lograr que todo ese talento que se fue del país regrese o, al menos, participe periódicamente en buenos espectáculos. Un ejemplo es el de la mezzosoprano Mariana Rewerski y el barítono Armando Noguera, que actuan en L’ italiana.
-¿De dónde viene el amor por la ópera?
-La ópera es algo que siempre estuvo en mi vida. Desde 1960, tengo un palco en el Teatro Colón y Beatriz, mi esposa, es una entusiasta. Pero hay óperas que tienen un atractivo especial para mí, como Madama Butterfly, de Puccini. Creo que, en parte, por el quimono de María Luisa del Carril, mi madre.
-¿Qué ocurrió con el quimono?
-La historia comienza en Tokio, después de la Primera Guerra Mundial, donde mi abuelo, Alejandro del Carril, era el embajador argentino. Mi madre tenía 18 años y debía prepararse para una ceremonia sumamente compleja: ser presentada al emperador Yoshihito, el padre de Hirohito. Sería la primera mujer latinoamericana aceptada en la corte. La preparación duró un año y la maestra de ceremonias que le asignaron fue la prima del emperador. Debía hablar japonés perfectamente y vestir un quimono realizado por una familia de artesanos que diseñaba los ropajes imperiales desde hacía 600 años. Era de seda y pintado a mano. Cuando le preguntaron a mi madre qué motivo le gustaría para pintarlo en su quimono, ella dijo butterfly, mariposa, y ése fue el tema. Pasó mucho tiempo y en marzo de este año, cuando estábamos en el Avenida preparando la versión de Madama Butterfly, hacía falta un quimono para la protagonista. Entonces, ofrecí el de mi madre, que se conservaba como el primer día. Pero cuando se lo llevé a Mimi Zuccheri, la diseñadora de vestuario, ella rechazó la idea: "Es una joya, me dijo, una obra de arte, de valor inestimable y usarlo es un riesgo muy grande".
-¿Alguna otra historia?
-Cuentan que cuando mi abuelo materno vivía en Japón tenía dos casas, una residencia estilo occidental en Tokio y otra típicamente nipona en Yokohama. El 9 de septiembre de 1923, se trasladaba con su familia en un tren desde Tokio hasta Yokohama, cuando sobrevino el mayor terremoto de la historia del país del Sol Naciente. Se salvaron por milagro. El piso se abría y mi abuelo salvó a su familia arrojándola a las vías, uno de los pocos lugares seguros, porque los durmientes formaban una suerte de rejilla e impedían la caída al abismo. Estuvieron tres horas así, hasta que los rescataron, pero Yokohama quedó totalmente destruida, con 100.000 muertos, 500.000 heridos y dos millones y medio de seres sin hogar. Sin embargo, el esfuerzo ordenado y constante durante años logró hacerla revivir. Y ésa es una de las enseñanzas fabulosas que nos da la vida, la posibilidad de renacer.
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