
Defendiendo lo indefendible, libro que Milei le regaló a su gabinete, ilumina sin buscarlo las paradojas y contradicciones de una idea llevada al extremo
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¿Por qué volver a discutir el consentimiento? Porque en el debate público suele funcionar como un atajo moral: si alguien consiente, el intercambio es legítimo. Esa regla es atractiva porque protege la autonomía individual y pone límites al paternalismo estatal. El problema aparece cuando se la aplica sin contexto, como si todas las decisiones se tomaran en condiciones comparables. Cuando un CEO firma un contrato y cuando un niño acepta trabajar por necesidad, ambos “consienten”, pero sería absurdo tratarlos de la misma manera.

