
A 75 años de su nacimiento, ¿la televisión de aire está condenada a desaparecer o puede reinventarse?
En el aniversario de la primera emisión, la TV Pública hoy volverá a llamarse Canal 7, un cambio que se produce en plena transformación e incertidumbre de un medio que supo reinar por décadas en todos los hogares
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La televisión argentina cumple hoy 75 años. Lo que celebramos es un aniversario redondo (nada menos que las bodas de diamante) de algo que fue único durante muchísimo tiempo y en la visión de no pocas figuras e instituciones influyentes tiene en la actualidad los días contados. Quienes defienden esa idea sostienen que la TV en los términos tradicionales que se configuraron desde su origen es antigua, aburrida, desactualizada y no cuenta con las herramientas y los recursos que se necesitan a esta altura del siglo XXI para competir con el resto de las pantallas. Sostienen (y cuesta a esta altura desmentirlos) que con la expansión de las plataformas de streaming, los espacios abiertos al contenido generado por los propios usuarios (con YouTube a la cabeza) y los dispositivos móviles que desplazaron en apariencia a los reproductores más grandes en las preferencias de uso y consumo de las generaciones más jóvenes, ya no hay vuelta atrás. Lo que viene es otra cosa: fragmentada, multiplicada, pero ajena a lo que siempre consideramos televisión.
Sin embargo, esa misma realidad se empeña en desmentir una y otra vez esos augurios. Aunque hoy se siga hablando mucho más de Netflix, Disney+, YouTube o las ficciones verticales que inundan plataformas como TikTok y nombres como eltrece, Telefe, Canal 7 (o como se llame lo que antes llamamos ATC y la TV Pública) pertenezcan solo al vocabulario de la “gente más grande” sobran indicios, señales, datos y números para asegurar que la televisión de siempre tiene futuro. Se resiste a quedar pasada de moda.
En el atardecer del pasado martes 14, frente a un nutrido auditorio de profesionales e integrantes de todas las áreas del sector audiovisual argentino que colmó la platea del Teatro Liceo, el empresario teatral Carlos Rottemberg reveló un dato de altísimo poder simbólico. Contó que por primera vez en las estadísticas de concurrencia a las salas teatrales que maneja la AADET (Asociación Argentina de Empresarios Teatrales y Musicales), el espectáculo encabezado por Agustín “Rada” Aristarán fue el más visto de los últimos días, superando a consagrados como Guillermo Francella (Desde el jardín) y Adrián Suar (Sottovoce).

“Y no fue porque Agustín fuera mejor que hace cuatro años, cuando también se presentaba en el teatro, sino porque ahora aparece todas las noches en televisión”, agregó Rottemberg. Podríamos agregar que esa razón también es la que lleva a muchos espectadores a querer verlo en el teatro, como ocurría en otro tiempo con Suar y Francella, dos de las figuras más populares surgidas de la televisión argentina en las últimas décadas.
Más allá de sostenerse o no en las próximas semanas, ese dato confirma que sigue habiendo público frente a las propuestas de la TV tradicional, la que funciona como toda la vida a partir de una programación fija emitida en tiempo real con bloques artísticos y tandas publicitarias. Rada es uno de los puntales del ciclo nocturno de eltrece Otro día perdido, conducido por Mario Pergolini, uno de los pocos envíos de actualidad de la TV abierta que genera hoy en la Argentina genuina curiosidad, atrae al público y abre espacios de conversación en otros ámbitos (redes sociales, otras pantallas) a lo largo de varios días.
Una realidad cambiante
La reconocida productora audiovisual Vanessa Ragone hizo otro oportuno aporte en el mismo encuentro, convocado por la Sociedad Argentina de Gestión de Autores Intérpretes (Sagai) para debatir el destino de la ficción en el universo audiovisual argentino. Justamente la ficción, un puntal histórico de la televisión tradicional que hoy sí puede decirse que está casi extinguida en los canales de aire locales.
Ragone se confesó adicta de La promesa, una telenovela española de época absolutamente clásica (ambientada en la Andalucía de principios del siglo XX) que lleva 926 episodios emitidos todas las tardes por RTVE, la emisora pública de la península. Está acercándose allí el final de la quinta temporada. Lo interesante para nosotros es que las cuatro temporadas iniciales completas están disponibles en la Argentina a través de la plataforma HBO Max.

