Elecciones. Entre el enojo y el desencanto, se espera una fragmentación del voto joven
Interpelada sin éxito por los políticos, golpeada por la pandemia y la crisis, hay en la juventud una sensación de haber quedado al margen de las grandes decisiones nacionales, dicen los expertos
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Los políticos han tratado de llegar a los jóvenes durante esta campaña electoral. Desde la frase de Victoria Tolosa Paz sobre el sexo en el peronismo hasta la idea de legalizar la marihuana o los videos en TikTok de Horacio Rodríguez Larreta. Pero ¿lo han hecho sabiendo qué quieren, qué sueñan para sus vidas y su país? ¿Conocen qué tienen los jóvenes en la cabeza?
Más de 860.000 jóvenes están habilitados para elegir representantes por primera vez en las elecciones legislativas de la semana próxima. Hay 6,5 millones de argentinos que tienen entre 16 y 24 años, es decir, entre 22% y 25% del padrón. Un porcentaje clave a la hora de definir la votación. Más cuando muchos de ellos ni siquiera se han acercado a votar en las PASO.
“No sé si los jóvenes están especialmente enojados con los políticos. Pero sin duda están desencantados, desilusionados. Tienen un descontento o un enojo que es más general, más sistémico. Es un malestar con la situación en la que viven –dice Pablo Vommaro, doctor en Ciencias Sociales, docente e investigador de Conicet y cocoordinador del Grupo de Estudios de Políticas y Juventudes de la UBA–. Las juventudes han visto degradadas sus condiciones de vida por la pandemia y aun antes de la pandemia. Venimos de años de precarización social y laboral. En el último tiempo esa precarización tuvo un impacto afectivo, emocional. La juventud se siente poco escuchada, al margen de las decisiones nacionales, inclusive de las que la afectan específicamente en temas educativos, laborales, recreativos o de ocio. Tenemos una sociedad adultocéntrica que no escucha debidamente. Las juventudes son muy habladas y poco escuchadas, muy producidas por los adultos a imagen y semejanza de lo que ellos quieren que sean. Y poco reconocidas en su forma de ser, de expresarse, de actuar”.
Joaquín Domínguez tiene 19 años, vive en Gregorio de Laferrere, La Matanza. Estudia primer año de Derecho en la Facultad de Lomas de Zamora y trabaja en un call center. Vive con su mamá, costurera, monotributista. Su papá, hoy desocupado, siempre se desempeñó como obrero de la construcción y es capaz tanto de levantar paredes como de instalar la cañería de una casa. Tiene una hermana de 10 años. Su familia no recibe planes sociales. Solo una AUH por la nena. ¿Cómo se imagina dentro de diez años? “Ejerciendo la profesión, con una casa propia. Tengo esa meta. De hecho ya estoy arrancando a edificar arriba de donde vivo”. ¿A qué le teme? “Uno de los temores más grandes que tengo es la inseguridad. Que vos trabajes y te esfuerces en construir lo tuyo y venga alguien y te lo arrebate de manera violenta. Lo vi hace poco, acá al lado de mi casa hubo varios intentos de usurpación”.
Las juventudes han visto degradadas sus condiciones de vida aun antes de la pandemia”
En América Latina, según un informe de la organización canadiense Cuso Internacional basada en datos de las Naciones Unidas, una de cada seis personas de entre 18 y 29 años se quedó sin trabajo desde el inicio de la pandemia. Muchas otras vieron cómo sus empleos se hacían cada vez más precarios. Además, muchos estudiantes se vieron obligados a dejar sus estudios por falta de recursos o por la imposibilidad de seguirlos de manera virtual.
En la Argentina, según datos del Indec, la desocupación juvenil entre mujeres de 14 y 29 años, el grupo más afectado, pasó en 2020 del 23,9% en marzo a 28.5% en junio. Entre los varones, de 18,6% a 22,7%. La mayoría de los jóvenes argentinos tiene trabajo informal, lo que los deja fuera de la red de protección estatal. Aunque a la hora de enumerar los planes sociales para ellos, la lista no es corta: Potenciar Trabajo, Te sumo, Argentina Programa, Progresar Trabajo, Jóvenes con Más y Mejor Trabajo, Red de Empleo Joven son los principales.
