El nuevo orden global: Europa pasa de la aceptación a la acción
La Conferencia de Seguridad de Munich, de la que la autora participó, asumió que las reglas de relación internacional están resquebrajadas
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Hay conferencias que funcionan como un espejo del momento histórico, que obligan a mirar de frente lo que está ocurriendo. En 2024, la Conferencia de Seguridad de Múnich estuvo atravesada por el shock. La guerra en Ucrania, la impunidad rusa, la sensación de que la arquitectura internacional construida en la posguerra estaba bajo ataque externo. Ese año lo definió Yulia Navalnaya subiendo al escenario poco después de conocerse la muerte de su marido, Alexei Navalny. No fue solo un momento de entereza personal, sino la imagen de que nada impedía a Rusia actuar con impunidad, ni siquiera ante los ojos del mundo reunido en ese hotel. En 2025, el shock se transformó en fractura. El discurso de J.D. Vance cristalizó algo más profundo: Occidente ya no solo enfrentaba amenazas desde afuera, sino tensiones internas que ponían en cuestión su propia cohesión. Ese discurso también marcó el año.
La edición de 2026 fue distinta. No hubo una escena que lo resumiera todo ni un discurso que partiera la sala en dos. El secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, pronunció una pieza de oratoria elaborada, con referencias a la civilización occidental compartida y al horizonte que se construye junto a los aliados. Fue contención, no ruptura. Pero lo que circuló después en los pasillos fue menos entusiasta. Lindas palabras, pero sin señales concretas de que algo cambiara. Ese tono moderado y esa recepción ambivalente, en sí mismos, ya eran una señal. Sin embargo, la ausencia de un punto de inflexión dramático no significa que no haya ocurrido nada. Significa algo más interesante: esta fue la conferencia en la que Europa llegó habiendo aceptado la nueva realidad, en lugar de seguir procesando el shock. Si los años anteriores correspondieron a la negación y a la ira, 2026 se instaló en la aceptación. Y con la aceptación llegó, por primera vez, algo parecido a la acción.
El símbolo lo eligieron los propios organizadores. El souvenir oficial de la conferencia fue un elefante de LEGO. La metáfora era deliberadamente explícita. Hay un elefante en la habitación que ya no se puede seguir ignorando, y el desafío no es negarlo ni lamentarlo, sino asumir que reconstruir algo funcional va a requerir paciencia, piezas pequeñas y decisiones incómodas.
El canciller alemán Friedrich Merz abrió la conferencia con un diagnóstico que hasta hace poco hubiera sonado alarmista. El lema del encuentro, “En proceso de destrucción”, sugería que el orden internacional basado en reglas estaba siendo destruido. Merz fue más lejos: ese orden, dijo, por imperfecto que haya sido incluso en sus mejores momentos, ya no existe. Y citó al filósofo Peter Sloterdijk para describir a Europa: el continente acaba de regresar de unas largas vacaciones de la historia mundial. Juntos, dijo, hemos cruzado el umbral hacia una era que vuelve a estar abiertamente dominada por la política de poder. Pero esa constatación no derivó en un discurso de colapso. Ngozi Okonjo-Iweala, directora de la OMC, aportó el matiz necesario. El sistema multilateral está golpeado, no destruido. A pesar del mayor shock al comercio global en ochenta años, más del 70% del comercio mundial de bienes sigue operando bajo sus reglas. El sistema resiste porque muchos actores eligieron deliberadamente no escalar una lógica de represalias que ya demostró ser ruinosa en los años treinta.
