
Desde cierto “progresismo” se ha evitado condenar la violencia indecible del 7 de octubre, en medio de una proliferación de imágenes que obturan la reflexión
¿Qué ocurre cuando la experiencia nos desarraiga de nuestras certezas más básicas y supera la capacidad que tenemos para conceptualizar lo real? A fin de cuentas, podríamos decir que conceptualizar es algo así como llamar a las cosas por su nombre: institución de lo simbólico a partir del caos de lo fenoménico, a fin de entender y aprehender el mundo que nos rodea. Pero ¿qué pasa cuando nos encontramos con un límite radical que, como un golpe –mudo pero certero– se nos impone desde afuera y nos despoja de cualquier capacidad para nombrar la realidad? ¿Qué hacer con el material de nuestra percepción, si no lo podemos procesar intelectualmente? Esta sensación paralizante de no poder siquiera darle un nombre a lo que vemos es lo que se conoce teóricamente como el problema en torno a los límites de la representación, sobre todo en los estudios sobre la Shoá y otras experiencias del mal radical en el pasado reciente.