Leandro es psicólogo, tiene 33 años y vive en el barrio porteño de Villa Crespo con su novia. Como muchos de su edad, la fantasía de emigrar está presente. ¿Por qué irse? “Uno de los motivos más grandes es la falta de oportunidades y proyectos. Si bien nuestros viejos siempre dicen ‘yo ya la pasé mil veces’, como dando a entender que la Argentina es desde siempre un barco sin control que parece que se hunde, hay una brecha entre lo que ellos con trabajo y esfuerzo pudieron conseguir y lo que hoy nuestra generación puede lograr. La casa propia, un auto, la capacidad de ahorrar, emprender cada vez parecen metas más imposibles. Valoro mucho lo que si está bueno de vivir acá en relación con otros países, pero las crisis, la inseguridad y las injusticias vuelven tentadora la idea de probar suerte afuera”. ¿Por qué quedarse?: “La Argentina es como esa relación medio tóxica que a veces hay entre hermanos. Te quejás, protestás, te enojás, pero la defendés a muerte si alguien se atreve a hablar mal de ella. Sin duda los afectos, el tipo de intimidad y profundidad con la que nos relacionamos es una de las cosas que nos hacen seguir apostando a quedarse. Eso es algo que afuera cuesta conseguir. No es fácil el desarraigo, dejar a la familia, los amigos y las tradiciones atrás, además que da miedo la incertidumbre de soltar lo poco o mucho que uno consiguió en su país”.
“No creo que puedan volcar una elección, pero son activos en las redes sociales”, dice Vommaro”
Según una encuesta de UADE y Voices, el 71% de los que tienen entre 16 y 24 años y el 77% de los que tienen entre 25 y 34 años creen que la pobreza crecerá en la próxima década. Un 70% considera que estaría mejor si no viviera en la Argentina. La principal motivación para emigrar es la falta de perspectivas económicas y las mejores posibilidades de desarrollo profesional que creen encontrarán en el exterior (58%).
Los que quieren quedarse justifican su deseo en que eligen vivir con la familia (50%) y tienen un compromiso con el país (37%). Aunque tienen una sensación de estancamiento en comparación con sus padres: el 55% asegura que su nivel de vida es casi igual al de ellos, que no hay progreso generacional.
Melissa Nerone tiene 30 años, es visual merchandising, trabaja en el mundo de la moda y vive con su pareja en Palermo. “Me iría del país por la falta de estabilidad y proyección que hay en la Argentina. Es muy cuesta arriba llevar adelante un emprendimiento, por ejemplo. Por los costos de producción, por la falta de poder adquisitivo, por el exceso de oferta. La ilusión de la casa propia es solamente eso, nuestra generación sabe bien que a menos que heredes muchísimo dinero no vas a poder tener casa propia. ¿Un auto? Carísimo el costo de mantenerlo mes a mes y ni hablar de comprarlo. Con la inflación, los sueldos pierden valor rápidamente y en cuanto lográs que te den un aumento, con lo que cuesta que te lo den, en dos meses ya está atrasado. La posibilidad de un curso, posgrado o maestría muchas veces es visto como excusa para viajar e instalarse afuera. Sería un buen motivo para irse, incluso si no estás seguro de quedarte; al comprometerte solo por un tiempo determinado, te deja una puerta abierta si querés volver”.
Los políticos observan la vida de los jóvenes e interpretan qué quieren escuchar. Pero los jóvenes siguen sintiéndose afuera. Tal vez hasta decepcionados. No se trata de una distancia generacional. Ha habido momentos en los que sí le pusieron más el cuerpo a la actividad política. La historia argentina está llena de hitos donde han sido protagonistas. Pero hoy están más alejados, más retraídos.