Lo importante aquí es que esta ficción monumental fue realizada por un canal público (Televisión Española) y dos productoras privadas (la poderosa StudioCanal, de origen francés, y la española Bambú) y llega a audiencias internacionales vía streaming, pero su primer destinatario es el público hispano que sigue la televisión lineal, la de toda la vida.
Estamos ante una verdadera convergencia, el escenario que la mayoría de los observadores vislumbra para la próxima etapa de la TV tradicional y la única que podría garantizar su continuidad. Hace tiempo que en el Primer Mundo se viene hablando de un “streaming gratuito” u otro tipo de modelo híbrido que en algún momento terminará agrupando datos, interactividad y, por supuesto, canales gratuitos, porque lo que definió desde siempre a la TV que en la Argentina celebra hoy sus 75 años fue el acceso universal a sus contenidos.
Justamente esta presencia sin restricciones del entretenimiento televisivo en todos los hogares es lo que garantiza la resistencia de la TV lineal frente a casi todas las proyecciones apocalípticas sobre su futuro. La solidez del modelo más tradicional de aquello que seguimos reconociendo genéricamente como televisión se apoya en varios factores, sobre todo la experiencia perdurable de la experiencia compartida de algún hecho capaz de despertar una atracción irresistible en el núcleo familiar o de amigos.

Allí están, por ejemplo, las competencias de destreza o de saber en las que de a poco aparecen como elementos decisivos el factor comunitario o las historias de vida de los competidores que llegan hasta las últimas instancias. Basta recordar lo que ocurre en los tramos finales de las versiones locales (también en la Argentina, claro) de programas de éxito global como La Voz o Got Talent.
Esa tendencia se fortalece todavía más en el caso de los acontecimientos deportivos. Sigue siendo mayoritaria por lejos la costumbre de ver al seleccionado argentino de fútbol en el televisor. Seguir sus apariciones en otras pantallas (laptops, celulares, tablets) todavía es algo completamente marginal. Pero en este terreno las cosas también están cambiando y desde el streaming ya tomaron nota de que es posible atraer nuevos clientes y suscripciones asegurándose exclusividades varias vinculadas a hechos deportivos que nadie se quiere perder. Ya hubo ensayos desde el último Mundial que no dejan de repetirse con los torneos continentales o locales. Y Netflix avisó con mucha anticipación cuál podría ser la tendencia futura: acaba de asegurarse los derechos de transmisión del Mundial 2030 (a jugarse en España, Portugal y Marruecos) para el territorio español.
Por lo tanto, a la televisión tradicional (la abierta, la que llega gratuitamente a los hogares) no le queda otra que buscar salidas creativas de la mano de alianzas y convergencias con otros actores de aparición más reciente en el mundo audiovisual.
La realidad es cambiante y expone en estos momentos como nunca a la TV abierta en su costado más débil. Es el eslabón más expuesto de toda la cadena audiovisual porque se enfrenta a un escenario en el que los ingresos publicitarios (su sostén de toda la vida) están en baja y los costos de producción son cada vez más altos.

