Arendt, Tolkien y Frankl, en la primera encíclica de León XIV
En su primera encíclica, el Papa nutrió su mensaje de celebrados autores laicos, no todos cercanos a la Iglesia
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Aunque seguramente ellos nunca lo habrán imaginado, algo en común tienen la intelectual alemana Hannah Arendt (1906-1975), el escritor británico John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) y el psiquiatra austríaco Viktor Frankl (1905-1997). Además de haber aportado ideas sustantivas para el enriquecimiento del universo intelectual, sus pensamientos han sido tenidos en cuenta e incluidos por el papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica humanitas. Se trata del primer documento del magisterio del pontífice estadounidense nacionalizado peruano, en el que rechaza la aventura de la guerra, la carrera armamentista, las crecientes desigualdades y la concentración de poder, a la vez que invita a meditar sobre “la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial (IA)”.
Como suele ocurrir, la carta del Papa incorpora, entre más de 220 citas, ideas y trabajos de sus antecesores, especialmente de Francisco, Juan Pablo II, Pablo VI y Benedicto XVI, entre otros, además de documentos del magisterio de la Iglesia. Pero no se queda en el universo eclesiástico y suma textos escritos por los autores de Los orígenes del totalitarismo, El Señor de los anillos y El hombre en busca de sentido, por citar algunas obras de escritores que inspiraron al Papa en la redacción de su primera encíclica.
La búsqueda de la verdad en la democracia, la responsabilidad humana y el comportamiento del hombre frente a la corrupción moral son los temas en los que León XIV reflexiona a partir de los aportes de celebrados autores laicos, que en algunos casos, incluso, no se identificaron en vida con el pensamiento de la Iglesia de su tiempo.
Ya Francisco había sorprendido al incluir en su magisterio un pensamiento del músico y diplomático brasileño Vinicius de Moraes (1913-1980), al citar en su encíclica Fratelli tutti (octubre de 2020) un verso de la canción “Samba de la bendición”: “La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida”. En esa encíclica, dedicada a la fraternidad y la amistad social, aparecen menciones del sociólogo alemán Georg Simmel (1858-1918), para quien “el hombre es el ser fronterizo que no tiene ninguna frontera”, y del filósofo protestante francés Jean Paul Ricœur (1913-2005), en una reflexión sobre la práctica concreta de la caridad, entre otros autores.
La primera cita en la flamante encíclica de León XIV es para reactualizar la vigencia de Gaudium et spes, la constitución pastoral del Concilio Vaticano II y uno de los documentos centrales de la reforma de la Iglesia de los años 60. El papa que asumió hace un año expresa que “en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”, frente a las amenazas que despierta la inteligencia artificial. “Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que ”el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, tal la cita del documento conciliar.
Formado en la Orden de San Agustín, el Papa menciona los “dos amores” que “han dado origen a dos ciudades”, como relata el santo de Hipona en La ciudad de Dios, una de sus obras emblemáticas, donde reflexiona sobre “el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la [ciudad] terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la [ciudad] celestial”.
La verdad y la democracia
León XIV cita a Hannah Arendt, de origen judío y agnóstica, al reflexionar sobre la búsqueda de la verdad como un elemento esencial para la democracia, que constituye un instrumento de participación en el bien común. “Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Ésta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad”, explica el pontífice.

Y agrega: “El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino ‘las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (las normas del pensamiento)’”.
Crítica de la jerarquía eclesiástica por su apego a los dogmas, Arendt admiraba la figura de Juan XXIII (Angelo Roncalli), a quien definió como “un cristiano en el trono de San Pedro”, además de ponderar su libro “Diario del alma”.
El Señor de los anillos
En la tensión entre la lógica de la fuerza y la lógica de la paz entra en juego en la encíclica de Robert Prevost la referencia a Tolkien, el creador de El Señor de los anillos, que nació en una familia anglicana y de niño, tras la muerte de su padre, se educó en la fe católica, a instancias de su madre. El Papa menciona que el autor, por boca de uno de los personajes de la novela, describió el tema de la responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”, dice la cita.
Explica, así, que la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización y que cada uno en su ámbito puede colaborar en su construcción.
La mención a Viktor Frankl llega cuando el pontífice medita acerca de la corrupción moral, un mal que agita el corazón del hombre y arruina la sociedad y la vida, llegando incluso a extremos de deshumanidad. Pero señala que aún esa dolorosa forma de límite deja resquicios al bien. El origen judío de Frankl no le impidió tender lazos con el cristianismo. Hablaba de la “presencia ignorada de Dios” y reconocía a la espiritualidad y la religión como recursos psicológicos para superar el sufrimiento del hombre.
“Aun cuando el ser humano se deshumaniza y provoca tragedias, una pequeña luz sigue brillando en la humanidad y sigue siendo capaz de reavivarse, con la gracia de Dios, recorriendo caminos de conversión y reconciliación. Viktor Frankl decía que en los momentos de horror se llega a conocer al hombre en estado puro: es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios”, enseña el sucesor de Francisco.