Politólogo, docente e investigador, Mario Riorda considera que el problema es que a los jóvenes se los piensa como un “bloque homogéneo que tiene capacidad de moverse en formato de mayorías, hacia un lado y hacia el otro, con estímulos de corto plazo”. Y esto no es así, afirma, menos aún en una elección legislativa. “El voto joven en provincia y ciudad de Buenos Aires se ha repartido, pero ha tenido un fuerte corrimiento hacia las opciones libertarias, aunque también la izquierda ha sido receptora de ese voto. Que las dos coaliciones hayan perdido la predominancia en ese sector tampoco significa que no sean apoyadas por una porción importante de este segmento. Y ni hablar de los oficialismos provinciales, que se convierten en una opción. Hay una enorme dispersión del voto joven que no se aglutina en ninguna fuerza específica que lo explique mayoritariamente”.
En este sentido, Vommaro remarca que lo que hoy se ve es una fragmentación de las preferencias electorales de la juventud, a diferencia de lo que pasaba hace pocos años.
“Veo una dispersión, una atomización, pero a la vez veo que entre las juventudes, las polarizaciones políticas, la llamada grieta, es mucho menos marcada. Es más débil que en otros grupos sociales. Hay más transversalidad”. Y cita como ejemplo una encuesta reciente que preguntaba a las juventudes su valoración sobre políticas públicas como Conectar Igualdad o la AUH o el matrimonio igualitario o la ley de identidad de género, y las cifras de adhesión a este tipo de políticas públicas iban del 75 al 90%. Ahora, al preguntarle por su preferencia política, ese 90% fragmentaba su voto.
“La preferencia político-partidaria está en cuestión –sigue Vommaro–. Este descontento que sienten hoy los jóvenes pone todo bajo la lupa. No creo que puedan volcar una elección, pero son activos protagonistas en las redes sociales, son los que tienen la astucia para habitarlas. Por lo tanto adquieren una visibilidad social, pública, digital, que no se condice con su peso real numérico. Tienen una capacidad de incidencia en la agenda pública muy importante y por consiguiente en el plano electoral. Gracias a ellos se suman temas ambientales, de género y diversidades”.
Que los políticos usen de modo oportunista las redes sociales o que graben un TikTok no quiere decir que reconozcan a las juventudes, advierte el experto. Reconocerlas sería dialogar con ellas, incorporarlas, escucharlas. “El reclamo es por ser reconocidos como juventud aquí y ahora; no como sujeto futuro sino como sujeto presente. Con voz propia y razonamiento. Con protagonismo social, económico, político. Ser tenidos en cuenta en la toma de decisiones, no solo en los temas netamente juveniles, sino también en una agenda integral, transversal”.
En los últimos dos años, sin duda, los jóvenes fueron víctimas directas de la pandemia. Posiblemente por sus condiciones físicas no hayan corrido riesgo de vida igual que los adultos, pero han sufrido tal vez más que ellos el confinamiento que los obligó a postergar sueños vinculados al trabajo, la pareja, la recreación. En la edad en la que el ser humano siente que nada le puede pasar, el riesgo los obligó a ser más precavidos que nunca. Flexibilizadas las medidas de confinamiento, el mundo parece estar otra vez a su disposición. Pero las condiciones en las que se encuentra la Argentina se los vuelve a hacer difícil. Los políticos los intentan seducir, pero lo que les prometen ya no es suficiente. En pandemia no se los consultó por la forma en que se organizó, por ejemplo, la educación virtual, y ahora tampoco por la modalidad del regreso a la presencialidad, que incluso tiene aún a muchos universitarios cursando el segundo año de sus carreras sin haber pisado nunca sus facultades. Los jóvenes se sienten sujetos pasivos de decisiones adultas. Y no sujetos activos de sus propias vidas. Hay un modelo que cambiar y está en sus manos. Solo es necesario preguntarles qué quieren, correrse y dejarlos hacer.







