Annie: un clásico de Broadway modernizado para las nuevas generaciones
Con el atractivo del debut de Lizy Tagliani en el género musical y de un elenco de talentosísimas niñas, la nueva versión teatral del derrotero de la famosa huérfana aúna renovación estética y emoción por igual
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Autores:Thomas Meehan (libro), Charles Strouse (música) y Martín Charnin (letras). Director: Mariano Demaría. Elenco: Lizy Tagliani, Miguel Ángel Rodriguez, Julieta Nair Calvo, Gustavo Monje, Ivanna Rossi y otros. Escenografía: Tato Fernández. Coreografías: Analía González. Iluminación: Mariano Demaría y Santiago Cámara. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Sonido: Eugenio Mellano Lanfranco. Dirección vocal: Virginia Módica. Sala: Teatro Broadway (Av. Corrientes 1155). Funciones: jueves a las 19; viernes, sábados y domingos a las 15 y a las 18. Duración: 95 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.
Hay musicales que con el tiempo se convierten en clásicos y otros, simplemente en antiguos. El caso de Annie se ubica entre ambas posibilidades. Por eso, depende mucho de la puesta en escena hacia dónde se inclina su categorización y, por supuesto, los resultados. La versión argentina (estrenada con sumo éxito hace unos días en el Teatro Broadway), felizmente, se caracteriza tanto por su aggiornamento a los tiempos que corren como por retener la carga emotiva que la historia de la huérfana tuvo en un principio. Digamos que esta versión está destinada a las nuevas generaciones, a las jóvenes madres que se criaron viendo Chiquititas y Rincón de luz, y a las niñas que hoy se deslumbran con TikTok. Por eso, es bien dinámica y no se detiene en subhistorias.

Por supuesto que un purista del género podría objetar la reducción de su extensión a 95 minutos (de las dos horas y medias originales), –que deviene en la pérdida de tres temas musicales y algunas escenas (como la del encuentro de Annie con el presidente de los Estados Unidos), más la total omisión a la Gran Depresión de los años 30, que es el momento histórico en el que se enmarca la historia-, pero la verdad es que la síntesis lograda hace ganar en ritmo al espectáculo e impulsa la atención sin atajos hasta el final. Un logro fundamental del director y versionista Mariano Demaría (que así vuelve a acertar con su criterio tras la codirección del multipremiado suceso de la avenida Corrientes, Rocky).

La historia de Annie es muy conocida, no solo por las sucesivas versiones teatrales que tuvo en todo el mundo desde su estreno en Broadway en 1977 (incluida la que se conoció aquí, en el Teatro Lola Membrives, en 1982, con Raúl Lavie, Jovita Luna, María Alexandra, Eleonora Wexler, Nancy Anka y Noelia Noto, en el rol principal), sino, fundamentalmente, por las dos películas estrenadas en 1981 y 2014, y el telefilm producido por Disney en 1999 (que pareciera haber sido la base de la adaptación actual de Demaría).
Si bien la acción de la obra comienza cuando la niña tiene 11 años, es sabido que fue dejada por sus padres, prácticamente al nacer, en la puerta del Orfanato Municipal de Nueva York. Desde entonces convive junto a un gran grupo de niñas de su misma condición y sufre todo tipo de oprobios por parte de la responsable de la institución, la temible y patética Miss Hannigan. Su suerte parece cambiar cuando es escogida por Grace Farrell, la secretaria del multimillonario Oliver Warbucks, para pasar una Navidad en la mansión del magnate (que en principio se muestra como un cascarrabias y luego se desvela por darle todos los gustos y hasta quiere adoptarla). Las cosas se complican cuando los supuestos padres de la niña interrumpen la fiesta.

Los actores
Todo esto sucede entre tema y tema y diversas coreografías, que a veces solo remarcan lo que sucede y otras incentivan la acción. En tres ocasiones se puede escuchar (el ya a esta altura himno imperecedero) “Mañana”, verdadera columna vertebral de Annie, que en cada ocasión emociona e invitar a cantar. También se suceden otros clásicos de la pieza, como “Ya no aguanto más”, “Huérfanas”, “Nueva York” y “Quiero ser un señor”. Algunos son interpretados por el afiatado grupo de niñas (que en realidad son tres, que van rotando función tras función), otros por la protagonista de la obra (en la función de prensa fue la pequeña Emma García Torrecilla, un verdadero encanto desde todo punto de vista, que canta y actúa muy bien) y el resto por los coprotagonistas adultos.
Entre ellos se destaca Miguel Ángel Rodriguez, como Oliver Warbucks, que además de cantar muy bien se nota que tiene un excelente rapport con los niños, y Gustavo Monje e Ivanna Rossi, como siempre excelentes en cualquier musical que participen, en esta ocasión como una pareja tan ruin como disparatada. Mención aparte para Julieta Nair Calvo, como la dulce y determinada secretaria Grace Farrell, que aquí puede demostrar por fin todas sus condiciones para el género (incluidos su don para el baile y su registro vocal lírico). Su labor es una delicia y la convierte en firme candidata para protagonizar en un futuro cercano dos de los más ambiciosos proyectos que están en danza: La novicia rebelde y Mary Poppins.

Por último, merece remarcarse el debut de Lizy Tagliani en una comedia musical. Obviamente no es una artista formada en el género, pero lo que ella hace funciona y suma muchísimo al espectáculo. El rol que le tocó en suerte –el de Miss Hannigan- es muy riesgoso, si no se le imprime el humor exacto puede llegar a asustar. Lo mejor de su interpretación es que no le tiene miedo al ridículo, por eso no duda en hacer cualquier cosa -inclusive tirarse al piso o eructar- si la acción se lo requiere o se lo permite. A su innegable histrionismo y repentismo (en cada función hace algún agregado gracioso) le suma aquí cierta rigurosidad a la hora de cantar y bailar. Bien por ella y por el público.
Lo más importante de esta versión de Annie es que auna modernidad y emoción. Lo primero está dado por los arcos luminosos que enmarcan el escenario (muy al estilo de la puesta teatral de Wicked), por el mecanismo giratorio que se encuentra en el medio de este y por los distintos paneles escenográficos que bajan permanentemente a ritmo acelerado (otra gran diferencia con la versión local de 1982, cuando la lentitud de los cambios escenográficos obligaba a extensos números orquestados). Todo esta labor conjunta entre el escenógrafo Tato Fernández y los iluminadores Mariano Demaría y Santiago Cámara (los tres recientes ganadores de Premios ACE por Rocky).
Otro punto importante de renovación estética y estilística son las coreografías de Analía González (que ya dejó su impronta en Matilda), con pasos y juegos de brazos muy definidos y potentes. La emoción la aporta cada uno de los actores, desde el último del ensamble hasta la niña protagonista. Gracias a ellos la historia de Annie no resulta sensiblera, sino un claro ejemplo de amor, altruismo y solidaridad, algo muy necesario hoy en día.
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