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Ardides de quienes leen libros sin desembolsar un centavo

Un joven camina por una biblioteca
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Hay un peculiar denominador común entre muchos de quienes se presentan ostentosamente como férreos defensores de los derechos relacionados con los libros. Arengan a favor de la supervivencia de las editoriales, de las librerías y de los autores, y despotrican fervorosamente contra cualquier ley o disposición que ponga en jaque, disminuya o haga desaparecer los beneficios que consideran que amparan a los textos. El peculiar denominador común de estos apasionados adalides de la ética que debe regir la cultura libresca es que muchos de ellos hacen todo tipo de peripecias y despliegan una amplia gama de estrategias para jamás pagar un ejemplar de su bolsillo. Consciente o inconscientemente, consideran que los libros no nacieron para ser comprados, sino que su lectura debe provenir de fuentes que eviten el desembolso del vil metal, sobre todo del que proviene de sus propias arcas. Otra característica que los aúna es que no esconden sus miserables conductas, sino que, con sonrisas pícaras, siempre confiesan sus fechorías. Tal vez sea un dejo de orgullo en la consumación de sus travesuras lo que los lleva a deschavarse sin necesidad alguna en un intento de que quienes los escuchan los rediman o al menos no los condenen. Así, se justifican ante sí mismos y los demás, y obtienen a cambio de sus revelaciones la validación para seguir adelante con sus mezquinas prácticas.

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