El Cosmos y el caos, respuestas ante la “locura “de los años 20
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El debate dominó durante el año pasado la ansiedad por la pospandemia: ¿a qué mundo volver? ¿Y cómo? Y las referencias culturales, por la curiosidad del calendario, ponían el espejo retrovisor cien años atrás, en los “años locos”: los años 20 del siglo pasado, cruzados por los excesos, la clandestinidad de la Ley Seca, la primera ola feminista de derechos civiles y la música negra (el jazz) marcaron el pulso de posguerra y posgripe española, a partir de 1918. A eso se sumó, como nunca y con transformaciones radicales, la llegada de tecnologías de comunicación (automóviles radio, cine) y consumo masivas.
La semana pasada, un dato curioso selló ese arco: Minnie, la novia de Mickey Mouse (ambos creados en 1928 por Walt Disney) estrenó pantalones: casi un siglo después de que Coco Chanel impusiera la prenda como parte de la renovación liberadora de la moda femenina.
Pero también coinciden dos ensayos contemporáneos recientes que, desde perspectivas más extremas, más audaces, recuperan o rescatan las ambiciosas visiones de aquellos años. Y vale decir visiones: en ambos casos, desde la ficción y la ciencia, encerraban proyecciones capciosas, delirantes, teleológicas.
En La piedra de la locura (reciente lanzamiento de Cuadernos Anagrama), el best seller Benjamín Labatut, chileno-neerlandés, traza una parábola que comienza en un cuadro medieval de El Bosco (La extracción de la piedra de la locura) y aterriza en 1926, en “El llamado de Cthulhu”, el popular relato de H. P. Lovecraft.

Con el estilo propio de su libro Un verdor terrible, Labatut merodea aspectos de la irracionalidad, el exceso de información de la vida moderna como factor de la incomprensión y el terror reverencial a lo inasible.
“La humanidad –dice Labatut– siempre ha temido al caos aunque ahora se vuelto tan común y omnipresente que quizá debiésemos colocarlo en el centro de una visión del mundo”.
Sin querer ser exhaustivo, el escritor repasa hechos o anécdotas (de la eclosión política en Chile a la paranoia por los derechos de autor o los desafíos lógicos de las matemáticas) en los límites de lo explicable: qué hacer con ese desorden.
Casi en simultáneo, el filósofo y teórico de arte alemán Boris Groys viajó un siglo atrás en busca de una de las mayores utopías del orden. En la compilación Cosmismo ruso (Caja Negra) rescata textos de una legión de científicos pre y posrevolucionarios de 1917 que emprendieron con método, rigor y pasión un programa político en busca de la inmortalidad y la conquista del espacio. Un biopoder creado a la luz de la lingüística y las ciencias más avanzadas de su tiempo para concebir un “Estado universal centralizado” capaz de la resucitación y de habitar otros planetas.

En los textos alguna vez olvidados o malditos de Nikola Fiódorov, Alexander Bogdánov o Alexander Svyatogor se cruzan ideas estéticas sobre museo y pasado con fantasías de transfusiones sanguíneas y eternidad.
En 1921, justamente hace un siglo, Svyagator propone con carácter de urgente: “Afirmamos que ahora mismo debemos incluir en el orden del día la cuestión de la inmortalidad individual. […] Y también en el orden del día incluir la ‘victoria sobre el espacio’, intervenir en el rumbo de otros planetas. No se puede seguir siendo espectadores, hay que ser participantes activos de la vida cósmica”.
No era un programa ético o idealista: era una cuestión de militancia biocósmica y de fe en las ciencias tras la “muerte de Dios” y las promesas religiosas. El hombre revolucionario, comprometido con su ideal de progreso y con sus semejantes, debía vencer al Tiempo (la muerte) y el Espacio (los límites del planeta Tierra). Sin límites. Algo que puede sonar delirante y conmovedor cien años después.
Entre Labatut y Groys se dibuja finalmente una línea común, en la que también se cruzan como referencias Michel Foucault, la ciencia ficción (Philip K. Dick) y la percepción de realidad los límites del lenguaje más allá del psicoanálisis. La infinitud, el progreso, la velocidad de cambios, el agobio ante la realidad, temas vigentes en estos años 20 de hoy, pueden ser explorados con las miradas de un siglo atrás que, entre la literatura y la ciencia, lucen extraviadas. La locura y el cosmos se cruzan en ese territorio desbordante.
Como escribe Lovecraft en el cuento de él que cita Labatut en La piedra de la locura: “El hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos los contenidos”.