Lo que cambió más profundamente no es la infraestructura del sistema, sino la lógica con que los países deciden cómo usarla. El presidente finlandés, Alexander Stubb, señaló que las herramientas que, después de la Guerra Fría, se suponía que unirían al mundo, el comercio, la energía, la tecnología, la información, están siendo usadas como armas. El comercio pasó de ser una herramienta de eficiencia a ser un instrumento de poder, y en ese mundo la diversificación ya no es una opción estratégica sino una necesidad de supervivencia. Para Stubb, lo que está en disputa es si el nuevo orden será multipolar y transaccional, basado en esferas de influencia, o multilateral y basado en reglas e instituciones. El vicecanciller alemán Lars Klingbeil lo tradujo a política concreta: Europa tiene que hacer su tarea interna, fortalecer su mercado único, su soberanía y su capacidad de defensa, y al mismo tiempo acelerar acuerdos comerciales con el sur global. En ese marco, ambos coincidieron en señalar el acuerdo Mercosur-Unión Europea como una señal de que algo está cambiando. Después de veintiséis años de negociaciones, fue la geopolítica la que logró lo que la economía no pudo.
Esa misma lógica tuvo una expresión concreta en el panel de energía. El mundo entró en una nueva fase donde los minerales críticos y los recursos energéticos volvieron a ser el centro de las disputas de poder. La dependencia excesiva de una sola fuente quedó definitivamente desacreditada tras la experiencia europea con Rusia, y el consenso fue que la concentración en un solo proveedor demostró ser un riesgo que ningún país puede permitirse. Energía barata y acceso a minerales críticos son los verdaderos determinantes de quién gana la transición del siglo XXI, incluyendo la carrera de la inteligencia artificial. En ese marco, el canciller argentino Pablo Quirno presentó al país no como una oportunidad periférica, sino como una pieza indispensable de esa ecuación. El argumento no fue comercial sino estratégico: la Argentina tiene el 20% de las reservas mundiales de litio (además de gas y energía) y después de décadas de inestabilidad regulatoria, las condiciones para atraer inversión finalmente existen. BHP, Rio Tinto y Glencore ya están invirtiendo. Pero más allá de los números, el planteo conectó directamente con lo que el resto del panel discutía. Una región con instituciones estables y alineadas con las democracias occidentales no es solo un activo económico. Es un componente de la seguridad del siglo XXI que Occidente no puede darse el lujo de perder.
Pero si la nueva geopolítica obliga a Europa a buscar socios hacia afuera, con mayor urgencia la obliga a mirarse adentro. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, fue directa: la pérdida de competitividad no es solo consecuencia de shocks externos. El exceso regulatorio, la fragmentación del mercado interno y los incentivos para producir nuevas normas se han convertido en barreras autoimpuestas. “Los pavos no votan por Navidad”, dijo, para subrayar que ningún grupo vota voluntariamente por su pérdida de poder. El cambio profundo que Europa necesita difícilmente venga de adentro del sistema. No es un problema de capacidad, sino de incentivos. Anu Bradford, autora especialista en derecho y tecnología, lo cuantificó: las trabas internas equivalen a aranceles cercanos al 60% para bienes y al 100% para servicios. Mientras debate cómo responder a Washington, Europa enfrenta obstáculos que ella misma creó.
En la Innovation Night, Eric Schmidt, exCEO de Google y uno de los observadores más lúcidos de la intersección entre tecnología y poder, planteó un problema que trasciende la competitividad económica. Europa está quedando fuera de la carrera de la inteligencia artificial por falta de infraestructura energética, escala financiera y velocidad de decisión. Pero lo más inquietante no fue el diagnóstico sobre capacidades, sino una observación sobre lo que viene. La disuasión nuclear funcionó durante décadas porque las armas podían contarse. Los algoritmos no pueden contarse. Cuando el adversario no puede medir tus capacidades de inteligencia artificial, vacila. Se trata de una nueva forma de disuasión marcada por la incertidumbre y que no tiene los marcos conceptuales ni los mecanismos de verificación que el mundo tardó décadas en construir para las armas nucleares. La próxima gran carrera estratégica ya no será sobre megatones, sino sobre modelos que nadie puede auditar.