En el debate sobre la ficción del último martes en el Liceo, Adrián Suar fue categórico al respecto: “En nuestro caso, la torta publicitaria se desmoronó”, dijo sobre lo ocurrido en los últimos siete años. Nadie está más autorizado que él para preocuparse del tema: es el responsable de la programación de uno de los dos canales abiertos más importantes de la Argentina (eltrece) y creador de una productora independiente (Polka) en la que descansó buena parte de la ficción más importante que se hizo en el medio a lo largo de las últimas décadas. Y la última que intentó hacerlo hasta que no le quedó otra que bajar la cortina. Provisionalmente, según sus propias palabras.
El diagnóstico es común a la mayoría de los países con fuerte tradición televisiva, pasada o reciente. Pero, así como se habla de la vulnerabilidad de la TV tradicional frente a la reducción publicitaria, también se destaca la resistencia que tiene el medio a estas situaciones adversas con ejemplos concretos.
Cada febrero, por ejemplo, se nos recuerda que la inverosímil cifra que recibe la cadena NBC para ocupar un lugar en las tandas publicitarias del Super Bowl (100.000 dólares por segundo en la última edición) jamás podría ser igualada por alguna plataforma digital. Allí la publicidad empieza a aceptarse como algo extendido, pero nadie aceptaría tandas tan prolongadas en medio de la transmisión más vista del año para la televisión estadounidense.
En estos días se habla de televisión más que en todo el resto del año, sobre todo gracias a Mipcom, el encuentro anual más importante de la industria de la TV que reunió entre el lunes y el miércoles últimos en Cannes a 10.600 profesionales y 1500 expositores. Más allá de las presentaciones y los acuerdos exitosos, hubo consenso total sobre un punto: la TV tradicional se está replanteando muy seriamente el financiamiento, la elaboración y la monetización de sus contenidos.
Hubo presencia central de las plataformas, pero la parte del león de los programas y formatos que se compraron y se vendieron allí pertenecen al mundo de la televisión más tradicional, aquella que todavía sigue sosteniendo en Japón, en Brasil, en España, en Turquía o en Italia las ficciones que atraen cada día o una vez por semana al público. Allí, entre las presentaciones de próximos estrenos, la novedad que más llamó la atención es una nueva versión de... Baywatch.
Aunque ahora puedan verse on demand o formen parte de las plataformas armadas por los propios canales públicos sin depender exclusivamente, como antes, de un horario fijo de emisión, esas producciones siguen atrayendo en tiempo real a un público considerable. En la Argentina, según el informe Inside Video 2025 de la consultora Ibope, todavía queda un 32% de hogares en los que se consume exclusivamente televisión en línea, una modalidad que naturalmente crece en las franjas etarias más grandes. Las nuevas generaciones solo conocen nombres como Telefe a través de las transmisiones del seleccionado o las buenas épocas de sus realities, de La Voz y Gran Hermano a las distintas versiones de MasterChef.
Hay que mirar al mismo tiempo otras estadísticas como las de Japón y Brasil, dos países en los que según mediciones confiables se registra un promedio de tres horas y media de presencia diaria por persona frente al televisor siguiendo transmisiones lineales o tradicionales. Frente a estos datos, la televisión argentina deja al desnudo sus limitaciones de largo plazo: Rottemberg se preguntaba el último martes en el escenario por qué hubo tan pocos aportes a la historia de la ficción argentina desde los últimos 20 años de la televisión pública, a la que retrató como un “mausoleo”.
¿Tormenta perfecta?

¿Por dónde debería empezar la recuperación de la TV tradicional en una Argentina que observa cómo ese medio llegó a sus 75 años? Hay varios flancos simultáneos para abordar, empezando por la TV Pública, que se sostiene sin una misión clara y, peor, sin que la opinión pública se interese por sus contenidos (así lo reflejan las planillas de rating) después de que Javier Milei amagara con su cierre durante la campaña que lo llevó a la presidencia.
En los canales privados hay una “tormenta perfecta”, según la definición de Suar. El colapso publicitario y el aumento de costos se sufren más que en otras partes y dejan a la vista una programación chata y sin imaginación llena de fórmulas baratas y expuestas a una mediocre vulgaridad. Ni siquiera contamos con archivos generosos para disfrutar los mejores momentos de nuestra historia catódica.
Hasta que aparece como un modesto oasis alguna muestra aislada de lucidez que nos lleva al recuerdo de otros momentos mucho más felices. Y gracias a ella, uno de sus protagonistas está llenando las funciones de su espectáculo teatral. Por un camino oblicuo también es posible entender, aunque todavía cueste reconocerlo a simple vista, que también entre nosotros la TV de siempre tiene futuro.
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