El Colón aclamó al genial mimo
A los 82 años, sigue siendo la figura máxima del género mudo
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Por primera vez, el gran Marcel Marceau se presentó en el Teatro Colón ante un público que lo terminó ovacionando durante largos minutos. Un público que al finalizar la supuesta función de gala (supuesta porque las únicas que tienen tal característica son las funciones de gran abono de la temporada lírica) dejó al margen cierto formalismo para culminar coreando un "olé, olé", cántico más familiar en el mundillo del deporte o del rock que de una noche de lujo como la que se vivió anteayer en el Colón.
Lujo porque el discípulo de Etienne Decroux tiene la capacidad de imaginar situaciones que toman vida. El público ve lo que dibujan su mente y su cuerpo. El público oye esos latidos. Así de sencillo y así de complejo.
En la rutina de noventa minutos que se presentó bajo el título "La despedida", Marcel Marceau expone su enorme sensibilidad en medio de un espacio vacío y un respetuoso silencio de teatro a lleno. En una entrevista recientemente publicada en la revista de LA NACION, el maestro había dicho que "en el silencio el mimo descubre el arte de hacer vivir el pensamiento". A juzgar por los resultados, la razón está de su lado.
Es que este artista de 82 años mantiene el don de su arte y el don de atraer multitudes (sin ir más lejos, los organizadores programaron una nueva función para el próximo lunes en el Gran Rex).
Lo que queda latiendo
Sin embargo, esta nueva presentación del creador del Bip, su personaje más famoso, que gestó cuando tenía 23 años, impone reflexionar sobre esta expresión ancestral y sobre el papel que ocupa este señor enorme y bajito.
En un reportaje publicado la semana pasada en la sección cultural del diario El Mundo, de España, el gran Lindsay Kemp (coreógrafo, bailarín, mimo, actor y director de escena creador de "Flowers") opinó lo siguiente cuando el periodista le consultó si no creía que el mimo estaba desprestigiado: "El mimo se ha vendido, y por eso tiene ese desprestigio. Su grandeza ha sido prácticamente olvidada. Sólo Marcel Marceau sobrevive como el último eslabón de esa gran línea, pero le han salido muchos imitadores, lo que ha contribuido al estancamiento del arte. Se ha convertido en algo superficial y dependiente de la técnica, y ése es un gran error. Por eso lo encuentro tan aburrido. Para mí la gran mímica está más cerca de la danza que de ninguna otra cosa".
Seguramente nadie va dudar de la grandeza de Marcel Marceau (ni el mismo Lindsay Kemp lo hace), pero a juzgar por las visitas a Buenos Aires que el maestro realizó en estos últimos años (siempre anunciadas como su despedida de las tablas) y en las que actuó casi la misma rutina que hizo anteayer, parece ser que él expresa el grado más exquisito y, a la vez, el techo al cual ha llegado su creador más representativo y el mimo como tal. Quizá sin querer, el mismo Marceau se ha convertido en cómplice de que ese lenguaje no investigue otros terrenos, no se haya renovado o no haya ganado nuevos públicos.
Ningún mimo tiene la llegada mediática que tiene Marcel Marceau. Nadie tiene su fama. Nadie su trascendencia. Nadie llena teatros en distintas partes del mundo con gente que legítimamente cae rendida a sus pies. Sin embargo, parece ser que se ha quedado solo (aunque se presente junto a dos discípulos que ocupan un tan segundo plano que es imposible abrir un juicio sobre sus actuaciones).
Habría que recordar que en la Buenos Aires de la década del ochenta las dos escuelas de mimo (la de Angel Elizondo y la de Escobar-Lerchundi) ocupaban un digno lugar en la escena del under de aquel momento. Más allá de cierta moda pasajera, había un trabajo profundo que tenía sus adeptos, su público y hasta sus fanáticos. El mimo promovía debates, estaba en la calle y en los escenarios, tenía vida.
Ya para ese entonces Marceau llenaba los teatros de la avenida Corrientes y el público, luego de su paso por la ciudad, tenía la posibilidad de confrontarse con otras expresiones ligadas a su arte.
Actualmente, más allá de propuestas aisladas, ese inquietante diálogo ya no existe. Sólo quedan las visitas del gran Marcel Marceau reiterándose a sí mismo.