El panel sobre la carrera de la inteligencia artificial profundizó ese diagnóstico. Desde perspectivas muy distintas, todos los participantes coincidieron en que la verdadera disputa no es quién llega primero, sino quién logra capturar los beneficios sin desestabilizar las sociedades ni perder el control sobre sistemas que ya empiezan a superar la comprensión humana. La tensión entre la urgencia de cooperar internacionalmente y la realidad geopolítica que hace esa cooperación casi imposible recorrió toda la discusión. Yoshua Bengio, uno de los padres fundadores de la inteligencia artificial moderna y ganador del Premio Turing, advirtió que la ciencia del riesgo avanza mucho más lento que las capacidades de la IA. La imagen más inquietante la dejó la diplomática china Fu Ying al recordar que en 2019 Kissinger ya alertaba sobre la falta de colaboración entre ambas potencias en seguridad de inteligencia artificial, y que seis años después esa colaboración sigue sin materializarse. Si los países se pelean usando IA, dijo, la IA gana, y la humanidad pierde. El tiempo para construir gobernanza global se acorta más rápido de lo que los gobiernos están dispuestos a admitir.
Si bien la conferencia tiene un sesgo inevitable hacia los problemas europeos, y este año no fue la excepción, el continente americano ocupó más espacio del habitual. Participé en el panel Fiebre del Hemisferio Occidental – Seguridad en las Américas, donde una de las preguntas centrales fue el nuevo rol de Estados Unidos en la región. El canciller de Costa Rica lo ilustró con números: el 60% del turismo de su país viene de Estados Unidos, el 50% de sus exportaciones va hacia allá, y el 70% de la inversión extranjera directa tiene origen americano. Para países con esa integración, el nuevo involucramiento no genera tensión sino que formaliza una realidad preexistente. Mi argumento fue distinto pero complementario: la ausencia previa de Washington había tenido un costo concreto, porque el vacío fue ocupado por actores que no comparten ni los valores del mercado ni los de la democracia. Hoy con EE.UU. existe una convergencia de intereses que, cuando se aprovecha, permite construir. Fue precisamente esa presión la que aceleró la firma del acuerdo Mercosur-Unión Europea, empujando a Europa a avanzar donde décadas de negociación técnica habían fracasado.
El caso venezolano fue la prueba más difícil del panel. Las respuestas sobre si el accionar de Estados Unidos había estado bien o mal no fueron uniformes. El senador demócrata Ruben Gallego consideró que, por cómo se ejecutó, fue una mala idea que crea precedentes peligrosos y abre la puerta a que China use la misma lógica para justificar una intervención en Taiwán. Pero la pregunta más incómoda no vino del estrado sino de la sala. David Smolansky, exalcalde venezolano que lleva nueve años en el exilio, le preguntó al senador qué opciones le quedan a un pueblo que ganó elecciones que le robaron y golpeó las puertas de cada organismo multilateral sin obtener respuesta. Gallego reconoció que el sistema falló, pero sostuvo que la alternativa no puede ser la guerra. Venezuela agotó todos los caminos disponibles y el resultado fue una acumulación de diagnósticos sin ninguna acción concreta. Mi argumento fue que no debería ser un precedente, pero sí una señal de alarma. Cuando las instituciones fallan sistemáticamente a quienes más las necesitan, terminan erosionando la propia legitimidad del orden que dicen defender.
Es allí donde la conferencia de 2026 dejó su marca más duradera. No en un discurso ni en una imagen, sino en una pregunta que atravesó todas las conversaciones. Cómo se reconstruye la legitimidad de un sistema cuando la confianza en él se ha erosionado desde adentro y desde afuera al mismo tiempo. No hay respuestas fáciles. Pero hubo una admisión implícita que en ediciones anteriores no existía. El elefante ya no se puede ignorar. Múnich 2026 no resolvió nada. Pero la aceptación, cuando es genuina, es la única base desde la cual puede venir la acción.
Economista y diputada nacional (PRO)




