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La historia argentina también se escribió a diez pasos de distancia. Dos hombres, dos testigos, el alba como telón y un silencio que podía romperse con un solo disparo. En ese espacio exacto entre la palabra y la pólvora, entre el orgullo herido y la muerte posible, se dirimía lo que no podía resolverse de otro modo. En esos tiempos el duelo no era una anomalía: era un lenguaje. Una verdadera institución con reglas aún más firmes que cualquier código penal.
Por Luciana Sabina

